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Isabel, la princesa que quería ser reina*

Soledad Pozuelo **

Comenta Freya Escarfullery***

Cito a Freud en “Introducción al Narcisismo” (1914): “El niño debe tener mejor suerte que sus padres… enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia para el niño, las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. His Majesty the Baby, como una vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres… El conmovedor amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo redivivo de los padres, que en su trasmudación al amor de objeto revela inequívoca su prístina naturaleza”.

Abro la puerta de mi consulta y os presento a Isabel, quien tiene 7 años cuando acude por primera vez. Vive con sus padres y sus dos hermanos varones de 5 y 2 años.

En la llamada telefónica con la madre, le explico que comenzaremos con unas entrevistas con los padres, a lo que me responde que es mejor con cada uno por separado, ya que cuentan con posturas muy diferentes y enfrentadas con respecto a la crianza y que, para evitar el conflicto, es mejor que cada uno tenga su espacio. Le explico las características del encuadre de trabajo y la importancia de contar inicialmente con la participación conjunta de ambos, sin descartar la posibilidad de valorar entrevistas individuales si posteriormente se considerara necesario. Finalmente, ambos acudieron conjuntamente a las entrevistas y sesiones y solo he tenido contacto individual con la madre de forma telefónica en contadas ocasiones.

En la primera entrevista me encuentro que principalmente habla la madre, Catalina, y que el padre, Carlos, interviene cuando es invitado por ella, o cuando yo me dirijo directamente a él. Catalina se expresa de una forma muy detallada y minuciosa, a veces incluso atropellada, por la cantidad de información que quiere transmitir. Era sorprendente escuchar la cantidad de datos sobre medicación y posibles interacciones que detallaba. La rapidez en el habla y la utilización de tecnicismos (como cuando habla de los padecimientos médicos de Isabel) me hacen difícil seguirla e incluso comprenderla en determinados momentos. El padre suele mirar por la ventana en los largos y detallados discursos de la madre. A veces muestra su acuerdo, y también su desacuerdo de forma abierta, diciendo que él no piensa o no lo ve así.

Sobre el motivo de consulta, la madre dice: “tiene una actuación no normal con respecto a lo que es un niño” y tienen dos preocupaciones principales: el aspecto académico y la necesidad de contar con herramientas para estar con otros niños.

Pasan a enumerar los múltiples problemas médicos que sufre Isabel. Tiene asma y apneas del sueño desde que era muy pequeña. La madre manifiesta tener dudas sobre si estas dificultades y la toma de medicación hayan podido tener como consecuencia un daño cerebral que influya en el rendimiento académico, aunque ni los profesionales médicos ni la escuela hayan manifestado una preocupación en esa dirección.

Isabel, a su vez, padece numerosas alergias; la describen como muy sensible a los estímulos externos, como si no pudiera procesarlos adecuadamente, y como una niña muy demandante, requiriendo atención constante.

Cuando les pregunto acerca del aspecto social, hablan de que suele tener conflictos con otros niños en el comedor. Dicen: “No la eligen, siempre picotea de diferentes grupos. Ella se queja de que un día la tratan bien y otro mal”. “Si entra en un grupo, siempre quiere mandar”. Esto también le pasa con su hermano mediano de cinco años, Fernando. Isabel también tiene otro hermano, más pequeño de dos años, al que llaman “el bebé”, llamado Felipe. Continúan diciendo: “Isabel propone juegos que no tienen sentido. Los niños no la entienden, nosotros a veces tampoco. Finalmente, no quieren jugar con ella”. En estos momentos, el padre, visiblemente emocionado, expresa su preocupación, pues no quiere que sufra bullying ya que los dos padres lo sufrieron cuando eran pequeños.

Sobre la historia de Isabel señalan que su llegada fue muy rápida, la madre se quedó embarazada a la primera. Fue un shock inesperado, a pesar del proyecto de familia y el deseo de hijos que compartían ambos. Isabel era la primera hija, la primera nieta… Fue un cambio muy gordo. Querían estar con la niña, pero existía una demanda familiar que lo impedía. Siempre había alguien en medio.

Ya al final, señalan que a Isabel le cuesta mucho dormir y que aún usa pañal por las noches. Cuando exploro esto, parece ser que nunca ha existido control de esfínter nocturno y que no hay evidencia de ningún problema físico. No parecen estar muy preocupados al respecto.  Además, Isabel no duerme en su cama (ubicada en una habitación que comparte con su hermano mediano Fernando), solamente al principio de la noche, cuando se despierta acude a la habitación de los padres, durmiendo todos juntos (los otros dos hermanos también duermen con los padres).

A la finalización de esta primera entrevista siento cierta tristeza y preocupación, me pregunto qué representa Isabel para estos padres y quién es en realidad, parece muy perdida y frágil entre los padecimientos médicos y sociales. No la presentan como “His majesty the baby” … ni cumple, en apariencia, los sueños, los irrealizados deseos de los padres. La describen como una niña llena de síntomas físicos y emocionales. Me pregunto, qué ha pasado con estos padres que recibieron a esta niña como si fuera una bomba inesperada a pesar de mostrar un deseo abierto de tenerla. Porqué funciona como si fuera un bebé, usando aun pañal, siendo, además, este, un aspecto que no preocupa a los padres. Tomo nota de la dinámica familiar en el que no parece que se discriminen espacios, está todo muy revuelto. Parece existir una dificultad para la incorporación para el tercero representado por el padre, quien desde la llamada telefónica se le quiere dejar fuera y que en consulta tiene una presencia más bien secundaria.

Bertrand Cramer, en su libro “De profesión bebé” apunta: “…hay algo en la llegada de un hijo que desencadena las reacciones más asombrosas…. Puede ser portador de la desilusión, porque es nuestro propio doble al que despreciamos, o la reencarnación de un padre detestado, o porque lleva tal vez la marca del fracaso o de un defecto, debido a su apariencia, a su sexo o a una enfermedad”.

