Luis Miguel Rodrigo**
La idea que promueve este acto es interrogarnos acerca de cómo nos podemos sostener cuando lo que tendría que haber no está, cuando el hilo que nos sujeta a nuestro mundo se parte, o peor aún, nunca estuvo. Cómo manejarnos cuando las normas que ordenan qué se puede y qué no se puede hacer, cuando las normativas (que en la película están referidas a los gobiernos) no dan cobijo, y por lo tanto no nos sirven para regirnos, sino que más bien nos desorientan, ya sea porque no existen, porque nos someten o porque no las aceptamos. Exploraremos la cuestión de la, actualmente en decadencia, función paterna, así como la capacidad del psiquismo para trazar caminos allí donde no hubo un buen encuentro con la figura del Padre, de modo que al ser interiorizada facilite un próspero modo de movernos por el mundo que nos ha tocado vivir. Y el cine moviliza guiones de vida alternativos, cuando en la trama principal hay agujeros. El fuera de la ley[1] es un film que trata y retrata convincentemente el modo mediante el cual somos capaces de suplir nuestras carencias y orfandades, reconstruyendo el lazo con el Otro cuando la soledad, la violencia, el abandono y la adversidad obligan a realizar una auténtica labor de supervivencia. Llevaremos a cabo en primer lugar un recorrido teórico sobre la función paterna para con posterioridad adentrarnos en algunos aspectos concretos de la película que creemos engranan con lo teorizado.
Quiero compartir una reflexión sobre el título de este ciclo, Padres Imaginarios, en apariencia sencillo, pero que he de decir que suscita múltiples preguntas, lo cual es a fin de cuentas lo único que importa: solo aquello que da que pensar nos permite pensar, a decir de Heidegger[2], puesto que posibilita la construcción de un pensamiento que nos encamine y no nos afinque en el delirio de lo acostumbrado: pensar es un preguntar como un permanecer en camino (…) vagando por los espacios de lo indeterminado a la manera de un aventurero.
En primer lugar, tendríamos que detenernos a pensar qué es un Padre, de lo que se desprenden cuestiones cruciales para nuestro desempeño en el ámbito de la clínica, como por ejemplo si es posible que el Padre –entendido psicoanalíticamente– no sea otra cosa que una formulación que hace una muesca en el viviente sobre la cual insertar una trayectoria, un devenir que apacigüe y encamine la pulsión (es este precisamente el motivo que me ha llevado a elegir esta película pues aborda cómo sustraernos de lo más primario de nosotros mismos y del mundo hostil en que vivimos cuando impera la dificultad y la sinrazón, lo cual nos deja a merced de la pulsión). Sin esta invención necesaria que es el Padre, en proceso de caducidad y por lo tanto quizá ya no tan necesaria, no se puede instituir la diferencia, el corte, que permita a la hija o hijo llevar a cabo su travesía, lo que los psicoanalistas decimos como un pasaje desde el yo ideal al ideal del yo. En palabras de Marcelo Barros[3] : El padre inaugura una orientación que implica movimiento, algo que no está cerrado. El padre, desde esta perspectiva, abre. Si la sociedad actual potencia la desorientación, la descoordinación de las pulsiones -oral, anal, voz y mirada-, que se han de ser satisfechas de modo compulsivo, en vez de la ordenación -sinónimo de demora, tiempo de espera y elaboración-, estamos en la caída del orden paterno.
En el lugar de la pregunta para qué me quieren, para qué he sido traído a este planetilla en cierto grado absurdo e incomprensible se inserta el Nombre del Padre (NP), el significante que permite dar respuesta a qué será aquello perdido de la Madre (¿qué es lo que ella desea?), lo desprendido de su totalidad omnipotente que ha sido subsumido (desplazado, metaforizado) por un nuevo significante, un inicio que resulta fallido por su propia naturaleza: es el nombre de una falta. Fallido porque la falta es constitucional, consustancial al sujeto viviente. El NP representa, simboliza, interpreta dando significación a lo faltante. Da nominación a una carencia, a una imposibilidad, localizándola, siempre de modo incompleto. Este NP es metáfora porque viene en lugar de algo que ha quedado borrado, tachado, perdido, y la metáfora siempre produce algo novedoso: en su sustitución, añade:
Hablar de metáfora es hablar de la renovación, de eso que es tan necesario para un sujeto frente a la catástrofe. Porque todos podemos ser devastados. El asunto reside en la posibilidad o no de reinventarse a partir de los fragmentos, de servirse de lo insensato, de lo sintomático, para generar un nuevo comienzo[4].
