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El padre y su imposibilidad: Kafka, Joyce, Pessoa, McCarthy*

Miguel Ángel Alonso**

Nos convoca una figura milenaria: el Padre. Una primera aproximación al tema sugiere situar la articulación entre su vertiente simbólica y el hecho real que la hace surgir. Lo real tendría que ver con un sentimiento originario del sujeto: el desamparo humano con todas las declinaciones que de él podamos hacer; la función tiene que ver con la puesta en juego de los recursos simbólicos que puedan aliviar, mitigar, el peso de ese desamparo. Es decir, estamos ante un sentimiento de desamparo que empuja al ser humano al encuentro con alguna referencia simbólica que le otorgue sentido y solidez a la existencia. Y podemos pensar que desde unos primeros recursos simbólicos precarios, gestos, sonidos onomatopéyicos que imitan a la naturaleza, colores y marcas identitarias, adornos que daban jerarquía, etc., se fue transitando hacia un universo simbólico que, desde la ficción, creó una realidad más compleja. Me refiero a esa literatura naciente, la mitológica, un drama en el que las divinidades permitían nombrar y situar los afectos, los deseos, los goces, las pasiones, las pulsiones puramente humanas, y daban un sentido al enigma de la existencia. Nombrando creaban realidades sólidas. Es la ficción creando realidad. Fernando Pessoa sostiene en el Libro del Desasosiego: “decir una cosa es conservarle la virtud y eliminar el terror”. Si nos remitimos a lo que luego fue la vertiente monoteísta de la divinidad, Dios sería el Nombre del padre, ley suprema, omnipotente, absoluta, garante del orden, un sentido metafísico de la existencia que tenía su principio y su fin en sí mismo. Cito a mi querido amigo Gustavo Dessal cuando dice: “Freud consideró que Dios es la proyección sublimada de la nostalgia por el padre protector”.

Se trata, desde el comienzo, de la relación del sujeto con una ley simbólica que permita nombrar el mundo, ordenarlo. Nombre del Padre como abrochamiento de lo simbólico. Pero, en una escuela de Psicoanálisis, bajamos a tierra al Nombre del Padre y lo situamos en diferentes vertientes. Primero, el Nombre del Padre se hace operativo como función simbólica que introduce al sujeto en el lenguaje, es la ley que regula el psiquismo humano, establece las relaciones de parentesco, regula el deseo y el goce que circulan en su interior, y estructura la sexualidad humana; luego tenemos al Padre real, figura física que viene a ocupar su lugar como representante legal de la función, y que no tiene por qué coincidir con el padre biológico; en tercer lugar, el padre imaginario como idea particular que cada uno crea del Padre.

Pongo en juego ahora la imposibilidad que sugiero en el título. Respecto a este Nombre del Padre señalo lo que dice Lacan en el Seminario IV, La relación de objeto, apartado 3 clase XII: “El único que podría responder absolutamente de la función del padre como padre simbólico sería alguien que pudiera decir como el Dios del monoteísmo Yo soy el que soy, pero esta frase que encontramos en el texto sagrado no puede pronunciarla nadie literalmente”. Y remata diciendo: “El padre simbólico es impensable, hablando con propiedad… El padre simbólico no está en ninguna parte”. 

En la película de Roberto Rossellini, El Mesías, el profeta Samuel habla del Eterno como absoluto. Los discípulos de Samuel le piden un Rey, pero él dice: “No hay un Rey para nuestra gente… Sólo el Eterno es la perfección”. Esto es lo que, a mi modo de ver, cuestiona Lacan. El Gran Otro como función paterna absoluta que abrocha lo simbólico no se puede pensar. Por eso siempre estará vigente la pregunta ¿qué es ser un padre?

No  hay, por tanto, un Padre real a la altura de un Gran Otro como Nombre del Padre. Es más, habría que pensar que ese no dar la medida, paradójicamente, es la posibilidad de la cordura. Vemos en el mundo que quien quiere situarse como el Gran Otro de la ley es un loco que puede desencadenar la psicosis o la locura en el mundo. Un padre jamás puede coincidir con la ley.

Menciono otro escenario de la imposibilidad. En el psicoanálisis, el clásico que ilustra la función del Nombre del Padre es el Edipo. Ahí, el Nombre del Padre realiza la operación de la metáfora paterna, instaura el orden simbólico sustituyendo el deseo y el goce de la madre permitiendo al niño ingresar al lenguaje y al propio deseo. Pero Jacques Lacan se dio cuenta de la imposibilidad del Nombre del Padre para reabsorber todo el goce bajo su signo. En la clínica había pacientes en los que la función faltaba o estaba desestructurada, sin embargo, los sujetos se mantenían en la existencia sin padecer un desencadenamiento psicótico. Ante esta circunstancia, encontraban otros recursos que cumplían una función similar de anudamiento, estabilizadora, un invento reparador ante la falla de la función. Es decir, no había una manera única de articularse simbólicamente y legalmente al mundo, sino muchas maneras, lo cual llevó a Lacan a la pluralización del Nombre del Padre en los nombres del padre.