En la siguiente entrevista abordamos las historias de cada uno de los padres.

Catalina señala que fue “hija única hasta los 6 años y la primera sobrina, nieta”…Pertenece a una familia de 4 miembros, sus padres y su hermana. Su familia extensa materna, abuelos y tíos vivían muy cerca tanto que circulaban libremente unos y otros por las diferentes casas. Este aspecto no agradaba al padre de Catalina. La pérdida temprana de la madre le obligó hacerse cargo de su hermana. Su adolescencia pasó casi sin alteración, la pudo disfrutar tardíamente, ya a los veintitantos, pero de una manera clandestina, “nadie sabe de todas aquellas locuras de esa época”, ni siquiera su hermana. Con respecto al bullying habla de un sufrimiento que se alargó durante años en el colegio y que, tras la intervención de su madre y cambio de colegio, la situación terminó.

El padre, Carlos, presenta una notable dificultad para narrar su historia, escasa en detalles. Menciona una familia más despegada. En su caso, el bullying sufrido no fue compartido por la familia, duró también tiempo e incluso se alargó en el instituto. Habla de una adolescencia “clandestina” metido en el cuarto, gruñendo por todo, volcado en los deportes. Desde la adolescencia se sintió “superior” a sus padres y a su familia, él es un matemático importante y ellos personas muy incultas, descritas tal cual por él mismo.

En estas entrevistas se observan las repeticiones entre la historia de los padres y la familia actual en la que Isabel parece condesar buena parte de estas: son los primogénitos y los “primeros”, el bullying, la familia aglutinada de Catalina, la falta de reconocimiento y el lugar del padre. Llama la atención como las adolescencias de ambos fueron clandestinas para sus respectivas familias, como si no hubieran podido salir, ser reconocidos en su subjetividad. Tampoco parecen haber resuelto sus respectivos narcisismos infantiles y me planteo si de ahí surge la dificultad de la inclusión del tercero, en este caso de Isabel y su clara falta de investimento desde el inicio.

Cito a Silvia Nussbaum en su artículo “Identificaciones alienantes y repetición. Una contribución acerca de la transmisión transgeneracional”, de 2009 quien plantea la relación entre repetición y lo que no tiene representación. “El sujeto quedaba dividido entre la doble necesidad de ser para sí mismo su propio fin y ser el eslabón de una cadena generacional a la que está sujeto sin la participación de su voluntad”.

Cuando llega Isabel a la primera entrevista me encuentro con una niña alta y fuerte, con expresión agradable y despierta, vestida de rosa de arriba abajo. Esta impresión choca por completo con la imagen que me había creado de ella tras la primera entrevista con los padres, frágil, enfermiza… Automáticamente me viene a la cabeza que estoy frente a una princesa. Su madre, que la acompaña, insiste en quedarse en la sala de espera unos minutos mientras Isabel y yo entramos en el despacho. Dice: “Es lo que quiere Isabel y así se siente más segura” aunque la niña no abre la boca al respecto. Isabel entra con calma y decisión en el despacho mirando con curiosidad alrededor, pero evitando mi mirada.

Me presento, le explico quién soy y le comento que puede jugar con lo que ve. Ella decide coger un libro de juegos (laberintos, sopas de letras…) y dándome la espalda comienza a resolver laberintos, haciéndolo a gran velocidad. Me intento asomar poco a poco celebrando cada vez que encuentra la salida a cada uno de los laberintos. Y en cada resolución y celebración, ella reacciona relajándose y abriendo algo la postura, permitiéndome entrar en el espacio de juego. Termina todos los laberintos (habrá más de 20) y me dice que le gusta mucho hacerlos. Muestra cierto orgullo. Le pregunto si también le gusta dibujar y que me gustaría que algún día dibujara. Ella me responde que no lo hace bien que quien dibuja bien es su compañera, que ella lo que hace mejor es el laberinto.

La sesión transcurre con lentitud y a su finalización mi impresión sobre Isabel es más esperanzadora, sin embargo, no puedo dejar de tener presente el contraste entre la niña que traen los padres, y la niña que acude a consulta. Me pregunto si Isabel muestra que se encuentra perdida en una situación compleja y que en apariencia resuelve sin problemas sola, desde lo intelectual y con un rendimiento muy alto, tal y como muestra en la resolución de los laberintos.

En la segunda entrevista con Isabel me dice que ha encontrado un nombre para mí, me llamo “emocionista”. Cuando la pregunto acerca de esto, dice que lo ha creado con mamá y que significa, el médico de las emociones. También tiene un diccionario de palabras que ha traído y que me muestra. En esta misma sesión comienza un juego que continua a día de hoy, el ahorcado. Al principio las palabras son larguísimas, a veces en inglés, muchas veces son frases, y el dibujo del ahorcado suele ser uno diferente al habitual como el de una flor con múltiples pétalos, que en el intento de acertarlo se va coloreando, añadiendo nuevos pétalos… de esta forma nunca puedo ganar por la dificultad de la palabra, pero tampoco perder, alargándose el juego de forma infinita e impidiendo la alternancia.

También comenzamos un cuento, a partir de unos búhos que se encuentran dibujados en un estuche de pinturas. En la tercera entrevista, al entrar en consulta y comprobar que el orden de los juguetes es diferente a cómo ella los dejó, me pregunta que, si han sido los búhos, le contesto que sí, que a veces cuando ella se va, vienen y al ser muy revoltosos, cambian las cosas de lugar. (Más adelante este juego evoluciona, interpreto los búhos como otros niños e incluso como los hermanos. Ella parece aceptarlo y comienza una curiosidad en aumento sobre los otros que acuden a consulta cuando ella no está).

Estos juegos van mostrando un uso del lenguaje particular, de hecho, madre e hija tienen un lenguaje propio en el que las normas son muy laxas y manejadas al antojo, y donde uno se puede perder como en un laberinto. Incluso el tercero es nombrado en este lenguaje. Parece desenvolverse en un mundo en el que las normas se organizan según su conveniencia, posiblemente como forma de evitar la frustración y, en definitiva, la castración y el crecimiento.

