Paula Yruegas Segura*
Resumen
En este trabajo se ha querido tomar la película Vaiana, de Disney, al modo de un mito, para ilustrar algunos procesos psíquicos inconscientes, deseos reprimidos y conflictos que se ponen en juego en la adolescencia. Basándose en los personajes de Vaiana, Maui, Te Fiti, Te Kā y Tala, se ha querido mostrar las complejidades y las vicisitudes presentes en todo proceso adolescente, y como las diferentes escuelas de pensamiento han puesto énfasis en determinados aspectos de la complejidad que encierra.
Palabras clave
Adolescencia, Exogamización, Identidad, Proyecto Identificatorio, Intersubjetividad
Introducción
Es sabido que Freud se apoyó en varios mitos clásicos y relatos religiosos como metáforas que le ayudaron en el desarrollo de su teoría psicoanalítica. Edipo, Narciso, Prometeo, Moisés… Freud recurrió a estos mitos para ilustrar los profundos conflictos inconscientes que atraviesan los seres humanos, especialmente en lo que respecta a la sexualidad, el deseo, la culpa y las relaciones familiares. Al utilizar los mitos, Freud no solo legitimaba su teoría a través de narrativas culturales universales, sino que también buscaba mostrar cómo ciertos conflictos son inherentes a la experiencia humana, repetidos a lo largo de la historia y las culturas, siendo fruto del inconsciente transmitido filogenéticamente. Para Freud, los mitos revelan verdades psicológicas profundas que siguen siendo relevantes para entender el psiquismo humano.
¿Podemos tomar una película al modo de un mito, para ilustrar procesos psíquicos inconscientes, deseos reprimidos y conflictos universales en la experiencia humana? En este trabajo, me gustaría basarme en la película Vaiana, de Disney, para explorar su paralelismo con el proceso adolescente.
Vaiana es una princesa adolescente, a la que no se le permite salir de su isla. Sin embargo, ella desea explorar lo que hay más allá del arrecife de coral, y ese deseo es cada vez más fuerte.[2]
Vaiana está interceptada por la Ley paterna, cuya función la impulsa a la exogamización, es decir, a ir más allá del arrecife de coral. La muchacha tiene un fuerte deseo de abrirse al mundo, de explorar e investigar qué hay más allá. Su padre había sido un explorador cuando era joven y Vaiana se identifica con estos valores. Este deseo de ver que hay más allá de los confines de su isla, es decir, del ámbito familiar, permite la puesta en marcha del proceso adolescente. Por otro lado, la identificación con la madre -que en la cinta aparece simbolizada en la exigencia de la joven de permanecer dentro de la isla, manteniéndose fuertemente vinculada a los emblemas familiares, conservando sus valores, adorando a los mismos dioses, etc.-, retiene a Vaiana en la niñez, limitando su crecimiento personal.
Desde otro punto de vista, siguiendo algunas ideas de Melanie Klein, podríamos plantear que en el drama de Vaiana queda representada una imago materna escindida. Te Fiti es la diosa que trajo vida al océano usando una piedra pounamu como su corazón. Si entendemos el corazón de Te Fiti como una alegoría del deseo, podemos ver en este deseo la fuente de la vida (pecho nutricio). Cuando el semidiós Maui roba la piedra pounamu, Te Fiti muere, convirtiéndose en Te Kā, cuya oscuridad se extiende por el océano, envenenando todo a su paso (pecho destructivo), que Klein equipara en sus últimos trabajos con la envidia primaria. Así, podemos ilustrar esta metáfora con la autoexigencia que observamos en algunos pseudoadolescentes en los que no se ha puesto en marcha el proceso adolescente exogamizador y que permanecen fuertemente vinculados a los ideales familiares.
Por último, el personaje aparentemente secundario de Tala, la abuela de Vaiana, es, desde mi punto de vista, fundamental, ya que representa el impulso vital que, para determinados autores, propulsa nuestro crecimiento, permitiendo a la joven emprender la aventura sobre la que gira toda la historia.
