Beatriz Azagra Cabrera **
Comenta Luisa Marugán***
Voy a presentar el caso de Juan, un caso de hace años, que puede servir para pensar en cuestiones técnicas de nuestro trabajo, qué hacer y qué no hacer en el trabajo con niños y padres y sobre un tema que es el de la transmisión psíquica y generacional de la violencia, la importancia de los secretos familiares y qué hacer con la transferencia del terapeuta y con el sufrimiento de los pacientes a los que atendemos en situaciones difíciles.
El material estará organizado en la primera sesión de padres y del niño, dos sesiones con el niño y otra con padres del periodo más intermedio y una del niño del inicio del tramo final del tratamiento.
Vamos a hablar de Juan…
Al primer encuentro acuden el padre, Pedro (45 años), y la madre, María (42 años), y ella es la que habla todo el tiempo.
Os traigo retazos de esa entrevista.
… cuenta que le dieron mi contacto en el colegio: “Le cuesta seguir el ritmo escolar (pero parece que no es grave) y tiene algunos problemas de comportamiento”. Si no fuera porque en el colegio le han aconsejado, asegura que “seguramente no hubiéramos consultado nunca”. Juan, que es como se llama el niño, tiene 8 años y cuando les pregunto: «¿Qué les parece lo que pasa a su hijo?». Contesta ella que “tiene mucho miedo al abandono”: “Cuando arranco el coche, cree que me voy a ir y le voy a dejar”. (No hablan en ningún momento del colegio).
“El niño es adoptado, y lo sabe desde hace tres años. Cuando tenía 5 años, su tía tuvo una niña y fue una cesárea; al ver la cicatriz de la tía, dice: «¿Yo también estuve en tu tripa?». Le contesté: «No, a ti te tuvo otra mamá». De no ser por este hecho, no saben cuándo se lo hubieran dicho.
“Desde entonces a veces me dice que yo no tengo por qué castigarle porque no soy su madre, que soy su madre adoptiva.
A partir de los 6 años va diciendo tranquilamente que es adoptado; siempre le hemos dicho la verdad (yo pienso que siempre no)… Parecía que no tenía ningún problema con eso, pero le da miedo todo”.
Nosotros sabemos que la mayoría de niños y niñas adoptados hablan de su adopción alegremente cuando no saben todavía lo que esta situación lleva implícita, que es que hubo un primer abandono y aparece el miedo a que vuelva a ocurrir.
Me gustaría hacer una aclaración: este caso es de hace bastante tiempo; él fue adoptado cuando todavía no se había hecho la última ley de adopción en España, por lo que tiene unas particularidades que en estos tiempos sería imposible.
Al poquito tiempo de casarse, la madre tuvo un episodio agudo en un ovario y le dijeron que no iba a poder tener hijos; dice que lo pasó mal, pero “a los 2 meses estaba trabajando “como si no pasara nada”. Desecharon la reproducción asistida, en aquellos años no era tan habitual como ahora.
Los dos querían tener hijos cuando hicieron su proyecto de pareja. Dice el padre: “Yo he sido solo”; su madre tiene dos hermanos más…
El padre dice que trajo papeles para adoptar otro niño, pero que decidieron que no.
Cuenta la madre… “Hicimos los trámites en la C de Madrid, con una psicóloga y trabajadora social. Cuando nos llamaron, nos echamos a llorar. A mí me gustaban más las niñas que los niños, pero “era un niño sano”. Nos dijeron que al día siguiente fuésemos a por él. No teníamos nada preparado, ni siquiera nuestras vidas… pero todo fue bien, venía con mucha hambre, era un niño de una madre de 18 años que había renunciado a él, estaba muy sano… pero nos dijeron que no lo íbamos a tener fácil. Llego a casa con 20 días”.
Desde ese momento la madre dejó de trabajar… Los tres primeros meses fue un niño tranquilo, jugaba. “Le hemos trasteado mucho, siempre ha comido y dormido muy bien hasta después de los dos años. Ella dice: «Yo he sido la que le ha dado de comer siempre y también le he dormido», repite, “me encargaba de todo y todo es todo”.
Toda la primera infancia la relatan sin problemas en la alimentación, las rutinas y el control de esfínteres… pero como si hubieran pasado por allí sin mucho afecto, ninguna referencia emocional a ningún proceso y con poco detalle, como si no recordara, digo recordara porque es la madre la que habla.
Pregunto ¿y después de los dos años? “Todo se complica porque empezó a no hacer caso a nadie, al padre nada y a mí alguna vez se enfadaba mucho y a todo que no”.
(En esa edad lo normal, pienso yo).
No fue a guardería, entró directamente al colegio cuando tenía 3 años; al principio bien, pero luego dijo que no quería ir. A veces lo dice ahora también, no quiere a las excursiones del colegio: “solo si voy yo. No se queda solo en el parque, tenemos que estar allí. Desde entonces todo es un problema”, relata la madre.
Sigue ella: “El padre tiene turnos y cuando está de noche, el niño siempre ha dormido y duerme conmigo. A los dos nos gusta dormir juntos”. “Es cariñoso, muy besucón, conmigo las 24 horas del día…” Bueno, hablo de cuando era pequeño… también lloraba”.
“Los domingos está más con él, se refiere al padre; desde que empezó el colegio, este curso, espera muy nervioso que vayamos a recogerlo. Tenemos que estar ahí si no está muy asustado. Su padre no ha llegado nunca a verle así, solo lo he visto yo y me entran muchas ganas de llorar; no se siente seguro de nada”.
Y el padre: “Le cuesta salir conmigo solo; por ejemplo, al futbol, sí. No sé qué hacer con él”.
“Tiene problema de oído (muchos mocos) y de vista (70 % de visión) desde pequeño le vamos a hacer pruebas por eso de la herencia”.
¿Y cómo le afecta a él? Pregunto“La verdad es que parece que no mucho, solucionado con gafas y muchas visitas al otorrino, pero se le pasará. Hemos ido mucho a urgencias con él”.
Me sorprende el desapego, la falta de preocupación en el discurso y la negación del malestar psíquico que ambas patologías generan en los niños pequeños… y muchas urgencias dan una idea de la dificultad de contener y de entonar con el bebé, que percibo en esta primera entrevista.
Obedece más a la madre; la madre dice del padre: “Es el pito del sereno…” “Creo que no se lo ha propuesto mucho”. (Ejercer de padre, aclara).
En el colegio, problemas escolares, de atención… sobre todo desde hace dos años, y se porta regular. ¿Regular? Dice la madre: “Creo que cosas sin mucha importancia” (a mí me extraña porque viene derivado por el colegio y si no es un problema importante no se procede así ¿están omitiendo algo?).
Sabemos, como dice Janin en “El sufrimiento psíquico en los niños”, y en sus palabras “que muchas veces las conductas de los niños que se oponen a normas escolares y familiares se piensan como algo a silenciar más quecomo un llamado a escuchar”, y este caso será una evidencia de este asunto.