Cuando hablo con la profesora confirma este aspecto al señalar que Isabel tiende a inventar historias fantásticas; También la profesora informa de que Isabel suele sobrevalorar lo le hacen otros compañeros, incluso llega a mentir y a quejarse de manera excesiva ante situaciones que no parecen revestir tanta gravedad.

La devolución a los padres la baso en la importancia de la autonomía de Isabel mediante el alcance de hitos como el control de esfínter nocturno por la retirada del pañal. Esto en un principio genera mucha resistencia reflejada en los cuestionamientos constantes. En este sentido tanto el padre como la madre están completamente aliados. A su vez, dejo encima de la mesa la pregunta sobre qué puede suponer la autonomía de Isabel, qué ocurre que, siendo la mayor, en ciertos sentidos es tratada como más pequeña. Y la necesidad de pensar sobre los espacios con lo que cuenta Isabel dentro de casa, la cama común, la habitación compartida con el hermano mediano. Es aceptada esta línea de trabajo, pero al poco sale a la luz el problema de pareja. En una de las sesiones Catalina termina explotando.

En esta sesión en un primer momento hablan de la evolución de Isabel, está mejor en el colegio, incluso está empezando a no mojar el pañal lo que genera mucha alegría a la niña. La madre sobre esto dice en un tono muy desesperado: “Bueno… esto no va a cambiar las cosas, seguramente siga sin poder ir a un campamento o dormir fuera, ella tiene múltiples alergias, lo que impide que pueda confiar y que ella se pueda ir”. Le digo a la madre que entiendo el enorme miedo que esto le provoca, y al ver su expresión triste y cansada le pregunto si se encuentra bien. Dice: “No puedo más, no puedo más. Tengo mucha carga con los hijos, el trabajo… Pregunto: ¿qué ha pasado? La madre contesta: Es final de curso, y con 3 hijos, tenemos 10 actividades a las que acudir”. Dice el padre: “¿es necesario ir a todas? Es que no es necesario ir a todos, ella es muy exigente, necesitamos reducir”. Ella responde agresivamente: “Tú qué dices, si tú no estás”. Comienza una pelea, en la que la madre termina afirmando que desde que nació Isabel han estado volcados en la crianza, él lo corrobora y dice que desde entonces no han vuelto a estar solos en la cama. Le pregunto al padre que entonces se echarán de menos. Él responde que mucho, pero que ya se ha acostumbrado, que le da igual. Ella dice “¿ves?, le da igual. Le doy igual”. Me da la sensación de que todo lo que dice el uno al otro enfada muchísimo. Les comento que detrás del malestar de Isabel estaba este otro malestar que parece necesario nombrar. La madre me responde agresivamente diciéndome que es matemática y que no entiende cual es la relación entre el sufrimiento de Isabel y lo que ellos están planteando, que necesita explicación. Les hablo de la importancia de darse validación en su función de padres. La necesidad de poder ejercer sus funciones parentales sin atacarse. Catalina se queja de que las tareas de la crianza y de la casa están repartidas de forma desigual. El padre responde que él está dispuesto a hacerse cargo siempre y cuando ella no le supervise. Ella se queja de que él realmente no quiere y termina diciendo que existe una situación difícil, no cree que haya solución, son muy diferentes. Yo le pregunto si ellos realmente quieren, si ella quiere. Ella se emociona en estos momentos, comienza a llorar y dice que si quiere.

En las siguientes sesiones se sigue repitiendo el conflicto de pareja.

Winnicott en Realidad y Juego (1971) escribe “… ¿qué ve el bebé cuando mira el rostro de la madre? …Puedo expresar lo que quiero decir yendo directamente al caso del bebé cuya madre refleja su propio estado de ánimo o peor aún, la rigidez de sus propias defensas. En ese caso, ¿qué ve el bebé?”.  “…en verdad, una madre cuyo rostro se encuentra inmóvil puede responder de algún otro modo. La mayoría de ellas saben responder cuando el bebé está molesto o agresivo, y en especial cuando se encuentra enfermo”.

La relación de los padres es una constante lucha de poder que oscila desde la imposición a la sumisión.  En un momento dado, el padre plantea abiertamente la necesidad de poder ir sacando a los niños de la cama, a lo que la madre le pide “que le deje más tiempo, pues ya no va a tener más niños, no va a haber más bebés”. “Yo le pido que espere, está muy enfadado porque no promuevo hacer la habitación de Isabel”. Terminan llegando a un acuerdo, y establecen tener la habitación de Isabel en unos 6 meses.

Isabel comienza el curso en una nueva clase y empieza a formar parte de un grupo de amigas con las que comparte sus gustos por el baile, hacen clubs… parece que se abra una nueva etapa, aunque los padres aparecen muy preocupados ante la amenaza de que pueda ser rechazada.

Con la llegada de la Navidad, Isabel tiene una nueva habitación. Coincidente con esto, Isabel abandona completamente los pañales, no volviendo a mojar la cama desde entonces.

Tras las Navidades aparece una nueva preocupación: el adelantamiento de la pubertad de Isabel. Los padres muestran diferencias de parecer, el padre no parece preocupado, mientras la madre señala que las adolescencias de sus hijos le producen un profundo dolor pues como padres “dejan de ser su todo”. Además, aunque la madre reconoce estar más relajada desde que los niños han salido de la cama (con motivo de la habitación de Isabel) sigue sintiéndose atrapada en un sinfín de exigencias hacia sus hijos que le hace estar constantemente ocupada. En todo esto no suele contar con el padre, quien se queja, pero de nuevo aparece como aliado, al no tener una actitud proactiva

A la salida de sesión uno de los días, la madre me informa que fueron perseguidas por un hombre y que ha sentido tanto miedo que necesita esperar a su hija dentro de la consulta. Además, junto a esto comienza a haber mucha dificultad para poder encontrar huecos que permitan ver a los padres sin ocupar el hueco de Isabel. De alguna forma, la falta de lugar de Isabel se va expresando de diferentes formas y desplazando de unos sitios a otros. En la transferencia voy apareciendo como un tercero amenazante que puede quitarle a su niña.