Argumento de la película
Hace mil años, en la isla de Motunui, en Polinesia, sus habitantes adoraban a la diosa Te Fiti, quien trajo vida al océano usando una piedra pounamu como su corazón y fuente de su poder. Maui, un semidiós que cambia de forma con ayuda de un gigantesco anzuelo mágico, robó el corazón para darle a la humanidad el poder de la creación. Sin embargo, tras despojarle de su corazón, Te Fiti se desintegró, y Maui fue atacado por Te Kā, un demonio volcánico que también buscaba el corazón robado. En este ataque, Maui perdió tanto su anzuelo mágico como el corazón de Te Fiti en las profundidades del mar.
Mil años después, el océano elige a la pequeña Vaiana Waialiki, hija de Tui, jefe de Motunui, para devolverle el corazón a Te Fiti, pero Tui lleva a Vaiana de regreso a la orilla, lo que hace que ésta pierda el corazón que le entregó el océano. Durante toda su vida, Tui y su esposa, Sina, intentan mantener a su hija alejada del océano, preparándola para que se convierta en la siguiente jefa de la isla. Sin embargo, dieciséis años después, una plaga azota la isla, matando la vegetación y reduciendo la captura de peces. Para solucionar este problema, Vaiana sugiere ir más allá del arrecife de coral que rodea la isla, para encontrar más peces y averiguar qué está sucediendo, pero Tui se lo prohíbe. Aun así, la joven intenta conquistar el arrecife, pero es dominada por las olas y naufraga, lo que hace que deba regresar a Motunui, renunciando a su idea de explorar más allá.
En ese momento, Tala, la madre de Tui, le muestra a Vaiana una cueva secreta, repleta de barcos, revelándole así que sus ancestros eran viajeros, hasta que Maui robó el corazón de Te Fiti y el océano dejó de ser seguro. Tala le explica a su nieta que la oscuridad de Te Kā está envenenando la isla, pero que se puede curar si Maui restaurara el corazón de Te Fiti, corazón que la abuela recuperó cuando Vaiana lo perdió y que guardó para ella todos estos años. Esa misma noche, Tala cae fatalmente enferma y, en su lecho de muerte, exhorta a Vaiana a partir para encontrar a Maui.
Tras zarpar en un camakau desde la cueva secreta, Vaiana queda atrapada en un tifón y naufraga en una isla donde encuentra a Maui, que desconoce que ha condenado a la humanidad y se jacta de sus logros como semidiós. La joven exige a Maui que devuelva el corazón, pero él se niega y la engaña, dejándola atrapada en una cueva mientras le roba el barco. Sin embargo, Vaiana escapa y se enfrenta a Maui, quien, a regañadientes, deja que ésta se quede en el camakau. Por el camino, son atacados por Kakamora, piratas del coco, que también buscan el corazón de Te Fiti, pero Vaiana y Maui consiguen burlarlos. Tras este episodio, Vaiana se da cuenta de que Maui ignora que ya no es un héroe desde que robó el corazón y maldijo al mundo, y lo convence de redimirse devolviéndole el corazón a Te Fiti. Finalmente, Maui accede, pero primero necesita recuperar su anzuelo mágico de Tamatoa, un cangrejo gigante que se encuentra en Lalotai, el Reino de los Monstruos.