El Padre es un apaño, una circunvalación que no logra llevar a cabo el completo reacoplamiento entre el sujeto por venir y lo que la Madre fue (imaginariamente, fálica, completa): la fuente de todo bienestar, la poseedora de todo lo que se pueda necesitar, la sabedora de todas las palabras que digan del naciente, el Otro (con mayúscula, tesoro de los significantes). Una vez inscrito como sujeto deseante, la pérdida será irremediable. Por fortuna. Porque ¿qué mayor fortuna puede haber que la rotura de la crisálida que nos encierra en una detención perpetua y nos coagula en una sumisión?
Para desear hay que, en primera instancia, perder, pero también será imprescindible haber adquirido los aparejos necesarios para sostener una búsqueda. (Este es uno de los aspectos principales sobre los que versa la película, la adquisición de las herramientas para poder constituir un recorrido vital propio).
Este funcionamiento perverso de la ley es el resultado de la acción simbólica fallida del NP cuya función no se agota simplemente en poner un límite al goce incestuoso sino que ofrece además una enseña identificatoria capaz de sostener al sujeto en una relación posible con el deseo y con la ley[5].
La incidencia del Padre en el inconsciente del sujeto por venir, lo que simbólicamente se pueda inscribir, será la marca de este descalabro, de esta fisura por donde pueda deslizarse un sujeto que acarreará sobre los hombros su propio deseo. Verdadero parto del nacido arrojado a la vida puesto que es aquí donde sucede la partición, la división que da lugar a una separación constitutiva del sujeto.
Y, sin embargo, es debido precisamente a esta incisión que el viviente pueda ser elevado a la categoría de deseante: gracias a la intervención del NP será posible cierta recuperación de lo amputado, siempre y cuando sean donadas y adquiridas las insignias (Ideal del yo) en base a las cuales ese camino sea transitable; camino por otra parte siempre irrealizable en su totalidad: quedará la marca de un deseo que cargará el fardo de la falta desde su misma instauración. Deseo insatisfecho en la histeria; imposible en la obsesión; prevenido en la fobia. Porque el deseo es siempre problemático. Deseo, en síntesis, manchado de fracaso e insatisfacción. Jamás puro e inmaculado si no es en la fantasía.
Siguiendo esta digresión, la inserción del NP en el sujeto naciente ha de ser soportada por la transmisión de una invención porque nadie sabe ser Padre, tan solo hacer las indicaciones. Hacia el padre se puede ir, no llegar. Es una señalización, una indicación no exenta de baches, desfiladeros o socavones, con los consiguientes esguinces, ampollas y rozaduras. Algo ha de quedar inconcluso, irrealizado. La creencia en el Padre ha de quedar sostenida por una posibilidad, no por una certeza. Es en el campo de las psicosis donde las certezas adquieren relevancia, así como la descreencia: no se cree, se sabe. En el Padre se cree, no se sabe porque es incierto, como plasma el derecho romano y cuestión que no resuelven los análisis genéticos. En el terreno del Padre cunde la incertidumbre: Madre no hay más que una, ¿pero padre? Lo novedoso que instituye el NP permite al sujeto naciente encauzarse en una dirección futurible; la adhesión al vínculo con la Madre no puede fomentar ningún futuro creador sino más bien la repetición de lo mismo en circuito cerrado: arroja por lo tanto a la nostalgia, al pasado. O lo que es lo mismo, a lo fusional estancado; retraimiento narcisista, hemorragia libidinal.