Las intervenciones con los padres parecen funcionar con señalamientos concretos más que favoreciendo un despliegue más amplio. Un día cuando la madre me deja a Isabel, le dice a la niña: “Dile a Sole, lo que ha pasado en la clase”. La niña no me cuenta nada en la sesión pues dice que no quiere. A la salida, la madre le pregunta si me lo ha dicho y cuando la niña le dice que no, la madre me lo cuenta. Le respondo a la madre que podemos hablar sobre esto otro día, Isabel parece muy molesta. Al abordar esta cuestión con los padres, les planteo qué cómo es posible que, existiendo vías de comunicación para contármelo, lo hizo delante de la niña a pesar de la negativa de Isabel. Catalina muy a la defensiva me responde que al padre le pasa lo mismo, que los dos hablan delante de Isabel como si ella no estuviera. Le contesto que esto no es solo una cuestión de Catalina si no de ambos, que apunta hacía la dirección de por qué cuesta tanto verla, escucharla y que esto remite a las historias de ellos como hijos. La madre se relaja y conecta con esto. Comenzamos a conversar sobre el espacio de Isabel, la importancia de tener en cuenta lo que necesita y hacérselo saber. La madre con lágrimas a la salida de la sesión me lo agradece.

El desplazamiento del problema de Isabel (colegio, pubertad…), el conflicto de la pareja de padres y la conexión con sus respectivas historias va poniendo de manifiesto la necesidad de acompañarlos en su función de padres, función adaptada a las diferentes necesidades que su hija va planteando en el crecimiento. A su vez se hace necesaria la mayor participación del padre, la disminución de la carga de la madre y el planteamiento de un espacio terapéutico para ellos como padres.

Con la profesora podemos empezar a trabajar conjuntamente en una misma dirección, entender la demanda y la queja de Isabel como un reclamo de un lugar de valor y reconocimiento. En el colegio se favorecen dinámicas de reforzamiento de autoestima y solidaridad en este sentido.

En relación con el trabajo terapéutico con Isabel, el juego va evolucionando desde uno más individualista e intelectualizado como hacer sopas de letras, laberintos…a otros más manipulativos, poniendo de manifiesto el aspecto pulsional. El juego principal en muchas sesiones es hacer comidas, postres, golosinas con plastilina y la mayoría de las veces Isabel suele marcarme qué he de hacer, siendo muy autoritaria y no permitiendo que haga una cosa diferente.

Si termino una pizza o hago una piruleta, ella me dice que lo he hecho gracias a que me ha ayudado ella. En medio de la elaboración de los detallados platos (tiende a alargar, al detalle) a veces cuenta cosas del colegio, de sus hermanos. Habla de cómo se enfada con una compañera a quien odia y cuando le pregunto al respecto, responde que es porque esta niña la quiere mandar.

Los juegos del ahorcado continúan siendo muy difíciles y laboriosos, a veces le digo que me niego a jugar sin pistas o con palabras complejas. Ella acepta, aunque suele adaptar las normas, dándome un número elevado de oportunidades, pero limitado, lo que permite en algún momento el fin. Tiene mucha dificultad para terminar las sesiones, poder recoger… Llegamos a un acuerdo en el que escuchamos la canción que quiera mientras nos despedimos hasta la siguiente sesión. Esto permite una estructura, un orden y un cierre dentro lo esperado. Empezamos a jugar a otros juegos como el parchís o la oca, en el que hace innumerables trampas, y en el que, si llego a ganar, me dice que “no le importa, no le importa”. Parece que la negación es una buena defensa para ella, que se disfraza de algo de lo que no es como el día que vino vestida de reina.

Ese día Isabel acude con una corona, vestida de nuevo de rosa, con una falda de tul, lleva en una mano otra corona. En esos momentos pienso “His majesty the baby”. Estamos cerca de las vacaciones de verano. Me dice que no quiere que acabe el cole, le pregunto acerca de esto. Ella responde vagamente que le gusta el colegio. Le pregunto si la otra corona es para mí, encoge los hombros y me la pongo. Comenzamos a hacer una pizza, y me da instrucciones, obedezco. Aunque la dos llevamos la corona parece que la reina es ella. También jugamos al parchís y al advertir que voy ganando decide empezar a jugar al revés para acortar la distancia hasta la meta y ganar, comienzo a sentir cierta angustia y continuamos jugando cada vez de manera más delirante, sin turnos, hasta que termina jugando ella sola, moviendo las fichas a su antojo.

En esta sesión conecto con la angustia del mundo de Isabel, lleno de despotismo y de ausencia de límites. Entiendo que a los otros niños les cueste jugar bajo estas reglas y pienso en lo perdida que pueda dejarle este funcionamiento a Isabel. Viene disfrazada justo de lo que ha sido tan difícil de ocupar junto sus padres, esa niña reina. Su funcionamiento es muy regresivo, como en otras sesiones refleja un juego correspondiente a la fase anal, la competitividad, rivalidad y dominio predominan en la sesión. Tras supervisar esta sesión entiendo que como terapeuta he de coger esa corona para acompañarla desde este funcionamiento regresivo a uno más edípico.

Las vacaciones de verano se alargan debido a una baja que me impide incorporarme en el momento esperado. En total transcurren casi tres meses desde la última sesión con Isabel. En la sesión de reencuentro, le explico lo ocurrido y le hablo de las ganas que tenía de volver a verla. Ella parece ignorar mis palabras y, como si solo hubiera pasado una semana desde la última vez, comienza a jugar con el mismo juego con el que jugó en la última sesión, una casa de muñecas. 