Tras vencer a Tamatoa y recuperar el anzuelo de Maui, éste revela a la muchacha que el primer tatuaje se lo ganó cuando sus padres mortales lo abandonaron siendo un bebé, y los dioses, compadeciéndose de él, le otorgaron sus poderes. Después de que Vaiana lo tranquilice, Maui le enseña el arte de navegar, recupera el control de sus poderes y los dos comienzan a acercarse. Por fin, ambos llegan a las inmediaciones de la isla de Te Fiti, pero son atacados por Te Kā. Vaiana se niega a abandonar la misión y, en la lucha, el anzuelo de Maui se dañe gravemente. Pero éste no está dispuesto a perder su anzuelo en otro enfrentamiento con Te Kā, y abandona a Vaiana, quien, entre lágrimas, le pide al océano que encuentre a otra persona para restaurar el corazón, perdiendo la esperanza. El océano acepta y se lleva el corazón. Cuando todo parece perdido, el espíritu de Tala se aparece a Vaiana, inspirándola a encontrar su verdadera vocación. Tras este encuentro, la joven recupera el corazón y navega de regreso hacia Te Fiti para enfrentarse a Te Kā. A su vez, Maui regresa tras cambiar de opinión, y lucha contra Te Kā, dándole tiempo a Vaiana para llegar a Te Fiti. Por desgracia, el anzuelo de Maui queda destruido en esa lucha.
Al sortear a Te Kā, Vaiana descubre que Te Fiti ha desaparecido, dándose cuenta de que Te Kā es en realidad Te Fiti, corrompida sin su corazón. Vaiana le pide al océano que despeje un camino para que el monstruo de lava llegue hasta ella, lo que le permite devolverle el corazón de Te Fiti. En ese momento, la diosa restaurada cura al océano y las islas de la mortífera plaga.
Maui se disculpa con Te Fiti, quien le entrega un nuevo anzuelo mágico, y le da a Moana una nueva embarcación, antes de caer en un sueño profundo y convertirse de nuevo en una montaña. Vaiana se despide de Maui y Te Fiti y regresa a casa, donde se reúne con sus padres. Finalmente, la joven asume su papel de jefa y guía, liderando a su pueblo para que todos puedan nuevamente surcar los mares, como antaño hicieron sus ancestros.
La salida de la isla
Si entendemos simbólicamente la isla como el mundo de la infancia, o el mundo materno, cuyo papel es fundamental durante los primeros años de vida del niño, podemos pensar como el deseo de Vaiana de abandonar la isla, en la que ha vivido toda su vida, simboliza el paso hacia la exogamia que se da con la eclosión puberal.
«Con el advenimiento de la pubertad comienzan las transformaciones que han de llevar la vida sexual infantil hacia su definitiva constitución normal.» Así comienza Freud (1905) su brillante ensayo Las metamorfosis de la pubertad. En él recoge que «en el período de la pubertad se consuma uno de los logros psíquicos más importantes, pero también más dolorosos para el individuo: el desasimiento respecto de la autoridad de los progenitores, el único que crea la oposición, tan importante para el progreso de la cultura, entre la nueva generación y la antigua. Un número de individuos se queda retrasado en cada una de las estaciones de esta vía de desarrollo que todos deben recorrer. Así, hay personas que nunca superaron la autoridad de los padres y no les retiraron su ternura o lo hicieron solo de modo muy parcial, […] conservando plenamente su amor infantil mucho más allá de la pubertad.» (ibid. p. 207). Así, el adolescente debe dejar de lado los objetos primarios para poder buscar objetos secundarios, al mismo tiempo que tramita los duelos que acompañan a esta fase de la vida.
Durante la pubertad tiene lugar una confrontación con los padres de la infancia, en la medida en que la adolescencia tumba a los padres del lugar infantil y omnipotente en el cual la latencia los había colocado. En la película, el hallazgo por parte de Vaiana de la cueva oculta que esconde los barcos de sus ancestros, simboliza el desvelamiento de los secretos y limitaciones parentales, propios de la infancia, que contribuyen a la idealización parental. Este descubrimiento es el desenlace del deseo que venía manifestando la joven de descubrir lo que se encuentra más allá de la barrera de coral, como límite que nunca le fue permitido cruzar, y tiene una importancia capital, ya que, con el descubrimiento de estas embarcaciones, se abre la vía que le permitirá encontrar las apoyaturas necesarias para transitar su proceso adolescente.