Situado el padre en sus diferentes versiones, y en la imposibilidad, nos detenemos ahora en consideraciones acerca de la disolución del Nombre del padre en el mundo actual, pese al lugar jerárquico privilegiado que ocupó a lo largo de la historia. Si extendemos la influencia del Nombre del Padre, como función legal ordenadora, al ámbito de lo social, ejerce su operatividad a través de las instituciones simbólicas de la cultura, educativas, políticas, religiosas, etc. En el día de hoy, la función simbólica del Padre parece cuestionada, atacada, de modo que, desde su función reguladora de lo social, transitamos hacia la desregulación y el exceso de un goce psicótico que se expande por un mundo falto de ética, dominado por auténticos canallas. El exceso de goce como pulsión de muerte gana terreno a lo simbólico y amenaza con aniquilarlo. Y tenemos suficientes experiencias históricas para saber que el poder de los canallas, encarnando el exceso de ese goce real, hace que éste se desborde y destruya toda legalidad institucional dejando vacía la función significante.

En la literatura vamos a hacer este mismo desarrollo que acabamos de establecer. En primer lugar, el Padre Real no tiene por qué ser el biológico. Hay ejemplos notables, desde el Nuevo Testamento, en la figura de San José padre putativo de Cristo; pasamos por la tragedia Griega, Pólibo, padre adoptivo de Edipo; en la mitología romana Fáustulo padre adoptivo de Rómulo y Remo; en la literatura del Siglo XIX, el señor Earnshaw en Cumbres Borrascosas padre adoptivo de Heathcliff , Jean Valjean, padre adoptivo de Cosette en Los Miserables de Víctor Hugo, Brownlow en Oliver Twist, ya en el Siglo XX, Fernando Pessoa situando al heterónimo Alberto Caeiro como guía de los personajes heterónimos que integran su drama em gente, etc.

Respecto a la imposible coincidencia con una ley absoluta, hablamos de “poco padre”, “mucho padre”, incluso “carencia de padre” o forclusión del Nombre del Padre. Pensamos en John Stanislaus Joyce, padre de James Joyce como ejemplo de poco padre; Fiódor Pavlovich Karamázov y el padre de Kafka como ejemplos de “mucho padre”; Pedro Páramo de Juan Rulfo, o Memorias de Schreber en literatura psicoanalítica como “carencia de padre”.   

Vamos a tomar a cuatro ilustres de la literatura para ver la imposibilidad y las diferentes relaciones que se establecen con el Padre. Iremos desde Franz Kafka, mostrando la imposibilidad de encuentro con la ley absoluta, transitando por James Joyce situado ante un padre incapaz de trasmitir una ley simbólica ordenadora, luego Fernando Pessoa, construyendo un drama literario como suplencia de la función, para finalizar en Cormac McCarthy en La carretera mostrando un mundo arrasado por el exceso de una pulsión de muerte que aniquiló todo vestigio simbólico.  

Kafka

Si establecimos el Nombre del Padre como función simbólica de la ley, Kafka nos muestra la ley en tres escenarios: o bien es imposible acceder a ella, o no da respuestas simbólicas, o azota y exige sin mesura. Esto ocurre en El proceso, El castillo, en Ante la ley, en Carta al Padre, en La condena. El Nombre del Padre como ley simbólica no comparece, de manera que el sujeto desamparado se ve imposibilitado de articularse a la ley.   

Ante la ley, sin embargo, nos deja un detalle importante para ilustrar la diferencia entre Nombre del Padre y los nombres del padre y cómo, ante la falla de aquél, uno puede articularse a una suplencia que lo sostiene en el mundo. El protagonista, “un hombre del campo”, se encuentra ante cueva con un guardián que resguarda la entrada a la ley. En su anhelo de entrada, y en su infructuosa y prolongada espera, hace sentir el peso de una mendicidad, de una falta, y se muere sin haber entrado a la cueva de la ley.

Pero el “hombre del campo” no acude ante la misteriosa ley sin haber sido tocado por una legalidad. Viene investido por el significante, por un orden simbólico: es “un hombre del campo”. Está adscrito a un conjunto que le da un orden como suplencia ante la imposibilidad de acceso a la ley absoluta. De eso se trataría con los nombres del padre, de venir al lugar, como viene el “hombre del campo”, donde se establece la falta en el lenguaje.  