Hasta entonces este juego consistía en cómo los habitantes de la casa, una madre con dos hijos de unos 7-10 años y dos bebés realizan tareas de la vida cotidiana como cocinar, pasear… La madre, que es representada siempre por Isabel, se muestra muy ocupada haciendo tareas del hogar y educando a los niños. El padre no existe y lo introduzco yo con un muñeco, quien no es nada bien recibido. Al principio me coge el muñeco de las manos y lo tira con rabia hacía el suelo diciendo: “nooooooo”. Otras veces, se burla de él, diciendo que es débil, tonto e impidiendo que entre en la casa.

En esta sesión mientras Isabel comienza a ordenar la casa y colocar los muñecos, yo la acompaño en silencio. Al rato, me pregunta sí no va a venir el padre. Le digo Ahhh siiii cuánto tiempo, el padre. Cojo al padre quien entra en escena como uno más, eso sí sin poder entrar en casa ya que la madre se lo impide.

La sensación con esta sesión es, por un lado, la de cómo si nada hubiera ocurrido, la negación de la ausencia mientras que por otro existe la urgencia de seguir trabajando en donde lo habíamos dejado, aclamando a la ley, en transferencia. Mi ausencia representa posiblemente la ausencia de ese padre que no termina de entrar en casa. Pienso que con este juego también Isabel trata de decirme que, aunque me ha esperado y me reclama, no me va a dejar tan fácilmente entrar de nuevo, que es necesario seguir jugando y así hacemos.

La nueva habitación de Isabel va acompañada de un abandono del pañal. Isabel está muy contenta, ahora quiere hacer una fiesta del pijama con sus nuevas amigas del colegio, aunque la madre expresa que a ella no le gustan mucho las fiestas del pijama. Isabel un día dice que ya escribe muy bien, mejor y que le han dicho en el colegio que dibuja muy bien. Le digo que está creciendo y me dice que ya tiene su propia habitación, con doble colchón y con todo lo que le da la gana tener, todo muy de mayor. Continua: “todavía tengo algo que colocar, es una caja que está arriba del todo y que tiene cosas de mi hermano y mías”. Le pregunto si en esa caja está todo revuelto ahí. Y responde que va a darle sus cosas a su hermano y que él haga lo que quiera.

Tras una nueva interrupción prolongada debida a la grave enfermedad del padre, Isabel vuelve a mostrar, a su regreso, el impacto de la ausencia. Lo hace de manera defensiva, como puede observarse en la primera sesión de reencuentro, cuando insiste en mostrarme su supuesta habilidad para encontrar personajes escondidos en un libro. Al poco rato descubro que dicha eficacia no es real y que está inventando las respuestas. Es parecida a la primera sesión de los laberintos.

Comienza también a ser cada vez más frecuente la aparición de juegos centrados en buscar juguetes ocultos, personajes escondidos en libros o adivinar dibujos que interpreto como la expresión del atravesamiento de categoría presencia-ausencia.

El sobre funcionamiento del Isabel en juegos cognitivos e intelectuales va dando paso a una expresión más emocional de lo que va aconteciendo. En una de las sesiones, al abrir la puerta la encuentro sentada de espaldas a su madre, llorando. Parece no querer entrar. La madre me cuenta, que está enfadada porque le ha tirado unos papeles de la habitación, le había avisado varias veces de recogerlo y al no hacerlo ha terminado tirándolos.

Isabel entra llorando y dice que está enfadada, yo le digo que también parece dolida. Ella dice que no, que está enfadada. En la pizarra escribe mama asquerosa con mucha furia. Cuando le pregunto qué ha pasado, me dice que su madre es una desordenada y que su madre se agobia con el orden. Los papeles encima de la mesa, era una manualidad que iba a hacer.

Su madre le ha dado una caja de cartón que está en medio de la habitación y que no sabe qué hacer con ella. Ha tirado sus papeles, pero no esta caja. Le digo que parece que no hay quien entienda a su madre.

Coge el papel cebolla y comienza a cortar en cachitos muy pequeños, me dice que gana quien corte los papelitos más pequeños. Corta muchos y los tira a la basura. Le digo que ahora estos son los papeles de mamá. Vuelve a cortar los papeles y los tira como si fuera confeti por toda la habitación mientras dice: “Mamá mala”.

Empezamos a jugar al parchís con dos dados y cuando le pregunto acerca de las normas que está planteando, me dice que juega así en casa de la abuela. Junta las fichas del parchís y comienza a jugar. Le digo que las dos fichas están juntitas como ella con mamá. Se ríe, comienza a tirarse pedos y se va al baño.

A la vuelta coge la casa de muñecas y deja al padre dentro de una zapatilla. Lo cojo y me dice que puede llevarse a los niños, pero no al bebé, pregunto quién es el bebé que no se puede separar, me dice que ella no es un bebé. Llega la hora de finalizar y le digo que, aunque nos vamos a separar hasta después de semana santa aquí la voy a esperar, que sé que no es un bebé, pero aun así yo la voy a esperar. Parece calmarse, bailamos y recogemos.

Hasta hace muy poco, en todas las consultas, Isabel trae un objeto diferente que nos permite hablar de ella, de sus amigos, familia…suelen tener más protagonismo al principio de la sesión para terminar siendo desplazados por el juego que se pone en marcha. Me planteo si estos objetos pueden representar la transaccionalidad entre ese mundo más familiar y la salida al mundo y el encuentro con otros, la separación y la pertenencia. El último objeto que trae es una flauta que le ha regalado el padre, y con la que gracias a ella y al aprendizaje que le ha ofrecido ha sido modelo en clase para otros niños. Se siente muy orgullosa. A diferencia de sus hermanos, es a ella a quien su padre le ha regalado la flauta. Comienzo por pensar si esta escena puede representar que, el padre parece tener algo bueno que ofrecer y a futuro la posible entrada en el Edipo. Al poco en el juego de la casa de muñecas, representa a una madre que se va, se ausenta, se enfada cuando los hijos salen a pasear con el padre. Llega a irse a Australia y a negar cualquier tipo de contacto. Su madre es representada por un hipopótamo que muestra su enfado y les persigue con el deseo de comerse a los niños. A lo largo de las sesiones, puede ir emergiendo la representación de una madre ausente, hacia la que experimenta enfado, situándola en un conflicto entre sus propios deseos y la necesidad de sentirse querida. Asimismo, aparecen sentimientos de enfado hacia el padre, percibido como una figura ausente, poco implicada y carente de atractivo o interés para ella, percepción que parece modificarse parcialmente cuando este le regala una flauta.