Peter Blos (1971) nos recuerda que este proceso de desasimiento de la autoridad parental, propio de la adolescencia media, no es inmediato, sino que se produce de manera gradual y a menudo con conflictos emocionales, ya que el adolescente experimenta tensión entre su necesidad de independencia y el deseo inconsciente de mantener la seguridad que proviene de la autoridad parental. En la película, vemos como Vaiana lucha entre su deseo de explorar y el de ser la hija del jefe que todos esperan de ella. Blos, introduce el concepto de proceso exogámico en relación con la necesidad de los adolescentes de trasladar su objeto de amor y sus relaciones significativas fuera del círculo familiar, lo que implica la búsqueda de vínculos afectivos y sociales más allá de la familia. «El adolescente por fin se desprende de los objetos infantiles de amor, lo que con anterioridad ha tratado de hacer muchas veces. […] La finalidad de esta ruptura interna con el pasado agita y centra la vida emocional del adolescente; al mismo tiempo esta separación o rompimiento abre nuevos horizontes, nuevas esperanzas y también nuevos miedos.» (Blos, 1971, p.132). El proceso exogámico, característico de la adolescencia, marca la transferencia del objeto libidinal del ámbito familiar a personas fuera del círculo familiar. Este proceso es esencial para la maduración sexual y emocional del individuo, ya que facilita la independencia psíquica del adolescente y su capacidad para establecer relaciones íntimas y sociales con individuos ajenos a la familia. Se traslada la figura omnipotente de los padres al mundo exterior. El adolescente se dirige a la búsqueda de los padres perdidos de la infancia, pero convertidos simbólicamente en objetos exteriores al mundo familiar y esto abre el proceso exogámico.
Desde otro punto de vista, siguiendo a Massimo Recalcati (2015), podríamos entender la dificultad de Vaiana de abandonar su isla natal de Motonui como una representación del engolfamiento que el autor recoge en Las manos de la madre. Este engolfamiento se refiere a una relación simbiótica entre la madre y el hijo, en la que la primera no es capaz de concebir a su vástago como un ser autónomo con deseos y proyectos propios, sino como una extensión de sí misma. A pesar de que la madre no es propietaria del hijo, actúa como si lo fuera, apropiándose de su existencia en términos emocionales y psicológicos. Como nos recuerda Recalcati, el hijo no es algo que pertenezca a la madre. El hijo siempre está más allá de la madre, está llamado a sustraerse a ese todo materno que lo quiere retener. Cuando la madre no respeta esta alteridad irreductible del hijo, es cuando el vínculo materno se convierte en engolfamiento, en una retención que bloquea el acceso del hijo a su propio deseo. En definitiva, la hospitalidad sin propiedad es lo que define a la madre, mientras que la responsabilidad sin propiedad es lo que define al padre.
A su vez, la salida de la isla por parte de Vaiana puede entenderse como una puesta en acto de la función paterna, como un corte simbólico que rompe la fusión madre-hijo, permitiendo la identificación de la joven con la historia identificatoria del padre. El hijo debe separarse del todo materno para encontrar su lugar en el mundo como un sujeto deseante. De este modo, cuando la función paterna se activa, el hijo puede salir del mundo cerrado de la relación madre-hijo y comenzar a establecer relaciones en el mundo externo, abriéndose a otros objetos de deseo y construyendo su propia identidad. La función paterna permite así al hijo lograr su individuación. La función paterna es una función que no tiene que ver simplemente con la prohibición, sino con el don de permitir que el hijo pueda sustraerse de la órbita materna y acceder a su propio deseo, a su propia existencia como sujeto autónomo. El niño deja de ser una extensión de la madre y se convierte en un individuo separado, capaz de tomar sus propias decisiones, asumir su propia responsabilidad y construir una identidad propia que no depende exclusivamente de la madre. La función paterna no se caracteriza solamente como aquel gesto que prohíbe, que limita, que separa a la madre y a su hijo… también consiste en ser el puente que une al hijo con la vida pública de compromiso y responsabilidad, y guía la vida del hijo más allá́ del horizonte cerrado de la familia, introduciéndolo en la complejidad del mundo social, operando como propulsor de la emancipación y de la creatividad de sus hijos, donde su prole podrá así encarnar los valores heredados y transmitidos generacionalmente.