Como invención, el Padre –en su estatuto simbólico– puede ser cualquiera que proporcione o ceda al hijo o a la hija las herramientas que le permitan establecerse en el mundo como sujeto de pleno derecho, esto es, por fuera de la demarcación que el vínculo maternofilial haya fijado. A falta de un Padre Real donde hacer recaer al Padre Simbólico, las posibilidades de adquirir una figura de referencia que encauce el devenir pulsional del sujeto por venir se verán acrecentadas siempre y cuando el brillo de un deseo en los ojos de la Madre por fuera del hijo o hija sea captado por este. La Madre, el Otro, el cuidador está en falta y desea algo que yo no soy pero puedo inferir que lo seré; y hacia allí me dirigiré en base a algunas indicaciones extraídas de esa mirada materna algo extraviada, pensaría el retoño –si pudiera– en su inconsciencia.
Un Padre es por lo tanto un significante que posibilita la identificación a unas directrices que no anquilosen al naciente a un lugar mortificado por un vínculo adhesivo que no consienta a la ruptura con lo anterior, auténtico movimiento constructivo. Sin este significante, el naciente queda simbiotizado a una célula narcisista de a dos, sin posibilidad de acceder a un deseo propio, verdadero permiso de residencia en el mundo. Amarrado en la mazmorra de un goce fusional, la figura del Padre se presentaría como la lima con que serrar los barrotes del encarcelamiento.
En la película se destacan múltiples situaciones donde los actores quedan a merced de los acontecimientos, caídos y sin referencias, como luego mencionaremos.
Para que esta operación en la que el niño pasa de ser objeto a ser sujeto sea un logro, es necesario que antes haya una renuncia al objeto y esto es solo posible en la medida en que haya una represión del significante fálico, que es el significante del deseo de la madre. Esta represión, que se produce por la irrupción del padre en la célula narcisista madre-hijo, es la que posibilita la estructuración del psiquismo del niño porque le permite sustraerse de la experiencia de satisfacción en la inmediatez sensorial y lo sumerge en el enriquecedor universo de las sustituciones[6].
Sin la posibilidad de dar comienzo a un inicio, a un rumbo diferente, lo único que queda es lo mismo, la búsqueda de la unificación con la imagen narcisista, que solo encuentra finalización en el fondo del lago. Sin lugar propio para la singularidad, el único espacio posible es el de la desaparición, o su sinónimo: la falta de deseo. El tiempo no corre, el espacio no ha dado lugar. La locura se despliega allí donde el sujeto no encuentra localización.
Escribe Estalayo en el libro Padres Imaginarios: Será la función paterna la que podrá inaugurar guiones de vida donde el sujeto podrá desarrollarse de la manera más sana y creativa posible, dentro de una colectividad y con la capacidad suficiente para acceder al objeto de su deseo con la potencia requerida[7].
O en otras palabras, el Padre es quien dona la posibilidad de deshacer el vínculo fusional que deja al viviente atrapado en la jaula del objeto, pudiendo llevar a cabo un recorrido hacia su deseo por fuera del ensimismamiento narcisista. Y para ello ha de quedar instaurada la ley.
Tener Padre, en el terreno de lo psicoanalítico, poco o nada tiene que ver con la consanguinidad. Ser hijo biológico no nos incluye por sistema en la cadena de la filiación, pues ha de tener lugar una transmisión, una donación, una serie de concesiones que nos permitan instalarnos en una posición entre las generaciones: hijo o hija de, padre o madre de. Un padre (el de la realidad) puede no haber entregado dichas pertenencias. Huérfanos de padres vivos acuden a nuestros consultorios habitualmente.
Y sin embargo…
El fuera de la ley.
Dirigida y protagonizada por Clint Eastwood no está exenta de polémica, al ser una película del oeste filmada en 1976 justo después de la finalización de la guerra de Vietnam. Aunque la dirección estaba destinada a Philip Kaufman, guionista principal, discrepancias sobre cuestiones técnicas hicieron que fuera despedido, asumiendo el control de la dirección el propio Eastwood. Este suceso tuvo como consecuencia que el Sindicato de Directores de América (DGA) estableciera la Regla Eastwood que prohíbe a actores o productores despedir a un director y tomar su lugar, la cual continúa en vigor. Eastwood se adelantó a la norma, quedó por fuera de la ley que, con su acto, produjo.