En el libro “El quehacer con los padres” (Caellas, Kahane y Sánchez, 2015) dice “En las familias en que los padres no hayan resuelto, sepultado el complejo de Edipo el niño quedará atrapado en el narcisismo materno, como solución patológica de ambos padres, en tanto el padre renuncia a su función, repitiendo en su hijo la unión con su propia madre”.

Los padres de Isabel parecen atrapados en el niño maravilloso, el niño rey de sus respectivas familias, teniendo como consecuencia el desencuentro en la pareja por la falta de reconocimiento de la alteridad, lo que se hace especialmente relevante cuando nace Isabel, quien inaugura la triada. Isabel parece depositaria, no solo del conflicto de pareja, si no de la falta de cada uno de estos padres reyes, falta que no han podido reconocer. Isabel no puede ocupar el trono de niña reina, ya está ocupado. La paradoja del síntoma muestra que no solo se deposita el conflicto, lo insoportable en la niña, también devuelve a los padres su propia falta (no elegida, rechazada). Un síntoma que revela y oculta a la vez una historia más allá de la propia Isabel.

Los padres pueden con dificultad ir afrontando el desafío de la necesidad de autonomía de Isabel, aceptando ciertos cambios más físicos que psíquicos. El riesgo de estos movimientos aparece en la transferencia a través del tercero hostil, que persigue y ante el cual se ha de estar muy juntitos y pegaditos.

Isabel por su parte se presenta como una niña reina, una niña que hace juegos de la latencia, en el que el que supuestamente el lenguaje alcanzado un importante desarrollo, existe una conformidad con la norma y un mayor énfasis de la socialización. Sin embargo, es solo apariencia, el ahorcado y los diferentes juegos van mostrando como está atrapada y sola en un mundo sin orden, manejado supuestamente a su antojo o al de su madre. El espacio de juego, el encuadre, la continuidad de la experiencia terapéutica permite ir introduciendo un funcionamiento más sujeto a la realidad (los turnos, las normas…), una realidad en la que tiene cabida la expresión de su mundo interno junto con las fallas (interrupciones). Se empieza a observar un incremento de la creatividad (dibujo), de la aparición de juegos correspondientes a la categoría de ausencia-presencia y de representación, que permiten la simbolización, el apropiamiento de la realidad y la metabolización de experiencias.

Isabel se ve en la encrucijada entre su propio deseo y el deseo de sus padres de permanecer pequeña. Este conflicto tiene sus consecuencias en la dificultad para asumir la ley (se pueden quitar o no los pañales) y plantea un riesgo importante de repetir la representación del tercero como invasivo y persecutorio. La respuesta favorable a la retirada del pañal plantea un interrogante sobre el síntoma, sobre si obedece a un conflicto intrapsíquico de la niña o a un conflicto inconsciente de los padres. Isabel necesita apoyo en su la estructuración psíquica, en el atravesamiento de las diferentes etapas de desarrollo psicosexual, el de reencuentro con el otro, de repetición de la fusión y separación que permitan investimento y reconocimiento propio y de la alteridad.

Silvia Nussbaum en “Identificaciones alienantes y repetición. Una contribución acerca de la transmisión generacional” nombra al psiquiatra Theodore Lidz: “Dada la asimetría derivada del estado de desamparo inicial, los hijos se ven en ocasiones, obligados a aceptar las defensas de los padres y a obliterar los deseos propios… Enfatizaba la impermeabilidad de los padres para registrar y connotar la imposibilidad de oír al niño y percibir sus necesidades emocionales”.

La línea de trabajo con respecto a los padres va encaminado a poder cuestionarse este anhelo narcisista tanto en ellos mismos, ser los padres perfectos, omnipotentes… “Ser su todo” como decía la madre, así como en su hija (no crecer, ser la niña eterna).

Termino con este poema del libro “La clínica con Winnicott. Elementos para un psicoanálisis contemporáneo” de Juan del Olmo:

Ojalá pueda cuidarte

Ojalá pueda cuidarte
del desencuentro y el mal amigo,
del destrato y la burla
y la crueldad de los niños;
que pueda estar vigilante
 atento al desaire y remediar el agravio
que todos hemos conocido
en el cuero y en la lengua propia como cuchillo.
Ojalá pueda cuidarte, ay,
de mi propio cuidado:
abstenerme de mi mirada constante,
mi mano apurada, mi sentir apremiado.
Que cuidar, también, es dejar sin abandonar;
sostener es aupar, también dar lugar
a los problemas y maravillas
de arreglárselas con la alteridad.

Bibliografía

Cramer, B. (1991). De profesión bebé. Círculo de lectores S.A.

Del Olmo, J. (2022). La clínica con Winnicott. Elementos para un psicoanálisis contemporáneo. Ed Entreideas.

Freud, S. (1914). Introducción al Narcisismo. En Obras completas (vol. XIV, pp. 65-98). Amorrortu editores.

Winnicott, D. W. (1972). Realidad y juego. Ed. Gedisa.