¿Qué esperan de la terapia de J?La madre: “Que esté mejor, que me haga caso… que sea feliz”. El padre: “No sé, le veo como lejano, parece que no me conoce, no sé si esto puede cambiar…”
Esta contestación me hace pensar, por un lado, en buen pronóstico, ya que ha desaparecido la demanda de la escuela y empieza a aparecer algo que les concierne a ellos; creo que algo de las cosas que le pasan a Juan ha hecho crack en una estructura familiar muy débil. Por otro lado, me desconcierta; no sé realmente por qué están ahí.
Ella relata que tiene una familia normal, tiene dos hermanas más pequeñas, que a su vez también tienen hijos, viven en la misma localidad y se relacionan bastante con ellos. Vive la abuela materna y el abuelo murió.
Curiosamente el padre no dice nada… no puede, como si él no tuviera familia.
Ante la pregunta: ¿Cómo fueron ellos como hijos?
La madre: “Yo he sentido gratificaciones, mi madre era como mi marido y mi padre, así como yo… cariñosa, muy pegada a él. Me he llevado bien con ellos, pero con mi padre… Ahora llamo a mi madre todos los días. Mi padre murió hace 4 años, y “entonces, Juan, estuvo muy obsesionado con la muerte, quería ir al cementerio todo el rato y allí íbamos él y yo “(yo me pregunto quien quería ir porque el niño tenía 4 años).
El padre…
Contesta tímido y entrecortado… parece que no puede hablar: “Soy hijo único, mi padre murió cuando yo era un bebé, no le conocí. Tengo mucha relación con mi madre… me cuidaron mucho mis abuelos”.
Conozco a Juan…
Le trae el padre y el niño insiste en que se quede en la sala de espera porque no quiere que se retrase ni un minuto (yo percibo un tono más que angustiado, un poco tiránico, de orden y mando). Tienes que quedarte ahí sentado, mandándole y usando un tono de voz como de niño más pequeño, en su voz no se siente angustia” Deja aquí el zumo si te vas para que te acuerdes de volver”. Finalmente acepta que el padre se marche; podría haber esperado en la sala de espera, pero parecía que quería marcharse.
A mí me dice: «No cierres la puerta, así oímos el timbre”. (En tono imperativo).
Aparece un niño físicamente de su edad, ligeramente gordito, pero que habla como si fuera mayor, pasando del tono de mayor inquisitivo a voz de bebé impostada (como haciendo teatro). Parece que me conoce de toda la vida, que siempre hubiera estado allí, como negando la diferencia, y la importancia de la presencia del otro.
Le pregunto ¿qué le pasa? Si sabe ¿por qué esta aquí?
Y me dice (como repitiendo un mantra) “Me da miedo que me dejen abandonado y que me puedan maltratar… mira el diván… ¿No te parece que podría quedarme dormido y cuando me despertara estar en un parque?” ¿y eso? Pregunto. Yo veo que hay padres que abandonan a sus hijos en los parques. ¿Por qué lo hacen?Le pregunto yo y contesta “No sé, será que no los quieren ya, que les molestan para hacer su vida…”.
Y ¿maltratar? A todos los maltratan cuando no hacen caso.
¿Estás preocupado por esto? Antes sí, ahora no… Cada día tengo más… ¿Más? Más poder… No sé, tú sabrás… Yo de pequeño tenía miedo y ahora se me ha pasado porque soy poderoso.
Se mueve mucho.
Saca los juguetes y los nombra por su uso… una cuchara para comer, pistola para disparar… un camión para ir por la carretera, unas tijeras… para asesinar a alguien… Se queda mirando las tijeras, agarrándolas muy fuerte.
¿Dónde está el servicio? Sale corriendo, parece que tiene que hacer caca… Se marcha muy deprisa…
Vuelve y, nuevamente, le cuesta mucho jugar; no ha conseguido armar ninguna escena de juego simbólico… Se mueve mucho por la consulta, mira todo y toca lo que puede y lo que no.
Se niega a todo, a dibujar, a jugar… Me mira como esperando que hable y yo le pregunto si quiere hablar. Después de un largo silencio… le digo… vamos a ver si me puedes contar algo de cuando eras más pequeño.
No me acuerdo de nada… tendría que mirar las fotos. ¿Qué fotos?Las que tengo en mi casa de cuando yo era pequeño… no tengo muchas, recuerdos aquí, nada.
Ayer tuve una pesadilla “había un vampiro en casa, me tiró por la ventana desnudo por un bosque, el vampiro me persigue, me alcanzó y me cogió toda la sangre, me quedé delgadito… Me desperté y llamé a mis padres, se quedó mi madre un ratito y me dormí”.
¿Delgadito? Sí, como cuando somos pequeños, los bebés son delgaditos todos… ¿Quién le coge la sangre a un bebé? … No me contesta, y tira un juguete al suelo con mucha fuerza y dice: «¿Las madres?» (como diciéndome no te enteras).
También tengo uno muy bonito “que vivíamos con mis padres en una casa, éramos muy ricos y me compraban todo lo que pedía y me daba la gana”.
Me lo contaron cuando yo tenía tres años, no lo pienso mucho, pero sería bonito. ¿Te lo contaron? No sé si es un cuento o un sueño… ¿Y qué querías tú entonces?…
Seguro yo quería estar con mi antigua madre; me la imagino muy guapa. Le pregunto: «¿Lo piensas muchas veces?” “Sí, pero no quiero hablar de esto…” Queda muy nervioso… Yo le digo que cuando él quiera puede hablar de esto, que no hay prisa.
Se pone a jugar; esta vez arma un juego violento, en el que acaba todo desperdigado por el suelo. Yo diría que más que un juego era una explosión derivada de la angustia que le había provocado lo anterior.
Le digo que vamos a recoger y a hacer un dibujo (con la idea mía de contener la angustia), que yo le ayudo… me dice que no, retándome (en el primer encuentro)… que él no va a recoger nada y que no va a hacer nada más porque su padre no ha venido a recogerle y ya es la hora. Le respondo que todavía no es la hora, que vamos a recoger porque es mejor para todos, también para él. Me pongo a guardar las cosas, me mira y dice “qué pringada” (en tono despectivo). Se agacha y hace como que recoge, guarda tres cosas y entonces suena el timbre… Sale corriendo, coge al padre de la mano y se marchan sin una palabra ninguno de los dos.
Mis primeras impresiones…
Esa pesadilla y el sueño/recuerdo podrían ser las dos caras de las vivencias del niño, alguien que le come la sangre y que puede tirarle por la ventana… abandonarle… y a la vez que le dota de todo poder, dando lugar al niño del poder, del narcisismo… lo tiene todo… y que me dará todo. Esta dualidad se reeditó casi en todas las sesiones de un periodo de la terapia.
Juan muestra mucho miedo al abandono, incluso a veces muy demasiado consciente… Habrá que ayudarle a construir su historia y para eso transitar con él en el dolor de la violencia vivida, en los abandonos y desencuentros,
Con los padres habrá que trabajar el duelo de no haber sido ellos los primeros ni los únicos y la angustia de no saber acerca de una historia de la que el niño tiene marcas.
El miedo por el riesgo de abandono de Juan se convierte en una tiranía desmedida.