Josey Wales, el Fuera de la ley, lo ha perdido todo tras los primeros minutos de filmación. Sustraído de todo lo que amaba, su mujer y su hijo (era su hijo Kyle también en la realidad), –quienes le han sido arrebatados con violencia por los soldados Botas Rojas en la guerra de secesión americana–, vaga sin rumbo (tras el hundimiento de su casa, su existencia y sus creencias como denota la cruz caída en el entierro de su familia) con un corte en la cara como sello de identidad y símbolo del desastre (cicatriz en la mejilla, corte con los vínculos primarios, desanudamiento del deseo). Derrumbado, es invitado a unirse a un grupo de renegados al borde de la derrota, convirtiéndose en el último luchador, el que no acepta la rendición, el forajido (outlaw), fugitivo o proscrito que no acata ninguna ley impuesta. Sin ley que procure un deseo, sólo queda deambular hacia la muerte. Desencantado de las convenciones sociales y morales ha perdido las coordenadas existenciales, no teme morir porque ya murió en el deseo: no sabe bailar, no comprende la poesía, carece de reloj, no conoce chistes, solo sabe una canción… Su modo indiscriminado de escupir denota que la pulsión agresiva está a flor de piel. Perdió la capacidad de disfrutar. Destrucción, pura pulsión de muerte. La paz que otorgaría morir le llevaría a reencontrarse con sus objetos amados.
En su tránsito de huida y venganza tras la traición del jefe de los renegados, va tropezando con diversos personajes descarriados, todos marginales, a quienes va adoptando de un modo siempre original, cuestión fundamental para que sea realizada la asimilación de un símbolo al que identificarse. El indio Cherokee Lone Watie que carece de tribu porque cayeron en el engaño del hombre blanco (vistió como el presidente Lincoln sin serlo, recibiendo el vacío mensaje de “Procurad perseverar” y olvidó quién era al ser civilizado); el joven Jimmy que acompaña a Josey en su huida y que perdió a su madre y que pregunta Papá ¿eres tú? para confundir a los cazarrecompensas; la india Pawnee secuestrada y marcada por los comanches, maltratada y violada, que se ofrece en compensación por ser salvada; la abuela con la nieta que perdió a sus padres; hasta un perro vagabundo se suma a la expedición. Los habitantes del pueblo fantasma expresan la absurdez de vivir sin futuro, petrificados en la nostalgia de un éxito anterior a sabiendas de que no volverá.
Si la función paterna implica posibilitar la realización de una subjetividad, Josey Wales va dando cabida a todos sus familiares de adopción con un gesto que permite la iniciativa. A Lone Watie, le deja hablar de su desdicha en su primer encuentro (desde atrás, como un psicoanalista) y con posterioridad confía en su puntería en el tiroteo con los soldados; con la abuela contiene el escupitajo como muestra de respeto, así como soportando sus insultos; acepta de la joven la cadena de reloj hecha con sus cabellos, así como escucha sus poesías que no comprende; escucha a Jimmy la anécdota de la camisa bordada y le acompaña en sus momentos finales; a los habitantes del pueblo les suministra bebidas: detecta la necesidad y da respuesta con un acto, un hacer más bien silencioso; las frases que pronuncia son pocas y sintéticas, casi como intervenciones. Si el Padre no acoge y relanza, si avasalla la voluntad del vástago, su función será traumatizante al no dar alojamiento a lo nuevo, y por consiguiente, a la posibilidad futura.
Sin lugar donde afincar un destino, solo la familia improvisada hace las veces de espacio de seguridad. El grupo es el sucedáneo del objeto perdido como intento de taponar la falta. Sin patria, sin raíces, sin creencias solo queda la huida y la violencia como única solución al arrancamiento del vínculo amoroso.
A excepción del comerciante, que no necesita hacer vínculo con nadie porque su única función es vender su producto a base de mentiras, representación máxima del capitalismo, el resto de personajes busca un lugar donde asentarse y construir. Su traje blanco manchado es el signo de la mentira que irradia con su charlatanería.