Nussbaum, S. Identificaciones alienantes y repetición. Una contribución acerca de la transmisión transgeneracional. Revista Psicoanálisis. Vol. XXXI-Nº 1-2009-pp 153-166

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Reflexiones sobre “Isabel, la princesa que quería ser reina”

Freya Escarfullery

Quiero agradecerte, Soledad, el esfuerzo por delimitar algunos aspectos concretos de un caso tan rico en matices, susceptible de abordarse desde múltiples perspectivas. Entre ellas destacan el trabajo con los padres —su pertinencia, el momento oportuno y las razones de su indicación—, el lugar de Isabel en la estructura familiar, el proceso de separación e individuación, la libidinización de una niña que quería ser reina pero que parece no haber llegado siquiera a ocupar el lugar de princesa, y la función de la terapeuta como elemento de cuña —casi de corte— en una relación familiar indiscriminada, lo que nos lleva a pensar también en la evolución en la modalidades de juego de la niña.

El caso de Isabel se anuncia, desde el contacto inicial, bajo el signo de la confusión. La petición materna de entrevistas separadas para cada uno de los padres revela una conflictiva que, más adelante, permitirá pensar que la cuestión principal no radica en los espacios que reclama la madre, (médicos, académicos, relacionales)  sino sobre todo  en la constitución de un lugar propio para su hija.

Isabel nos es presentada como una princesa que quería ser reina, en búsqueda de una corona. Desde la distancia que me proporciona la lectura del caso, yo diría que en búsqueda de una mirada libidinizada que le permitiese, al menos, sentirse presentada desde un lugar propio.

Del juego del  ahorcado a la corona, una pregunta:

¿Cómo habían podido Isabel y Soledad pasar de  jugar al ahorcado a la corona?  Pienso que se ha posibilitado por la construcción de un espacio de encuentro entre Isabel y Soledad, en el que ambas han podido crear sus singulares zonas de juego. Esto ha permitido la aparición de nuevas formas de jugar y el paso desde la rigidez del encuentro inicial hacia modalidades más flexibles, llegando hasta el momento en que Isabel es simbólicamente coronada para continuar después con otro tipo de jugar.

¿Jugamos?

“La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y  la del terapeuta. Está relacionada con dos personas que juegan juntas. El corolario de ello es que cuando el juego no es posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente de un estado en que no puede a un lugar que le es posible hacerlo”.

Donald Winnicott. Realidad y  Juego. 1971

Isabel llega con un discurso particular, único, personal, y como pronto declara, un diccionario entre ella y su mamá. Con tal discurso despliega un juego inabordable, el tradicional  ahorcado que tanto le gusta a los chic@s de su edad, pero con una peculiaridad: son palabras interminables, sin principio ni fin, sin perdedores, ni ganadores, sin lugar para la falta, para la castración.  Se alargaba la palabra y se alargaba la figura de ese ahorcado interminable, sin ley, “como una flor con múltiples pétalos, que se va coloreando y añadiendo nuevos pétalos; ni se acierta la palabra, ni se termina el dibujo, impidiendo la alternancia”.

Parecería un juego propio de su edad …. Pero la rigidez, la imposibilidad de cortar la palabra, de finalizar la imagen, de aceptar la frustración, el ahora tú, ahora yo, nos hace pensar en algo mucho más grave. No es un juego, es una repetición de sonidos y de imágenes que se alargan. 

Soledad acepta el reto, la acompaña en su despliegue, conteniendo sus propias miedos y angustias, así como la incertidumbre de si la podrá ayudar o no.  Son sesiones que al principio están marcadas por la dificultad de “entender” algo de lo que expresaba Isabel, por la dificultad de “conectar” con palabras.

Ya lo decía su madre: “Isabel propone juegos que no tienen sentido. No la entienden, (Los niños),  nosotros a veces tampoco. Finalmente, los niños no quieren jugar con ella”. Es un juego eterno, interminable, donde no hay lugar para el otro. Poco a poco, la terapeuta va introduciendo  trocitos de realidad/alteridad: 

  • los búhos pueden ser los hermanos o los otros chicos. Con la respuesta que alude a la realidad, otros chicos, los hermanos, se despierta la curiosidad, ¿algo de la pulsión epistemofílica?
  • las inocentes propuestas: “me niego a  jugar sin pistas”, o “con palabras complejas no”

que promueven que se vayan  aceptando unas ciertas normas; se van acotando las palabras, se va  limitando, consiguiendo que el juego del ahorcado tenga un final…, incluso con esa modalidad de dar múltiples oportunidades. 

Ya no solo juega a laberintos y sopas de letras, aparecen juegos manipulativos, cocinitas, donde se despliega algo de la ambivalencia de la analidad, y con el tiempo, también aparecen juegos de normas más elaborados, la oca, el parchís… con trampas…. Ahí ya hay otro jugando….

Un buen día aparece vestida de reina, esa vez con dos coronas,  de nuevo, su terapeuta recoge el guante, y juega a dos cabezas coronadas, dos cabezas libidinizadas. Isabel va de mandamás,  Pero es  un juego de simbolización, de concreción de deseos, de fantasías,  una reina poderosa, como expresa Soledad, “viene disfrazada justo de lo que ha sido tan difícil de ocupar junto a sus padres, esa niña reina”. Y continua … “Su funcionamiento es muy regresivo”,  y una vez más, elige acompañarla en ese trayecto, regresivo, omnipotente hasta momentos más elaborados, más edípicos.

Aparecen otros juegos, pero no me detendré en ellos, prefiero que giremos la cabeza hacia el otro tema que aparece desde el principio, al parecer muy en la superficie, aunque nunca es en realidad así:

Los aspectos fantasmáticos e imaginarios que  han marcado la mirada de estos padres desde el nacimiento de su hija, dificultando su separación e individuación.

Cuando escuchamos a la madre de Isabel – pienso que también habla en nombre de ese padre al parecer ausente – nos encontramos con que el shock de la paternidad lo ocupa todo, la noticia del embarazo se recibe como una bomba, a pesar de ser deseada. Como si no hubieran tenido tiempo para pensarla, para pensarse como padres …. Luego al nacer “querían estar con la niña, pero existía una demanda familiar que lo impedía. Siempre había alguien en medio”.

No pude menos que pensar en el deseo de hijo, ese concepto tan difícil de acotar:  Cito a Silvia Tubert en “Figuras de la Madre”.