De este modo, al abandonar la isla, que simboliza las certezas infantiles de la niñez, Vaiana se enfrenta a un océano desconocido, que estaría representando las incertidumbres de la adolescencia. Como bien recoge Bion (1977), poder tolerar la incertidumbre es lo que permite el crecimiento mental.
Te Fiti – Te Kā
Como ya he comentado, retomando las puntualizaciones de Melanie Klein sobre el funcionamiento mental, podemos tomar a Te Fiti y Te Kā como una alegoría de la escisión de la imago materna en pecho nutricio y pecho destructivo.
Es común encontrarnos en la clínica con jóvenes (generalmente niñas) que rigen su vida con un altísimo nivel de perfección, el cual comenzaron a desplegar al finalizar la primera infancia y les permitió vivir una latencia tranquila y apacible. Sin embargo, al llegar a la pubertad, esta perfección comienza a ser vivida como una exigencia atroz, que atenaza y asfixia, y es en ese momento cuando, finalmente, deciden consultar. Así, al colapsar las defensas, se agrieta la coraza caracterológica del perfeccionismo que obedece al mandato externo y se evidencia el vacío que brama la ausencia de deseo.
Desde mi punto de vista, en la película el deseo está representado por la piedra pounamu, que es el corazón de Te Fiti. Este corazón deseante es la fuente y el motor de la vida. Sin embargo, tras ser arrebatado el corazón por Maui, la diosa muere, convirtiéndose en un monstruo violento e irracional, que actúa ciegamente llevado por la ira. Así, Te Kā es el monstruo de lava que, a mi modo de ver, simboliza la exigencia feroz que devora y destruye la vida, cuando en el sujeto no tiene cabida el deseo y se mueve obedeciendo ciegamente a los mandatos parentales. O, complementariamente a esta idea, cuando el impulso que parece estar dirigiendo el funcionamiento mental del sujeto está dominado por la envidia que, como bien señaló Melanie Klein, está vinculada a la destructividad y al ataque del objeto, ya que se asienta en la pulsión de muerte.
Para Klein, la envidia destructiva surge en las primeras etapas de la vida del bebé, cuando éste se relaciona con el pecho materno como su primer objeto. En este contexto, el pecho es percibido como la fuente de todo lo bueno: la nutrición, el consuelo y el amor. Sin embargo, simultáneamente, el bebé también experimenta frustración al no poder controlar o poseer completamente su fuente de gratificación, y esta sensación de impotencia frente a un objeto que parece poseer todo lo deseado puede despertar en el niño un intenso sentimiento de envidia. Según lo mitos polinesios, la humanidad (el bebé) comienza cuando Te Fiti le da vida a través de su corazón (pecho nutricio). Celoso de esa inagotable fuente de gratificación, Maui le arrebata el corazón a Te Fiti en un intento de controlar su poder, despertando a Te Kā, que simboliza, según este enfoque, la envidia destructiva.
Aunque la envidia destructiva es una parte inherente del desarrollo psíquico temprano, es posible mitigar su impacto a través del desarrollo de la gratitud y el amor. Si el niño puede experimentar suficiente gratificación y seguridad en su relación con la madre, puede desarrollar sentimientos de gratitud por lo que ha recibido. La gratitud actúa como un antídoto contra la envidia destructiva, ya que permite al individuo aceptar lo bueno en el otro sin desear destruirlo. El proceso de integración psíquica que ocurre en la posición depresiva, cuando el niño empieza a reconciliar los aspectos buenos y malos del objeto y del propio yo, es crucial para superar la destructividad de la envidia. A través de este proceso, el sujeto puede aprender a amar de manera más madura, aceptando tanto las limitaciones como las bondades del otro. Gracias al mutuo enriquecimiento y gratitud, los personajes de Vaiana y Maui finalmente logran restituir el corazón a la diosa, neutralizando a la destructiva Te Kā.