Aspectos todos relevantes en la siguiente sesión que voy a contaros…
Entra y dice: “Me quiero llevar el cuaderno a casa y lo traigo el martes”. Me mira retador, tira las sillas: “Lo he hecho porque he querido”… Tú no sabes que yo te espío. “Eres la número uno de los ladrones”, le digo. “¿Yo qué robo?… “A lo mejor niños, los que vienen aquí… ¿desaparecen? Y sus padres no vienen a buscarlos”.
Eres la asesina número 1… ¿A quién he asesinado? Otra vez, no voy a contestarte… Me voy a llevar el cuaderno, lo quiero para la catequesis; yo el martes y jueves y tú lo tienes lunes y miércoles… Así tenemos dos cuadernos…
Bueno, coge un muñeco. Este individuo asesinó a su propio padre, era rico… ¿que es jugando, eh?
Se puede jugar a todo (afirma)… se sube en el diván… como si fuera mayor… Soy Cruella de Vil y le robo los perritos a todos… ¿Y los padres de los perritos? No se enteran; ella se queda con todos.
¿Tiene hijos, Cruella? No puede; se los quita a todos.
Cruella se pelea con Sherlock Holmes… He matado a Cruella.
¿Por qué lo has hecho?… Pensaba que me iba a abandonar y me iba a dar a otra familia, tenía miedo de que me abandonara… Me trataba mal, un día me clavó un cuchillo de cocina por la espalda… ¿Puedo ir a por mi mochila?Coge una pistola.
Me voy a llevar el cuaderno, un cuaderno de la caja (yo le había dicho que las cosas de la caja se quedaban ahí). Le digo que lo voy a pensar y posteriormente: “Así estás seguro de que los dos estamos unidos y que tienes que volver a traérmelo. Quizá tienes miedo de que te abandone”.
Grita…Me voy al baño.
Vuelve y me dice, “eres una bruja y has nacido de un cerdo”. Le digo: “Soy una bruja cerdo”. Él dice: “Yo de una madre cerda”. Le pregunto: “¿Y de un cerdo?”… enfadado… “Solo he nacido de una madre”, la que ha nacido del cerdo eres tú… ¿Cómo es nacer de una madre cerda?Pues eso, que es buena y sola, sin padre… pero tú eres una bruja cerda, seguro que tienes un padre… Me pregunta: «¿Tú qué tienes?» Le respondo que no importa mucho lo que yo tenga, pero le digo que tú tienes una madre que te cuida, que a veces sientes que es muy buena y otras que está enfadada o que nohace loque quieres, y también tienes un padre… Me interrumpe, retándome: “No tienes ni idea de lo que yo tengo”.
“Me llevo el cuaderno y no lo voy a traer nunca” (muy enfadado)… seguro que el martes está aquí, le digo yo.
“Mi madre me pega si hago esto, si supiera que me lo llevo”… El padre llama a la puerta: “Ha llegado la hora, mi madre me regañaría mucho”…
Le dice al padre con voz de niño pequeño: “Me ha dado este cuaderno”. Yo le digo que no se lo he dado, que se lo dejo hasta el martes cuando venga a sesión(el padre cambia de cara, me mira como con temor… pero no hace ni dice nada).
Yo le miro y le digo: “Se lo lleva y el martes lo traerá”.
Creo que este niño teme depender del otro porque no lo considera seguro y supone que va a quedar a merced de él; necesita mostrar con su violencia, su autosuficiencia para sostener un armado narcisista muy pobre. (Janin, 2011).
Intenta desmentir la dependencia para evitar la pérdida.
Empieza a aparecer una violencia explosiva con necesidad de control del otro. Miedo a que le abandonen y/o le maltraten. En la transferencia ya siento que va a ser difícil y que me provoca sentimientos muy intensos justamente por esta dualidad, querría acompañarle en el dolor, pero sé que el camino será difícil de transitar.
De ahí en adelante se inicia un periodo donde el niño cada vez está más violento, rompe cosas, me trata mal, su caja llega a hacerla añicos, destroza todo lo que consigue hacer… Yo reconozco mi desolación… intenta hacerme daño… Cada vez que algo del encuadre está en juego, la violencia coge una espiral importante. En todas las sesiones se va al servicio a “hacer caca”, con muchos gases… sale de la consulta como con una explosión; cada vez el lenguaje se vuelve más anal e intenta saltarse absolutamente todas las normas… Su caja llega a estar totalmente destruida… No quiere recoger nada. J. muestra un funcionamiento anal predominante; quedó fijado en este funcionamiento (recuerden, todo empezó a los dos años). La pulsión de dominio es una pulsión objetal que tiende a la anulación del objeto.
En ocasiones no parece un niño, parece un adulto en un cuerpo de niño… Siento que intenta colocarme en la impotencia de no poder hacer nada.
En una sesión… Me dice: “Voy a pellizcarme y les digo que me has hecho daño, así no vengo más y te denuncian por malos tratos. Yo le pregunto si antes lo había hecho y dice que sí, que con sus padres todo el rato, ¿y funciona? A veces sí… pero no dejan de pegarme… Te aviso que hoy mi padre no va a venir a buscarme.
Le digo que no voy a pegarle ni regañarle, pero que hablaré con su padre.
El padre subió, y le conté lo que había pasado. Se quedó asustado, le miraba como si no le conociera y no salió de él otra palabra que no fuera perdón… Yo no tenía claro si me lo decía a mí o a él… Y él le miraba con mucha insolencia, provocándole como había hecho hace un minuto conmigo… Yo le dije al padre que me parecía que quería asustarnos y que él en el fondo quería asegurarse de que íbamos a estar ahí, que nos veíamos la siguiente sesión… Me miró con cara de susto y como declarándose impotente.
Cuando se marchaban, Juan me mira enfadado y dice: “Ahora se lo dirá a mi madre y ella me regañará”, y yo le digo: “Ya me cuentas la próxima sesión porque yo voy a estar aquí esperándote”.
Es importante que el terapeuta pase a ser un objeto confiable, pero no impotente, alguien que no ataca y, a la vez, un adulto que sostiene las diferencias niño adulto, de ahí mi empeño en mantener aspectos del encuadre que me parecían básicos, tales como el tiempo de la sesión, lo que podía meter dentro o no, el uso de las cosas de la consulta… que no se pasara la sesión en el baño… y todo el tiempo quería transmitirle que sus cosas eran muy importantes…
Juan se desborda ante la idea de ser aniquilado o expulsado violentamente por el otro, llevándolo a estados de desesperación en lo que las urgencias se transformaban en irrefrenables. Desesperación que aumenta en el vínculo con los adultos cuando se colocan como impotentes frente a los ataques del niño (lo que les estaba pasando a los padres y quizá a mí en algún momento); por esa razón decido hablar con el padre en ese momento, creo que J. necesitaba una respuesta mía, la respuesta de que no todo es posible.
Amor y odio van juntos; el objeto de amor es atacado, despreciado. El sadismo anal presupone la expulsión violente, el bombardeo, la tortura y sometimiento del otro. Terreno de la exclusión, maltrato y humillación. (Janin, 2011).