Hijos adoptados, –cada uno de un modo único–, por el semblante de Padre ofrecido por Josey, el camino a seguir va pacificando la angustia de los viajeros, pudiendo tener cabida entonces el baile, la diversión y el juego, también amoroso. La pulsión de vida, la alegría asoma tras el cobijo de la obtención de unas directrices que apunten a un objeto, que en la película es la casa del hijo muerto de la abuela, otro padre desaparecido.
Grupo de fugados que tienen a la espalda los soldados de la unión; al frente, el territorio comanche. En medio aflora un amago de posibilidad para la familia de nueva configuración. Un terruño con agua, una casa vieja y abandonada pero bien fortificada, metáfora del sujeto desfondado que encuentra por fin ubicación donde asentarse. Como en nuestras consultas, al fin encuentra acomodo lo desoído de quienes nos vienen a visitar, transferencia como casa de acogida para las palabras maltratadas.
Diez Osos es el jefe Comanche que ha de dictaminar sobre la vida o la muerte de Josey y su familia adoptada. Como no tiene desperdicio, enlazo el vídeo:
Cuando el peso de la palabra adquiere valor, podemos creer que habrá cabida para un decir que alguien escuchará. El hierro en la palabra, la palabra plena, el sujeto que pronuncia su verdad desde su subjetividad con toda la potencia del deseo aún a riesgo de morir, enunciación formulada desde un lugar vital, erogeneización que hace la contra a la mortificación, permite que la vida se haga hueco entre las piedras; para ello es imprescindible un sitio (las cercas para el ganado limitan una propiedad), una legislación (no cazar más de lo necesario, alimentar a los comanches en su travesía; donación, entrega, pérdida para poder vivir) que permita leer lo que en el sujeto está escrito.
“Todo eso que me ofreces, ya lo tengo”, dice Diez Osos. Josey Wales lo sabe, da lo que puede, no lo que Diez Osos necesita, poniendo a la intemperie su impotencia: otra posible definición del amor.
Entonces un símbolo adquiere preeminencia, se inscribe, convirtiéndose en salvoconducto para poder afirmar una existencia: el símbolo del comanche, la ajenidad representada como signo del intercambio pacífico y fructífero. La paz y la vida se inscriben en el lomo del ganado (antítesis de lo perdido). El pacificador pacto de sangre es la firma de las escrituras que permiten una localización donde subsistir; cuando la palabra vale, se enraíza en la tierra al ser escuchada por alguien que la dignifica y respeta. Entonces Diez Osos dictamina: “Será la vida”.
Bibliografía
Barros, M. (2014) Intervención sobre el nombre del Padre. Grama.
Eastwood, C. (1976) El fuera de la Ley. Warner Bross. Pictures y Malpaso Productions.
Heidegger, M. (2005) Qué significa pensar. Ed. Trotta.
Recalcati, M. (2003) Clínica del Vacío. Ed. Síntesis.
Schoffer, Daniel (2008) La función paterna en la clínica freudiana, Lugar Editorial
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*Texto presentado en el espacio “Descatalogados. Ciclo Padres Imaginarios” de la biblioteca Paula Mas de AECPNA el 8 de mayo de 2026.
**Sobre el autor: Luis Miguel Rodrigo. Psicólogo Clínico Especialista y Psicoanalista en consulta privada desde hace 31 años. Ha publicado el ensayo La enfermedad de la prisa; los poemarios Mala letra y Menos da una piedra; y las novelas El ojeador, Desde las tripas y Entre los escombros. Pertenece al Círculo Lacaniano James Joyce y ha publicado numerosos artículos relativos a la clínica psicoanalítica en la revista Letras Lacanianas y en CILAJOYCE.
[1] Eastwood, C. (1976) El fuera de la ley. Warner Bross. Pictures y Malpaso Productions.
[2] Heidegger, M. (2005) Qué significa pensar. Ed. Trotta. pp.119-121.
[3] Barros, M. (2014) Intervención sobre el nombre del Padre. Grama. Pág. 18
[4] Ídem pág..24
[5] Recalcati, M. (2003) Clínica del vacío. Ed. Síntesis. Pág. 384
[6] Schoffer, Daniel (2008). La función paterna en la clínica freudiana, Lugar Editorial. Pág.133
[7] Estalayo, L.M. (2012) Padres imaginarios, Ed. Edición personal. Pág.50