Así, siguiendo a Melanie Klein, en la película se ilustra la permanente lucha que se da en el interior de cada sujeto, entre los instintos de vida y muerte, de envidia y reparación, de amor y odio, activos desde el comienzo de la vida.
Maui
Siguiendo a Meltzer (1998), este personaje representa la modalidad del adolescente omnipotente, que asume un funcionamiento mental maniaco. Son adolescentes que niegan la dependencia con el objeto, rompiendo de esta manera el pacto generacional, atribuyéndose como propias y auto gestadas todas las bondades de los objetos parentales. Representan el triunfo narcisista sobre el amor al objeto. Maui es un semidios que se siente poderoso, autosuficiente y sin límites. Después de robar la piedra, permaneció mil años viviendo solo en una isla, refugiado en la fantasía de ser el salvador del mundo. El adolescente omnipotente es un tipo de joven que se caracteriza por un sentido exagerado de poder y control sobre sí mismo y su entorno, basado en una fantasía de invulnerabilidad e independencia. Al creerse omnipotente, el adolescente niega sus propias limitaciones y su necesidad de apoyo emocional, lo que puede llevarlo a una desconexión con la realidad y con los demás. Como establece Hugo Lerner (2018): «es usual que el adolescente construya una trinchera identitaria, un búnker en el que se sienta seguro, un albergue que lo resguarde de los fuertes ciclones de la etapa que atraviesa (lo pulsional, lo social, el vacío, etc.). Cuanto más enérgicos sean los vientos, más esfuerzo pondrá para edificar esa trinchera» (p. 83).
Sin embargo, tras robar el corazón de Te Fiti, Maui fue atacado por Te Kā y perdió su anzuelo mágico, sin el cual le resulta imposible cambiar de forma. Tamatoa, un cangrejo gigante, encontró el anzuelo y lo escondió en su guarida. Así, para poder volver a ser un semidios, Maui debe adentrarse en Lalotai, el Reino de los Monstruos, y luchar contra el cangrejo. La omnipotencia, aunque pueda parecer una actitud arrogante o prepotente, tiene función defensiva; al verse a sí mismo como omnipotente, el adolescente evita enfrentarse a aspectos dolorosos de su vida, permitiéndole mantener una sensación de control en un momento en que siente que su mundo interno y externo están en constante cambio. Empero, esta defensa impide al adolescente procesar de manera adecuada sus emociones y desarrollar una verdadera independencia emocional.
A lo largo de la cinta, Maui, que comienza mostrándose soberbio y arrogante, va dejándose conquistar poco a poco por el valor, el compromiso y la lealtad de Vaiana. Cuando confiesa a la muchacha que fue abandonado por sus padres al nacer, se abre una grieta en su coraza que le permite, con la ayuda del apoyo de la joven, comenzar su proceso adolescente para terminar integrándose en la comunidad. A mi modo de ver, tanto Maui como Vaiana representan aspectos del propio funcionamiento psíquico de todo adolescente. Es en la interacción o interjuego de estos dos aspectos donde se produce el crecimiento mental. Después de todo, Maui al sostener un vínculo libidinal con Vaiana, puede confesarle que fue abandonado por sus padres al nacer.
Tala
Este personaje, aparentemente secundario, es muy relevante, ya que es precisamente la abuela de Vaiana la que anima a la joven a seguir su propio deseo, enfrentándose a los fantasmas de su historia, desafiando la autoridad parental y explorando más allá de los confines de la familia. Ciertamente podemos equiparar el personaje de la abuela con lo que Piera Aulagnier (1977) postula como princeps o central en el proceso adolescente, esto es, el proyecto identificatorio, que implica la construcción activa de nuevos emblemas identificatorios ligados al acceso al registro sociocultural, conformando así un soporte simbólico estructurante en el pasaje transicional a lo extrafamiliar característico del proceso adolescente. Desasirse de la autoridad parental y ganar autonomía e independencia en esta etapa va acompañado de catectizar un futuro en el que poder encontrar un lugar en el entramado social. Sentirse parte de su tiempo y de la cadena generacional, formularse un proyecto de vida, es decir, un proyecto identificatorio, será el resultado de un arduo trabajo de elaboración, donde se requerirá que el Yo tome a su cargo la producción de los anhelos identificatorios, en términos de Aulagnier, que le harán posible proyectarse hacia adelante, verse en un tiempo por venir, así como contar con la confianza suficiente para poner manos a la obra y transformar y articular esos anhelos en hechos.