Este niño apegado a la figura de su madre… y ella ahí para todo, sin dejar que entre el otro. Pero a la vez es una madre distante, que chupa la sangre, que luego veremos ejerce la violencia…
Y mientras tanto un padre impotente, quizá no introducido por la madre, pero también autoexcluido, declarando que él no tiene o no puede hacer nada. Tengo la impresión de que él mismo no siente que tenga mucho que ver con el niño.
Pareciera que no están pudiendo reconocerse en el niño; la filiación es complicada.
Después de esta sesión cité a los padres muy pronto…
Habla fundamentalmente la madre. El padre no dice nada, está como ausente, aun cuando le pregunto qué opina… No contesta, como si le costara armar un relato. No puede hablar.
“Me contó mi marido y estoy avergonzada… Este niño está muy alterado, le llamo y no viene, dice que no me quiere dar besos, me insulta… Yo le regaño mucho.
Tuve una bronca, le llegué a pegar y luego me arrepentí. Está alterado; la profesora de gimnasia le ha castigado todo el rato. Me pregunta si está loco por venir a terapia.
¿Qué le habéis dicho? Por supuesto que no está loco, pero, dice la madre, “yo siento que le pasa algo raro. Me mira de forma muy violenta y luego se me pega como una lapa… Yo todo el tiempo regañándole y pegándole porque las dos cosas me agobian mucho… Es muy difícil para mí, me cuesta mucho… No puedo con esa cosa violenta que no sé de dónde viene”.
“Al final le tienes que pegar, me provoca, me agobia mucho y yo le pego, me dice: ‘¿No me regañas, vale?’ Como si necesitara los castigos, está siempre enfadado, provocando que le pegue”.
Esta castigado sin ver la TV por lo del otro día, pero la ve; castigado sin salir, pero sale. Yo tengo que hacer todo”. ¿Y te sientes sola? (a la madre) Ella dice “sí, pero él (refiriéndose al padre) no sabe hacerlo”.
… Silencio… El padre no responde, casi ni la mira.
¿Cómo es eso de que le pegáis mucho y siempre está castigado? ¿Por qué lo hacéis?
La madre… “a mí también me pegaba mi madre cuando era pequeña, pero yo no me rebelaba como él; él, el me reta… como si tuviera que tenerme bajo control. A veces pienso que ha sido todo un error… ¿Error? Sí, todo, como nos comportamos y… no sé si haberle adoptado”.
¿Adoptado o tener un hijo?… tener un hijo.
Yo le digo que “Quizá J. siente eso, siente que primero te sientes impotente y que le rechazas. Puede ser que necesite saber y constatar que estás ahí, él tiene muchas dificultades para crecer y para separarse… duermes con él a la vez que querrías que estuviera lejos. Seguro que siente que se le puede abandonar.
Ella asiente y no dice nada.
Me vuelvo al padre ¿tú qué piensas? “Cuando yo estoy duerme en su habitación. Conmigo también es duro, pero yo estoy poco tiempo con él. Su madre se encarga de todo, yo a veces estoy fuera de sus vidas”.
¿Esto puede cambiar de alguna manera? No lo sé, ¿lo habías pensado antes? “La verdad es que no, intento no pensar mucho las cosas… porque si no… (No acaba la frase). ¿Como era cuando eras pequeño? Yo con mi madre todo muy bien, ella era recta, pero no me pegaba ni castigaba mucho, yo era muy bueno y me crie con mis abuelos, mi madre trabajaba todo el rato. Era recta, quizá le tenía un poco de miedo”.
¿Y con los abuelos? Mis abuelos eran mis abuelos… (Entiendo que no padres) con él jugaba y me ayudaba con el cole.
Entonces dice la madre un poco molesta “El padre también le tira del pelo, dice “la letra con sangre entra” “le pega menos que yo pero el sí le hace daño” “él quería tener hijos… y ahora” a veces creo que no nos quiere a ninguno de los dos, para mí el niño es mío”.
El padre contesta… “No, si os quiero, es de los dos, pero no sabemos qué hacer”.
Señalo que habrá que mirarle para verle a él, quizá el no saber que hacer provoca que no puedan mirarle y que él se sienta en riesgo de abandono permanente, que les está costando hacerle frente y reconocerse como padres si no está por medio el ejercicio de la violencia.
Afirmo que no pueden pegarle de ninguna manera, que tendremos que pensar porque ellos no pueden evitar responder desde ahí. Que la violencia engendra violencia, que quizá ellos también fueron sujetos de violencia y que las repeticiones no son buenas, de alguna forma la cadena debe romperse. Insisto que J. tiene mucha angustia, que la manera de resolverla no es respondiéndole desde ahí, sino intentar ponerle nombre y entender que está muy angustiado.
Estos padres presentan dificultades para sostener las diferencias niño-adulto.
Generan actitudes y respuestas frente a las que luego se violentan. A este niño se le ha otorgado un poder omnímodo, convirtiéndole en un niño poderoso pero que deben cumplir con todo lo esperado.
Si el niño percibe que el otro responde al ataque en espejo, reafirmara su idea de vivir en una selva en la que hay que defenderse de los otros. Es fundamental devolverles a estas conductas su carácter de incógnitas, de aquello que nos hace preguntarnos qué nos está diciendo. (Janin, 2011).
A los meses de esta sesión la madre solicitó una entrevista ella sola, la verdad es que yo no solía aceptarlo, pero en aquel momento yo notaba que algo no me estaban contando… dudaba precisamente con esta madre que parecía haberse apropiado del niño y este padre que estaba sistemáticamente fuera, me salto mi propio encuadre, llevada por la angustia que a mí también me provocaba, acepté. Yo también sentía que quería ayudarle, pero a veces deseaba que no viniera a sesión.
“Si el niño tiene problemas es porque nos hemos pasado”.
“Como ya sabes, mi marido no tiene padre. Tengo que contarte algo, no quiero que el niño salga como él. Acabo de saber que el padre de mi marido no murió como creíamos. Era un hombre muy violento, fue violento con la madre y cuando quedó embarazada la dejó abandonada. El creció pensando que había muerto, hace poco se enteró de todo esto y no quiere que lo sepa nadie… por supuesto el niño, pero tampoco quiere que tú lo sepas. Él no le pregunto jamás a su madre nada del padre” (algo sabría, pero no sabía que sabía, pienso yo).
Se había enterado por un comentario en el pueblo de donde es él, movilizado seguramente por la situación que estaba viviendo con su hijo y por la terapia del mismo.
“A Juan le veo en la cárcel de mayor, por el padre y por los castigos que le ponemos todo el rato. Le imagino en malas compañías, con violentos y agresivos. Tiene los mismos prontos y reacciones que su padre. Cuando se lo digo al padre, dice que no pasa nada”.
“Últimamente tiene miedo a quedarse solo, yo me lo llevo hacia mí… porque el padre no hace ningún mérito. Me han contado que él tenía reacciones iguales que las del niño no habla con nadie y todo le parece mal”.