“Aunque el deseo de hijo se presente con frecuencia como una elección consciente, relativa a los ideales sociales y familiares de cada sujeto, este proyecto es siempre portador de significaciones inconscientes que habrán de tomar cuerpo en el niño por nacer: el hijo llega a la existencia en el seno de una red de representaciones preexistentes, reguladas por la tendencia repetitiva del inconsciente, que lo inviste de las vicisitudes libidinales de la historia de sus padres (que siguen siendo, desde este punto de vista, hijos) y de su forma de asumir la diferencia de los sexos. Sin embargo, el nacimiento del niño da lugar, en el mejor de los casos, a una nueva organización que produce una ruptura en la repetición al articular de una manera única las determinaciones de su origen: el niño real nunca coincide con el niño imaginario del deseo absoluto de la madre, destinado a colmarla completamente.

El proyecto consciente de la maternidad se apoya en la doble vertiente inconsciente del deseo edípico y de la relación de identificación narcisista con la madre que, según haya sido la historia infantil de la mujer en cuestión, configuran, enriquecen o perturban la relación con el hijo”.

Me ha parecido apropiado pensar la dificultad de los padres desde esta definición del “deseo de hijo”, para escuchar quizá de otra manera, esa expresión de los padres que nos narra Soledad, “deseábamos un hijo pero fue un shock” … una chica que  fue la primera hija, primera nieta, primera sobrina, primera entre los hijos de los amigos, pero parece que nunca pudo ser la number one.  La chica que presentan es todo menos la hija del deseo, de la idealización.

No pudo serlo porque se atravesó algo de lo fantasmático. Algo ha perturbado la relación con esta hija:  … los padres, como narra Soledad,  querían estar con ella, pero siempre había alguien en medio.  Y a sus 8 años Isabel aparece en el discurso paterno bajo la óptica de la dificultad, incluso con fantasías de posible daño cerebral: la niña que presentan ocupa el  lugar de la preocupación, de la observación. Pocas noticias sobre sus hitos evolutivos, solo al final de la primera entrevista, y como de pasada, comentan que no ha controlado esfínteres y que todavía continúa durmiendo con ellos, igual que sus hermanos.

Nacen otros bebés…. Pero son varones, todos van  siendo parte de esa cama que se amplía, pero se escapan de los síntomas físicos, de la fantasía de retraso madurativo, del fracaso social, y sobre todo, parecen tener eso que les preocupa a los padres: la capacidad de poder comunicar, hablar, relacionarse con  otros eso que Isabel tiene dificultado. El discurso de Isabel no lo entiende nadie, a veces ni siquiera su mamá.

Los padres

En la práctica clínica, cuando los padres ocupan gran parte de la entrevista, es preciso prestar atención no solo a lo que dicen sobre su hijo/a, sino también a cómo hablan de ellos, qué lugar les atribuyen y cuánto espacio queda para que el propio hijo/a exista como sujeto.

Hay demasiada presencia paterna;  desde la primera llamada telefónica, y también en el minucioso y a la vez enmarañado relato de las primeras entrevistas, se hacen patentes la confusión y la angustia en un relato atravesado por conflictos y cuestiones no elaboradas de los padres. 

A medida que se van alcanzando ciertos logros, como la aparición en Isabel de algunos deseos propios de su edad  (la  fiesta en pijama con las amigas, o ir de campamento …)  van apareciendo sus conflictos de pareja,  sus demandas no dichas, la tristeza por los bebés que ya no llegarán, incluso esa angustia persecutoria que se plasma en una petición de acogida en la consulta porque la madre piensa que alguien las sigue.

Los padres parecen desorganizarse a medida que Isabel abandona el pañal y la dependencia que este representa. Al mismo tiempo, emerge un nuevo temor: una menarquia aún no anunciada; en palabras del padre, el paso “del pañal a la compresa”. Esta desorganización y esta angustia empiezan a hacer mucho ruido; podrían precipitar una interrupción intempestiva del tratamiento de Isabel si no se habilita un espacio de trabajo para ellos, distinto del espacio de su hija.  Aunque se les sugiere, no parecen —o no pueden— escucharlo. Se van haciendo pequeños señalamientos que les ayudan a “conectar” con el proceso.

Difícil tarea, contener y reconocer la angustia y la preocupación de los padres, y al mismo tiempo ayudarles a interrogarse sobre la necesidad de emprender un trabajo propio que les permita cuestionar cómo es eso de ser padres de esta princesa particular.

Esperamos que a lo largo de su  trabajo terapéutico, esta princesa que quería ser reina, encuentre la salida de aquellos laberintos que dibujaba en sus primeros encuentros con Soledad.

Bibliografía:

Silvia Tubert, Figuras de la Madre. Ed, Catedra 1996.

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*Trabajo presentado en el Ateneo Clínico del curso 2025-2026 el 30 de mayo de 2026 en la sede de AECPNA en Madrid.

**Sobre la autora

Soledad Pozuelo Moral, psicóloga general sanitaria, psicoterapeuta en consulta privada. Postgrado en Teoría y Clínica psicoanalítica con niños, adolescentes y trabajo con padres en AECPNA. Miembro del Centro Hans de AECPNA.

***Sobre la presentadora

Freya Escarfullery es psicóloga, psicoterapeuta de niños, adolescentes y padres en consulta privada. Asesora sobre evolución psíquica de 0-3 en EEII de la Comunidad de Madrid durante los años 1999 a 2014. Ex miembro de la comisión directiva y docente de  AEPCNA en el curso de posgrado de clínica psicoanalítica con niños, adolescentes y padres; docente del Máster en Psicoterapia Psicoanalítica con Niños, Adolescentes y Padres de  AECPNA/UEMEC (Universidad Europea Miguel de Cervantes); Miembro de FEPP (Federación Española de Psicoterapia Psicoanalítica).

Revista nº 27
Artículo 5
Fecha de publicación JULIO 2026

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