Ante la ley sugiere que cada sujeto que ingresa al lenguaje se confronta con una vertiente Real de la ley, un vacío, que no permite establecer un conjunto definitivo. Es muy explícito el relato en su final, cada sujeto tiene una relación de uno a uno con la ley, y ha de encontrar una posición, un anudamiento singular a la misma. Estamos ante la figura literaria de los nombres del padre.

No podemos obviar la figura del guardián de la ley. Es diferente a los representantes de la ley. Éstos se ocupan de aspectos simbólicos que permiten al sujeto ordenar su mundo. El guardián es un personaje radicalmente ambiguo, tiene nariz y pelos tan enfáticos que nos hace dudar de su naturaleza humana. Y si el primer guardián tiene aspecto inquietante, qué decir de los siguientes. Cuanto más se avanza en la cueva de la ley aparece lo monstruoso, figuras difusas, nada amables. Esos guardianes de Kafka me sugieren una de las leyes más atroces y feroces que padecemos, la del superyó, ley ciega, insensata, tiránica, imperativa,que se alía con la pulsión de muerte obligándonos a renunciar a nuestras satisfacciones, ley a la que no podemos sustraernos pero que es imposible de satisfacer porque la renuncia nunca es suficiente, y por eso mismo nos hace sentir culpables.

Las resonancias nos llevan a la Carta al padre y a La condena. Kafka se confronta en estos relatos a una figura: el padre de la disciplina, el padre superyoico. Entra en la dialéctica de un padre incoherente, insensato, tiránico, un guardián amable y monstruoso, que acoge y atemoriza, que sugiere y prohíbe, una voz de apariencia moral pero mortificante, todo a la vez. Kafka presenta a sujetos divididos, culpables en tanto no pueden satisfacer la renuncia sin fin. ¿Qué hacer ante ese padre superyoico, perverso, sádico, no simbólico, representante de la pulsión de muerte? O bien producir un invento o abismarse a la muerte, como el protagonista de La condena. Podemos decir que, por su parte, y ante ese escenario legal tan precario, Kafka produce un invento: la escritura, que al igual que en los casos anteriores, viene al lugar de la falla para producir una estabilización. Dice en Carta al padre:

“… tu inquina a mi decisión de escribir… En este terreno sí que me había separado un poco de ti por mis propios medios…. Me sentía hasta cierto punto seguro, podía respirar… Era un adiós intencionadamente retardado, que pese a haberlo forzado tú, se encaminaba en la dirección determinada por mí”.  

Joyce

Con James Joyce hablamos de la debilidad del padre para trasmitir al hijo una ley simbólica consistente, le trasmite una inestabilidad, el juego y el goce con la lengua. La trasmisión simbólica, en tal caso, quedó a cargo de la institución educativa, el colegio de los jesuitas, que es el núcleo alrededor del que gira su novela Retrato del artista adolescente

¿En qué consiste esa inestabilidad simbólica? Joyce se hace cargo de una herencia familiar, toda una serie de historias trasmitidas de generación en generación impregnadas por una característica: el goce de lalengüa. El juego y las resonancias están desde el comienzo en Dublineses con la palabra “simonía”, que le sonaba a pecado, o en Retrato… con la primera escena: el juego infantil con los sonidos de la vaquita. A ella hay que unir otras historias de la misma índole que se extienden a lo largo de la novela. O sea, trasmisión de bisabuelos al abuelo, del abuelo al padre, y que Joyce recibió de éste. De modo que el padre es un “artefacto de lenguaje” que trasmite a Joyce una herencia lingüística familiar, un goce, sustentado en los juegos con la lengua. Pero lo que para cualquiera hubiera sido una locura disgregadora, como le ocurrió a su hija Lucía, para Joyce fue su sustento como artista.

¿Qué ocurre con los discursos familiares, políticos, religiosos, que trataron de darle consistencia en las instituciones educativas y que podían funcionar como los nombres del padre? En Joyce tenemos la metáfora del desprendimiento de la piel del fruto maduro que describe en Retrato del artista adolescente. Es la metáfora con la que muestra el desprendimiento, todo un vaciamiento de los discursos que trataron de nombrarle el mundo. 

Joyce, ante la debilidad del Padre y la trasmisión simbólica inestable, cree en su síntoma, el síndrome de las palabras impuestas, que daba el carácter de su relación con el lenguaje. Con ese síntoma sabe hacer, construye una suplencia, el ego joyceano, no como yo narcisista sino como un ego creador de una obra con la cual puede nombrarse artista. Lo que para cualquiera sería un escenario de locura en la lengua, para Joyce constituye el origen de una obra. Joyce cree en su síntoma, Joyce es el síntoma.   