Yo le digo a ella que no puedo hacerme cargo del secreto sin que él sepa que yo lo sé. Debe decirle que me lo ha dicho o bien yo en la siguiente sesión tengo que decirle que lo sé.
Me dice que lo entiende, que ella se lo dirá, que quería saber que era importante y que por eso lo ha dicho, no puede parar de relacionarlo con el hijo, no se le va de la cabeza.
Yo le planteo que es importante, pero que debe hablar con él y entre los dos pensar qué tendrá que ver con el niño, y que este espacio de terapia esta para eso.
También le señalé que sería bueno que pensara qué cosas no le gustan del niño y que cosas no le gustan del padre, que son dos personas distintas y que ella a veces los está viviendo como si fueran una sola y que de todo esto hablaríamos en la siguiente sesión.
Me dice que sí y concertamos una cita lo antes posible con los tres.
A la siguiente sesión llegan los dos tranquilos, siento que el padre me mira a los ojos… ella dice que ya han hablado de lo que me contó a mí, le mira a él y como animándole le dice “cuéntale”…le miro y se pone a llorar… un llanto silencioso… de bastante tiempo y dice… “no sé cómo ni cuándo le podré contar a mi hijo mi historia”… sigue llorando. Le pregunto qué historia quiere contarle… “la mía”…. (Silencio). No sé cómo decirle que mi padre no me quiso, que tuve un padre que era violento… y sobre todo que yo no he querido saber nada durante todo este tiempo. ¿Cómo es posible que me hayan mentido de esta manera? Y yo como un ignorante sin preguntarme nada, todo estaba lleno de pruebas… no había ni una foto… nunca se hablaba de él, ni visitas al cementerio… ni una sola lagrima de mi madre al hablar de él, que nunca lo hacía. Tenía que haberme dado cuenta y no lo hice…
Yo le digo que seguramente pensarían que la verdad iba a ser intolerable para él, pero que eso no tiene por qué ser así, al final la verdad se acaba por admitir. A veces no queremos saber nada de ella pero que eso no lo sabemos porque es inconsciente…
¿Y cómo habrá influido en la relación con J?… yo no he sabido lo que es tener un padre, con mi abuelo todo iba bien pero no era mi padre.
A veces lo que no se pone en palabras tiene sus efectos…
Me da mucho miedo enfrentarme a él porque siento que me pongo muy violento, me doy miedo… entonces no hago nada, pero no es que decida no hacer, es que no puedo como bloqueado, él provoca cada vez más hasta que yo respondo violentamente, pocas veces pero lo hago pero lo hago.
Les digo que quizá hay otras maneras de relacionarte, A lo mejor se pueden poner límites a través de la palabra, sin necesidad de que os veáis envueltos en una solución violenta. La palabra también puede ayudarle a J. a hablar acerca de su origen y comprender de donde viene, señalo yo.
(La ausencia de relato a J. le impide que la diferencia generacional se dé, y él lo actúa permanentemente).
La madre presencia la escena, muy emocionada… llora todo el rato y cuando el padre la mira le dice “te necesito”.
Ha habido una transmisión de la violencia a través de las generaciones. Cuando en una generación algo no es hablado (por vergüenza, angustia, temor…) quedando como lo indecible, pasara a la generación siguiente como innombrable y a la tercera como impensable. Creando en el niño zonas de silencio representacional, dificultando el pensamiento. Se puede repetir la vivencia, su repetición se torna ineludible, puede repetir vivencias de sus padres o abuelos que fueron transmitidas sin palabras.(Janin, 2011).
Los padres de Juan tuvieron con é reacciones muy violentas por distintas razones, su madre porque estaba muy asustada y porque en definitiva ella sentía que algo tenía que hacer y repetía lo que había vivido. Con el padre… parecía que él no tenía nada que hacer y repetía una violencia que no había vivido pero que se la habían ocultado, y supo más tarde.
Voy a traer la sesión de Juan siguiente al momento en el que su padre, cuando pudo, le contó su historia. No sé si fue la última del periodo de destrucción o la primera de poder construir una narrativa diferente.
Mi padre me ha dicho que mi abuelo no murió, que dejo a mi abuela antes de que el naciera… también lo abandonó… y pegaba a mi abuela…
A veces también pasan esas cosas, digo yo, el continua … “él no lo sabía…mi padre no ha tenido padre… yo sí… pero todo esto da igual”.
Se acerca a su caja de juegos y empieza nuevamente a romper todo, como una explosión… yo le digo que está asustado… que sus padres no van a abandonarle, que nadie le quiere abandonar… yo tampoco.
Tú qué sabes… si lo sé (contesto) yo sé lo que no voy a hacer y ellos también, pero a veces tus padres se enfadan.
Se pone a destruir todo, intenta romper también una carpeta en la que yo había guardado sus dibujos desde el principio (no había muchos pero alguno había, dibujos que al principio tenían más realismo y que luego fueron también explosiones)… la cojo al aire y le digo muy seria… esto no lo vas a romper… Me mira retándome, manteniendo la mirada y veo que está a punto de llorar… sigue rompiendo… y llorando…. Llora sin parar, como si la rabia se hubiera tornado en otra cosa. No está enfadado como en otras sesiones, está muerto de miedo.
¿Yo le digo vamos a ver lo que hay en la carpeta?, dice que no, pero se sienta a mi lado… se va pegando cada vez más a mí (Recordáis lo de la madre de “se me pega como una lapa”) y empezamos a ver todos lo que había dibujado y que no había conseguido destruir… él dice como si fuera un álbum de fotos desde que he venido aquí… si como el álbum de la vida de la terapia… le digo yo, él contesta… voy a ver cuando llegue a casa las fotos de mi vida. ¿Y contesto “Buena idea porque toda tu vida está en casa y con tus padres?
Me voy a hacer pis… Tiene que marcharse, vuelve y dice ¿qué hacemos con la caja? (totalmente destruida) yo le dije “vamos a coger una bolsa y lo guardamos todo allí, el próximo día, veremos qué hacemos con ello” . En la sesión siguiente hicimos una caja nueva e intentamos reconstruir algo de lo que estaba roto… siempre estuvo la bolsa con el contenido allí también, no quiso tirarlo. Al marcharse, sonriendo, me dice adiós pringadilla en tono amigable.
De ahí en adelante, la violencia indiscriminada se tornó en una tarea de diferenciación que le fue permitiendo asumir la dependencia sin miedo, separarse de su madre y permitir que el padre interviniera y poder pasar por una situación triangular que le permitiera hablar, tener miedo pero no pánico, enfadarse y no tener que destruir, decir que no y también que sí… y la palabra pasó a tener un valor simbólico que pudiera sustituir a la acción.
Bibliografía
JANIN, B. (2011) “El sufrimiento psíquico en los niños”, Noveduc Libros, Buenos Aires.
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Reflexiones sobre Los secretos y la violencia.
Luisa Marugán***
Muchas gracias, Beatriz, por compartir este interesante y difícil trabajo con Juan y sus padres, donde secretos y violencia, que no se limita al acto visible, interrogan aquello que se transmite a veces en silencio entre generaciones, ocupando lugares tan centrales en sus historias, que se engarzan y anudan en Juan, dificultando su proceso de subjetivación.