No obstante, el personaje de la abuela admite también otra lectura: cuando Vaiana, hacia el final de la historia, se rinde y le suplica al océano que busque a otra persona para devolver el corazón a Te Fiti, se le aparece el espíritu de Tala y la muchacha, llorando, corre a refugiarse en sus brazos, mientras le confiesa que no ha sido capaz de completar la misión que le había encomendado. Tala, en una actitud profundamente comprensiva, le dice que nunca debió pedirle tanto y que puede regresar a casa, que ella la acompañará. Sin embargo, la joven duda y la abuela, tras confrontarla, le pregunta: «Vaiana, ¿quién eres de verdad?» Está intervención es, desde mi punto de vista, similar a la de un psicoanalista, ya que logra que la joven comience a pensarse con autonomía y pensamiento crítico, saliendo de la posición infantil en la que estaba instalada.
Los adolescentes asumen como tarea psíquica central el trazado de su proyecto identificatorio, aunque éste sea vacilante. Como establece Rother Hornstein (2003), el adolescente deberá sentir con convicción «[…] “yo soy este” (y no aquel). Sentimiento que procede de la representación de un cuerpo unificado, de la separación y límite entre él mismo y el otro, de un sentimiento de propiedad de sí, de su imagen narcisista, de la identificación con las imágenes, los mandatos y los valores parentales, del sentimiento de pertenencia a una familia, a un grupo, a un pueblo, a una cultura, etc.» (p. 170). Vaiana, en una canción épica, a modo Disney, acepta finalmente quién es, reconciliándose con su pasado, sus padres y su lugar en el mundo, y decide ir ella misma a devolver el corazón a Te Fiti. Por este motivo, en mi opinión, es fundamental el personaje de la anciana, ya que es quien desencadena el proyecto identificatorio. Así, el proceso identificatorio (Aulagnier, 1991) y la producción identitaria entrañan tener presente la noción de intersubjetividad y es esta una condición ineludible para agenciarse de una subjetividad más rica. En palabras de Lerner (2018) «agenciarse la sensación de “yo soy”, y la consecuente relación con “yo era” y “yo seré” (o sea, construir su historia), es un trabajo psíquico que se despliega articulado con el mundo» (p. 103).
Conclusiones
He querido mostrar con este trabajo las complejidades y las vicisitudes presentes en todo proceso adolescente, y como las diferentes escuelas de pensamiento han puesto énfasis en determinados aspectos de la complejidad que encierra.
Retomando la pregunta inicial, sobre si podemos tomar una película al modo de un mito, para ilustrar procesos psíquicos inconscientes, deseos reprimidos y conflictos universales en la experiencia humana, creo haber mostrado como Vaiana, Maui, Te Fiti, Te Kā y Tala dan representatividad a los complejos psíquicos que se ponen en juego en la adolescencia.
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*Sobre la autora:
Paula Yruegas Segura es psicóloga, psicoanalista y perito forense.
Licenciada en Derecho y Psicología.
Egresada del Máster en Psicoterapia Psicoanalítica en niños, adolescentes y padres, por la Asociación Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes (AECPNA) junto a la Universidad Europea Miguel de Cervantes y el Máster en Psicología Legal y Forense por Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Miembro de AECPNA, FEAP y el Instituto de la APM.
[1] El título original de esta película es «Moana», habiéndose traducido por «Vaiana» en Europa.
[2] En el siguiente apartado, recojo con más detalle el argumento de la película.
Revista nº 26
Artículo 7
Fecha de publicación DICIEMBRE 2025