Pessoa

En Pessoa muere muy joven el padre biológico Joaquim de Seabra Pessoa, cuando Fernando tenía sólo cinco años, y quizá su padrastro Joao Miguel Rosa, militar de la marina, ejerció una influencia como padre real, pues Pessoa tenía poemas marinos, una pieza que se titula El marinero, y poemas importantes como Oda marítima de Álvaro de Campos, lo que sugiere que sí tuvo importancia en su vida. Hay un tío, el tío Cunha, de una fantasía y una creatividad desbordantes, que pienso que tuvo gran influencia en Fernando Pessoa para darle un terreno simbólico en el que expandirse. En las conversaciones entre el tío Cunha y Fernando no había una clara diferenciación entre la ficción y la realidad e inventaban personajes que se mantenían vivos en el tiempo, como su primer heterónimo Chevalier de Pas.

Pessoa creó un mundo simbólico, el de los heterónimos, un drama em gente en el que daba vida a personajes que sentía nacer dentro de él, y que podemos tomar como sus nombres del padre. Heterónimos ingleses, portugueses, franceses, sudafricanos, australianos, médicos, filósofos, poetas, etc. Pessoa creó una poética que tenía un fundamento: el deseo de establecer un neopaganismo poético superador del cristianismo y de su verdad metafísica. Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Álvaro de Campos, y el mismo Pessoa, vienen a constituir el corpus poético principal de un Olimpo pagano, sugerente, no de metafísicas cristianas o filosóficas, fundadas en abstracciones, sino de una carencia ontológica, pues para Pessoa era imposible conocer la fuente ontológica de la que bebe el mundo. La multiplicidad de nombres en la heteronimia vendrían al lugar de esa carencia, serían diferentes modos de habitarla.  

Al igual que ocurre en Kafka, también aquí el lenguaje se muestra en falta, y al igual que ocurre en Joyce, ante la disgregación construye un drama heterónimo. Alberto Caeiro es ahí un guía, un maestro que sabe que no existe ninguna relación directa con la verdad material, pero es capaz de ordenar el mundo de una multiplicidad dramática alrededor de sí mismo. La heteronimia conforma un nudo reparador que lo anuda a la existencia.   

Cormac McCarthy

La carretera de McCarthy, un libro sobre el padre, y un libro, no sé si profético, en tanto presenta un mundo arrasado por el exceso de una pulsión de muerte que devastó el orden simbólico en el que se sostenía la humanidad:

Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables… El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad… A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos.”

En este escenario, un padre obligado a mantener viva la llama de lo simbólico. Pero tampoco aquí hay gran Otro que garantice nada. En una de las frases vemos que Dios, como ley absoluta, es sólo un anhelo que tiene esencia fantasmática: 

Donde los hombres no pueden vivir a los dioses no les va mucho mejor”.

Y ante esa faltano una hay carretera predeterminada, no existe un Gran Otro de la ley que nos ofrezca garantía. De modo que ante la destrucción resurge el desamparo originario, se vuelve a proyectar el vacío en los cuerpos, la soledad primordial. Dice el Padre:   

En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo”.

¿Qué hicieron Kafka, Joyce y Pessoa, sino construir cada uno su carretera? Podemos decir que La carretera resume muy bien este tránsito que acabamos de hacer. Si bien nos sitúa en un mundo arrasado sin Nombre del Padre, en el medio de esta desolación la novela ofrece una pequeña luz, el Nombre del padre se hace carnal a través de un ritmo, de una respiración corta, poética. Hay una secuencia de diálogos cortos, escuetos, tiernos, que van a atravesar todo el libro:

  • Hola papá 
  • Aquí estoy 
  • Ya lo sé

Esta mínima conversación es el reconocimiento de la función. El padre, “aquí estoy”, dando a entender que está en el lugar que le corresponde, el de la representación. El hijo, “ya lo sé”, reconociéndolo en ese lugar. La estructura simbólica funcionando en el medio de un mundo asolado por el exceso de la pulsión de muerte. Ese diálogo es la pequeña antorcha que todavía está viva e ilumina para renombrar las pocas cosas que siguen en pie en el mundo.

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*Texto presentado en el espacio “Descatalogados. Ciclo Padres Imaginarios” de la biblioteca Paula Mas de AECPNA el 22 de mayo de 2026.

**Sobre el autor: Miguel Ángel Alonso (Cariño, A Coruña) se formó en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid. Fue miembro del grupo directivo  de la Biblioteca de Orientación Lacaniana. Es autor del poemario “El cabo de las Letras Imposibles” y del libro “Luna Rota” firmado por heterónimo Giz Pedre. Pertenece al Círculo Lacaniano James Joyce.

Fundador de la  tertulia literaria Liter-a-tulia en Madrid y  de la tertulia de literatura y cine El café de Macondo en A Coruña.

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