Nos ha ido relatando lo sucedido en su consulta con una generosidad, que nos ha permitido comprender la importancia del interjuego entre lo intrapsíquico, lo interpsíquico y lo transgeneracional para adentrarnos en el territorio inconsciente, donde la repetición gozosa envuelve a los tres, cada uno desde sus características personales y su historia.
Nos ha ido narrando cómo los escenarios fantasmáticos se van intercalando, superponiendo, padres e hijo, con los efectos de las dimensiones que han interactuado en la estructuración de Juan, conservando siempre su presencia como su paciente, como actor principal del escenario, buscando que tenga una voz propia, que pueda ser escuchada.
Beatriz, con sus equilibrios de funambulista, a través de la magia de la transferencia, nos ha ido mostrando las conexiones entre el pasado no resuelto de los padres, y aquellas cuestiones que se reproducen en el hijo y no les permite salir de esa repetición gozosa en ese difícil terreno del trabajo con Juan, que despliega desde el primer encuentro, una violencia defensiva frente a su desvalimiento y fragilidad.
A lo largo de su exposición hay muchos elementos que podríamos considerar de suma importancia. Sólo me podré centrar en algunos, conservando el orden de exposición del caso, intercalando reflexiones, que me han sido útiles para pensar la articulación teórico-clínica de este trabajo.
Beatriz, nos va llevando a la comprensión de lo interpsíquico con una gran sutileza, mostrándonos la diferencia entre el afecto que estos padres pueden tener por Juan y como lo han podido investir.
Como sabemos, la posibilidad de investir a un hijo depende la resolución de aspectos inconscientes de cada uno.
El hijo reactiva conflictos infantiles no elaborados en los padres. El hijo al principio de su vida aparece como una investidura narcisista, es portador de un Ideal, de la reparación de lo que faltó. Pero cuando domina demasiado…el hijo no puede ser investido como sujeto singular sino como una prolongación narcisista de los padres. Queda atrapado en los conflictos narcisistas, duelos (infertilidad, que queda obturado y es significado por Beatriz) o imaginarios, que impiden su reconocimiento. El aparato psíquico retira o limita la investidura. En el caso de Juan además, como se descubre a lo largo del trabajo de la doble escucha, es portador de una historia transgeneracional, no simbolizada por un secreto familiar. Ocupa un lugar fantasmático, que no le permite ser plenamente investido como hijo porque ocupa otro lugar psíquico y la fragilidad narcisista de los padres no les provee de la estabilidad necesaria para poder investirlo plenamente. El amor puede estar pero su disponibilidad es limitada.
A lo largo de las entrevistas de comienzo, Beatriz nos trae algunas frases que irán tomando gran significación a lo largo del recorrido tanto con los padres como con él. Éstas le han permitido trazar la dirección de la cura, sabiendo con qué contaba, aunque quedaban por descubrir elementos de un aspecto central.
“A los dos meses de enterarse que no podía tener hijos: “ya estaba “como si no pasara nada”.
“Cuando nos dijeron que fuésemos a por él, no teníamos nada preparado, ni siquiera nuestras vidas”.
Pregunta: ¿Por qué les dicen que no lo iban a tener fácil?
“La mamá deja de trabajar, todo el tiempo los dos juntos”. “Yo lo hacía todo con él, le daba de comer, siempre los dos”….
Pregunta: ¿Y el papá?
El padre, que permanece silencioso: “ Yo he sido solo”.
La madre dirá de él “Es el pito del sereno” No es lo mismo tomar a alguien por “el pito de un sereno” , que ser el pito del sereno, cual si fuera algo identitario . Luego comprenderá el valor de ese posicionamiento que desde el comienzo le genera sospecha, por el vacío que desprende.
“Todo transcurre muy bien hasta los 2 años”, y ahí nos podemos preguntar qué ocurre que nos permita comprender este cambio.
Los dos años coinciden con un momento prínceps de la estructuración, la emergencia de la separación y la voluntad propia de afirmación por parte de Juan.
El niño “perfecto “y “dócil” adaptado al “OTRO“ con esa dependencia psíquica, donde no se ha construido la oposición subjetiva, deja de estar.
En este momento de separación aparece el no, como afirmación de su oposición a la autoridad y donde decir “NO” es una forma de decir “no soy lo que el OTRO quiere”. El niño empieza a dejar de ser objeto del deseo de los padres …
Este pasaje rompe la armonía imaginaria inicial, la idealidad. Depende en gran medida de cómo responden los padres permitiendo ese reconocimiento. Por eso Beatriz cuando le describen los comportamientos piensa “es normal“, en alusión a este momento de su evolución.
Los padres de Juan no parecen haberlo tolerado, con poca capacidad de sostener los límites y su relación con la autoridad, atravesada por sus historias poco simbolizadas, que Beatriz escucha dando el tiempo a que puedan adquirir un sentido.
¿Y qué ocurre posteriormente?
Al vivir esta etapa de Juan, como algo ligado a lo personal de ambos padres podemos hipotetizar, por cómo se va estructurando psíquicamente Juan, que debe haber vivido el deseo de afirmarse, versus perder el amor del otro. No olvidemos que para Juan es el segundo abandono. Como sabemos el miedo al abandono, suele relacionarse con la seguridad del vínculo primario.
Aquí lo más importante será cómo el niño pueda inscribirse en ese entorno familiar
Ya en las últimas entrevistas de comienzo con los padres, vemos el giro que se ha producido en estos padres con respecto al primer encuentro. Cuestión de crucial importancia para el tratamiento posterior, como señala Beatriz.
En este momento se produce una demanda que los interpela y queda patente en la respuesta frente a la pregunta de ¿Qué esperan de la terapia?
– Madre: Que esté mejor, que me haga caso, que sea feliz.
– Padre: No sé, le veo como lejano, parece que no me conoce, no sé si esto puede cambiar. (Frase que parece enigmática y que hemos podido comprender en él a posteriori).
El amor existe, pero no habido un espacio psíquico para su alteridad. Vemos cómo, a través de estos primeros encuentros, el primer pedido va dando paso a una demanda que les permita conectarse un poco mejor con sus funciones de padres.
Percibir esta diferencia, nos permite la comprensión y facilita nuestra ESCUCHA de estos padres, para que puedan mirar y escuchar a Juan, como alguien diferenciado, y que le permita ser visto y sentido en su desvalimiento y su sufrimiento por sus padres, desde el afecto y no en urgencias…como ha venido ocurriendo con su oído y su vista, “que le vean y ya está”, solucionado…
Beatriz va poco a poco siguiendo y uniendo los hilos que los atraviesan, sus conflictos, historias familiares complejas proyectadas en Juan, que se repiten en él , pero no trabajando con lo intrapsíquico de ellos. Trabajará con aquellos aspectos de sus historias que obstaculizan su función como Padres y les impiden ayudar a Juan a salir de ese lugar invisible. Podrán así, ir escuchándole como un sujeto singular, reconocerle en su diferencia y permitir su separación para poder acceder a un deseo propio.
Juan
El encuentro de Juan con Beatriz promete desde el primer momento una aventura en la que se empieza a desplegar su pulsionalidad, violencia en aumento en cada sesión, que va invadiendo la consulta y mostrándonos en toda su crudeza el padecimiento que sufre. Beatriz sostiene, permitiendo que Juan empiece a hacerse un relato diferente ( Aquí se nos muestra la magia de la transferencia, que permite poco a poco no seguir en ese mundo mortífero de repetición donde diferenciarse para Juan supondría correr el riesgo de un segundo abandono).
Quisiera detenerme en este punto, para mostrar cómo Beatriz ,con su teorización flotante, se puede posicionar, aún con toda su ambivalencia. Esta cuestión, atañe a la noción de los límites y la violencia en el tratamiento de un niño, por parte del analista. Este aspecto toca diferentes planos que nos conviene diferenciar: Por un lado, la violencia que el niño trae o despliega en la transferencia. Por otro, la violencia que podría ejercer el analista ya sea de manera manifiesta o sutil.
Recordemos que el encuadre tiene una función estructurante. Juan no posee los recursos simbólicos para tramitar estos afectos, por eso actúa: usa el cuerpo, los espacios, los objetos, al ANALISTA. Beatriz introduce límites claros, que no son moralizantes, ni disciplinarios, estableciendo un borde para la pulsión. Así podrá decirle que la siguiente sesión, lo estará esperando, percibiendo el miedo, el desvalimiento y la fragilidad que se esconde detrás de esa agresión descontrolada. ¿Cómo lo realiza?
Veremos cómo: (conservando su control y la ambivalencia que le produce la situación) le transmite que no le puede pegar, que puede estar enfadado, pero no hacer, ni hacerse daño. En un momento álgido, Beatriz salva sus dibujos , después del enfado Juan acaba pegadito a Beatriz. “Ésta es como la historia de la terapia”, dice Beatriz, produciendo al decir de V. Korman , como un efecto de verdad subjetiva (donde la verdad no se entiende como adecuación a los hechos sino como algo que irrumpe en el sujeto y produce transformación).
Juan responde: “Voy a ver, cuando llegue a casa, las fotos de mi vida”.
El límite no debe reprimir el AFECTO sino el ACTO. Sin límites Juan quedaría a merced de la pulsión sin límite. Recordemos que Winnicott insistía en que el niño necesita encontrar un objeto que sobreviva a su agresividad.
El analista no se venga, ni humilla, no se asusta excesivamente, pero tampoco queda sometido, debe poder reconocer su malestar, para no actuarlo.
Para mí, es decisiva la manera de transmitirle de Beatriz, que entiende su enfado, pero no se dejará agredir. Reconoce el afecto como legítimo, pero detiene el acto. Introduce la ley, sin destruir el vínculo.
Asistimos en el recorrido con Juan y Beatriz a golpes, destrucción de objetos, amenazas y provocaciones (“Me voy a pellizcar y les diré a mis padres que has sido tú”).
Beatriz intuye lo que esa violencia de Juan expresa, tal y como nos ha compartido, eran momentos trasfero-contratransferenciales muy complicados (los analistas de niños somos interpelados directamente por procesos primarios, donde nuestro análisis será fundamental, ya que la movilización de estos aspectos inevitablemente nos conmocionan y será imprescindible no actuarlos) Quisiera traer a colación la puesta en escena de las situaciones e imágenes que nos convocan en la clínica, como el de la bruja-cerda. No hay relato organizado, Juan no puede armar ningún juego simbólico sino descargar una violencia que no termina de ligarse en palabras, algo ilógico que se despliega en el discurso: procesos primarios.
Una imagen que me ha servido para pensar estos procesos es el cuadro del Bosco : “El Jardín de las Delicias,” su parte central podemos pensarla como una figuración visual de la lógica de los procesos primarios: un espacio donde la condensación, el desplazamiento y la ausencia de lo jerárquico organizan la escena, evocando un funcionamiento cercano a lo onírico. Sin embargo, esta proliferación de lo primario está contenido en una estructura simbólica: ENCUADRE, incluso lo más caótico del inconsciente, aparece en la cultura ya trabajado.
Sería como quien se permite estar frente al contenido, a la fantasmática, sin reducirlo, pero siendo atravesado por él, pudiendo simbolizarlo, poniéndole palabras que puedan darle un sentido, una representación.
Como en el análisis, no hay un relato organizado, sino violento, diferentes figuras, pájaros, unos se comen a otros, devastación, escenas fragmentadas, actos violentos, todo es posible, la desmesura se impone. Pero ese despliegue no ocurre en el vacío, interpela al analista en la transferencia, porque frente a ese Bosco infantil, poblado de figuras extrañas, “Madres que le cogen la sangre a los bebés” “Niños que desaparecen”, “Hijos de cerdo” “Brujas cerdo” etc. El analista puede quedar capturado porque en estas situaciones la transferencia no es solo repetición de vínculos, es un lugar donde lo no simbolizado, busca un otro que pueda sostenerlo. Aquí podemos preguntarnos : ¿Cómo no quedar conmocionados por la irrupción de esta pulsionalidad sin freno?
Ahí está Beatriz, con su posición frente a lo que no tiene forma, escuchar aquí, no es sólo comprender lo que aparece, sino SOSTENER ESA ESCENA SIN CLAUSURARLA. Se trataría, como frente al cuadro, de poder mirar, sin apresurar la lectura, tolerar la extrañeza, permitir que algo de ese exceso, pueda encontrar una representación y una vía de inscripción.
Entender que esa violencia expresa angustia no simbolizada en diferentes modalidades: celos, angustias de separación, rivalidad edípica, fallos en la función de contención parental… ha permitido que la agresividad no sea un obstáculo al tratamiento, ya que aquí ha sido el material clínico principal en la exposición.
Posteriormente, entenderemos que ese monto de violencia y el temor a ser abandonado de Juan, expresa no solamente aspectos propios, sino que es portador de una violencia transgeneracional.
Afortunadamente Juan tiene una espacio en el que poder expresar lo que le ocurre, donde a través de la transferencia va pudiendo dar sentido a través de poner palabras a esos estados que tanto le hacen sufrir y que ponen en riesgo su subjetividad.
Un momento central en el tratamiento, se produce con el desvelamiento del secreto familiar, producto seguramente del trabajo que se va realizando con los padres y que va a suponer un antes y un después en el proceso de simbolización, de inscripción y de filiación de Juan.
Podemos contemplar la transmisión desde tres niveles: abandono real, secreto familiar y filiación adoptiva. El temor intenso al abandono podemos pensarlo como el punto donde esas dimensiones se anudan.
Cuando el padre descubre la historia, descubre que él fue abandonado por un padre violento y ha vivido con una realidad que no existió y todo su entorno le ocultó. Debe reorganizar su relato, ha crecido con una representación falsa de su origen, donde el abandono quedó fuera de la simbolización pero generando sus efectos psíquicos y donde repite, sin saberlo, su propia historia con su hijo.
No sabe cómo estar con él, no se puede acercar, no puede ejercer su función paterna, atravesado por los conflictos generacionales de los que es portador inconscientemente. Deja a Juan en manos de la madre, proyectándose en su hijo ”Mi madre siempre trabajando”, “Muy recta”, por no decir poco amorosa. Recordaremos que en las primeras entrevistas dijo “ Yo fui solo”, significante de sentirse “solito” de su desvalimiento infantil. Probablemente, su madre habrá sufrido mucho la situación y no habrá podido investirlo. No ha podido ejercer una función de corte con Juan. Volvemos a la frase “Es el pito del sereno”.
El padre que adopta a Juan está marcado por un historia de abandono, con las consecuencias de inseguridad en su “ser padre“, dificultad de sostener los límites y la autoridad, seguramente con un temor inconsciente a repetir el abandono. La función paterna no se sostiene sólo con la voluntad consciente, como sabemos, en la inscripción simbólica como hijo, que en este caso fragilizan los vínculos de la familia. Cuestiones que indaga Beatriz en el abordaje, en el que percibe la sintomatología de ambos padres en sus funciones. Narciso y Edipo siempre presentes, que se anudan en el vínculo con su hijo.
Juan parece encarnar algo de la historia del padre: el abandono que el padre no pudo simbolizar se transmite como angustia de abandono en el hijo, no porque se diga, sino porque las angustias circulan con el clima afectivo y se transmiten en la relación. Juan seguramente ha podido captar inconscientemente esa fragilidad y convertirla en síntoma. Este momento crucial, nos permite comprender los excesos pulsionales de Juan, portadores de una doble temor de abandono: lo abandonan al nacer y ante la dificultades de ser visualizado y valorizado en su ser, él se siente como no reconocido, aniquilado, perdido y con esa angustia desmedida por el abandono.
Esa imposibilidad de ambos padres para escuchar a Juan como un sujeto singular, se presenta muy compleja.
Con la figura materna, en principio se fusiona, pero a Beatriz le sorprenden algunas expresiones de la madre “pegado como una lapa”, pero cuando se separa y empieza a mostrar autonomía, esto no se tolera, repitiendo la madre su propia modalidad infantil, pegándole. Ella procede también de una familia conflictiva y violenta.
Vamos que Juan recibe y es portador de violencia por doquier, si él es él, no le querrán, siempre atemorizado, pero defendiéndose, hasta comenzar su posibilidad de hacerse otro relato, vía transferencia. Beatriz capta muy bien su indefensión. Además es portador de un “Secreto Familiar”, que como sabemos ocupa un lugar central en la transmisión entre generaciones. No se trata de algo no contado, sino de algo que no puede ser simbolizado y cuya ausencia de palabra produce efectos en la vida psíquica de los descendientes . La transmisión no se produce a través de la información, son marcos afectivos , silencios y climas emocionales, que rodean lo que no puede decirse, produciendo una ruptura simbólica.
En una familia la transmisión se sostiene en la posibilidad de narrar una historia , de donde venimos, qué ocurrió, antepasados.
Cuando un acontecimiento queda convertido en secreto, por vergüenza o culpa etc., ocurre una ruptura en la cadena generacional, apareciendo entonces:
– Vacíos de relato familiar.
-Contradicciones en la transmisión.
-Zonas prohibidas.
El niño percibe esos vacíos aunque no se los nombre, a través del silencio. Cuando el hecho está ligado a un duelo imposible, acontecimiento traumático, el hecho no se integra, no se simboliza, queda encerrado psíquicamente. Y lo encapsulado se transmite a la generación siguiente como un fantasma transgeneracional. Así, el descendiente puede quedar afectado por algo que no vivió. Puede aparecer como efecto psíquico, o puede aparecer en climas afectivos inexplicables: tristeza sin motivo aparente, identificaciones enigmáticas, síntomas sin historia, fobias, inhibiciones o culpas que no encuentran escena personal.
El niño, ocupará una posición particular, será portador del síntoma familiar, guardián inconsciente del secreto, reparador de la falta
El trabajo analítico aquí no es “revelar un secreto” como investigación histórica, nuestra tarea consiste en dar lugar a los vacíos de la historia, permitir que aparezcan preguntas, para transformar el silencio en la posibilidad de simbolización. Cuando esto sucede, el sujeto deja de estar capturado por la repetición silenciosa.
Podríamos formularlo diciendo que aquello que no se dice en una generación, que se silencia ,aparece como síntoma en la siguiente, como en el caso de Juan y su padre y puede dejar de estar solo, apareciendo con voz propia.
Seguramente a partir de esa simbolización, Juan podrá elaborar su propia historia, una narrativa propia que articule pérdidas, deseo, inscripción, separación.
La adopción, no interrumpe la transmisión, la reconfigura. Lo decisivo es la posibilidad de inscribir el origen en una cadena simbólica, que soporte la pregunta, sin convertirla en secreto, y pudiendo afectivamente preguntarse: ¿Por qué me abandonaron? ¿Por qué me eligieron?
Juan no hereda la genealogía biológica, pero sí la simbólica, la pregunta es cómo se inscribe una filiación cuando hay una ruptura simbólica en la cadena biológica.
El hijo puede no compartir genes, pero necesita ser reconocido en una genealogía. Cuando esta inscripción es clara, la transmisión se ordena. Cuando es ambigua, negada o secreta, pueden aparecer efectos sintomáticos.
Juan, a pesar de exhibir su adopción, no ha podido elaborar, ni hacerse preguntas, seguramente también por ser portador de tanta carga.
El riesgo para su subjetividad no está solo en la violencia, sino en la imposibilidad de metabolizarla. Para Juan, entre abandono y elección, se juega una tensión narcisista muy profunda.
Otra vez, gracias, Beatriz por permitirnos entrar en la intimidad de tu consulta, compartiéndonos este interesante caso, evocador de tantas temáticas.
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*Trabajo presentado en el ciclo de Ateneos Clínicos del curso 2025-26, el 21 de Marzo de 2026 en la sede de AECPNA en Madrid.
**Sobre la autora: Beatriz Azagra Cabrera es Psicóloga Clínica, Psicoanalista y Psicoterapeuta
***Sobre la presentadora. Luisa Marugán es licenciada en psicología, especialista en psicología clínica; psicoanalista con formación acreditada por A.P.M (Asociación Psicoanalítica de Madrid); miembro de FEAP (Federación Española de Psicoterapia); miembro de FEPP (Federación Española de Psicoterapia Psicoanalítica); miembro fundador de AECPNA; Docente colaboradora del Máster de Psicoterapia de la U.C.M (Universidad Complutense de Madrid), hasta su finalización; docente de AEPCNA en el curso de posgrado de clínica psicoanalítica con niños, adolescentes y padres; docente del Máster en Psicoterapia Psicoanalítica con Niños, Adolescentes y Padres de AECPNA/UEMEC (Universidad Europea Miguel de Cervantes); trabaja en consulta privada con adultos, niños, adolescentes y padres.
Revista nº 27
Artículo 4
Fecha de publicación JULIO 2026