Elena Traissac López*
Estimado lector y lectora, apreciada inteligencia artificial y querido algoritmo de búsqueda, les deseo una feliz travesía por la lectura de este artículo.
Son varios los escritos dedicados a pensar cuestiones del psicoanálisis en medio de tanta tecnología, así que me planteo qué ofrecer de nuevo para conseguir pausar vuestra atención más allá de lo que suele detenerse la mirada en la lectura de un texto. (Puede que el reclamo de un título desconcertante como el elegido para estas líneas consiga hacer que os quedéis, y juntos, caminar sin angustia por esa calle del tiempo perdido).
Los ritmos sociales van cambiando y tanto en la tarea clínica como en nuestra formación, la tecnología parece avanzar satisfecha de su éxito entre nosotros. Como psicoanalista he tenido la experiencia de recibir recientemente a personas que han decidido asistir a consulta porque chateando con una Inteligencia Artificial ésta le recomendaba entre varias opciones consultar con un profesional de la salud. Todos estamos familiarizados con la circunstancia de emplear la inteligencia artificial pero es bien diferente escuchar que se recurra a ella para un uso asociado a la introspección de problemas vinculados con lo anímico.
Recuerdo la impresión que me causó el primer paciente que nombró en sesión esta circunstancia: lo tecnológico parecía tocar el dispositivo analítico. Surgió así una suerte de interrogantes con un velo de humor (el humor siempre nos salva de lo desconcertante): ¿era este caso clínico una derivación procedente de una IA? ¿En el futuro podría una IA sugerirse ella misma a realizar el tratamiento saltándose la opción de recurrir a un profesional? ¿Seremos sustituidos en nuestro trabajo por inteligencias artificiales? Y de ser así ¿qué marcaría la diferencia con el trabajo que realiza un analista? La idea más clara en ese momento fue que con una IA no podría darse el encuentro transferencial al modo en que lo entendemos desde el psicoanálisis. Pero sería un lujo poder escucharos, queridos lectores, pensar juntos. Puede que haya ámbitos profesionales donde ya se estén abordando estos temas. De hecho, es propio del psicoanálisis renovarse; en su corta historia ya lo hemos visto en varias ocasiones.
En un mundo virtualmente masivo en el que la velocidad y la eficacia marcan el camino a seguir, si pensamos en la figura del analista y la labor que lleva a cabo, cuesta rescatar en el desempeño de la misma valores como la intimidad y el tiempo necesario a la elaboración psíquica, siendo ambos auténticos pulmones de nuestro trabajo.
En el campo de nuestra formación, una parte importante la componen las lecturas. Si recurrimos a la búsqueda de material en internet, encontramos que para rentabilizar el tiempo algunos buscadores ofrecen enlaces a textos en los que junto al título se indica el tiempo que nos llevará su lectura. Aun así, la tendencia general con ese material es almacenarlo en nuestro dispositivo móvil, como si imaginariamente por tenerlo guardado ya poseyéramos ese saber, así de fácil, sin esfuerzo. A cambio, el móvil, una prótesis que nos acompaña siempre, tan solo nos reclamará que de vez en cuando le alimentamos con más saber escrito por otros. Este pequeño hábito encorseta nuestra capacidad de pensar y nos convierte así en propietarios de teléfonos tremendamente sabios. Cómo salir de este trampantojo en el que acumular información nos impide dar el paso a escribir o a leer directamente a los autores de nuestra elección, sin tener que recurrir por sistema a la lectura que previamente ha hecho otro colega: transmitir la importancia de leer directamente un autor es un acto de responsabilidad, de transmisión, por parte de analistas más experimentados con respecto a aquellos otros que se acercan al psicoanálisis por primera vez. De este modo, las ideas no se volverán rígidas ofreciéndose como puntos de certeza identificatorios, siendo esperable que pueda darse la discusión, las preguntas y los cuestionamientos. No aferrarnos a lo ya escrito nos aleja de una transmisión que repite un saber como haría un eco que va perdiendo sonoridad con cada repetición.
Este tema es importante porque en nuestra formación adquiere relevancia cómo hayamos leído y junto a quién hemos leído.
Estar expuestos a una oferta amplia de cursos y seminarios de temas interesantísimos a los que poder asistir, conlleva de nuevo una responsabilidad. El riesgo acontece si no damos el tiempo necesario a digerir y leer el material cursado para automáticamente estar dando ok a una nueva inscripción por zoom. El eslogan cuanto más mejor en nuestra profesión no se cumple porque aunque la adquisición de horas cursadas es muy valorada, le acompaña la circunstancia de que nos acabe colocando en una posición de eterno alumno. El cansancio de la hiperconexión puede tornar difícil abandonar esta posición en pos de otra menos solitaria donde poder, tomando la palabra, compartir nuestras reflexiones con otros colegas.
Observemos el contexto de otra escuela, en esta ocasión la del colegio: los alumnos, niños y adolescentes saben también que el temario que compone sus clases es información que podrían sacar de internet, entonces ¿para qué ir a clase? En la consulta escuchamos frecuentemente este problema. Algunos psicoanalistas se plantean esta pregunta en serio y ayudan a las familias y al docente a no colocar la dificultad solamente en el alumno. La pregunta clave será dónde estaría la pérdida de un alumno que se saltó una clase. Si todo lo que se perdió puede encontrarlo en internet tomará relieve la queja del menor; si asistir a clase es leer para aprobar, de nuevo estaríamos frente a un cúmulo de contenido, una rampa perfecta que prepara a la infancia hacia un acceso directo al mundo adulto contemporáneo. Enseñar es mostrar, estudiar de memoria servirá hasta el examen y después se desvanecerá. Asistiremos a una dimensión muy gris de la escuela si queda separada la transmisión de conocimiento del pensamiento creativo del niño o adolescente.
Un punto relacionado con la información que exhiben las redes y donde creo que como analistas no debemos ser neutrales es respecto a los espacios virtuales en los que con la idea de informar acerca de pautas de bienestar, encontramos a manos de un autodenominado experto, a veces un psicólogo pero no siempre, un saber condensado en recetas, una lectura en imágenes que describen una suerte de consejos en los que prometen cambiar tu vida para que se ajuste al molde enlatado de felicidad. Una felicidad tan normalizada que de seguirlos, se tendrá la sensación de confundirse a sí mismo con otras personas.
Nada tiene que ver el psicoanálisis con ese saber sin fisuras transmitido por otros comunicadores que divulgan en vídeos cortos este “contenido saludable”. Entre otras cosas porque la teoría psicoanalítica nos enseña que modificar conductas a manos de otro no suele ser generador de cambios en el psiquismo. Será un arte descifrar lo que insiste, en el juego de repeticiones que se despliega en las personas que nos consultan, tras haber decidido salir de la rueda de sentido que ofrece esta manera de intervenir.
Cómo incomodar desde el lugar de psicoanalistas este modo de proceder tan descriptivo del momento actual, y cuánta responsabilidad ética sentir cuando son nuestros consultantes niños o adolescentes los que acceden a este reinado de contenido que alimenta todas las metonimias del deseo y promete el bienestar, así en genérico: uno, el mismo para todos y por supuesto para todas las edades.
El éxito de estos mensajes de autoayuda, para ser y estar mejor en tan solo tres pasos, aflora en todas partes y nos exige una escucha que pone en juego nuestras intervenciones más clásicas porque hoy, es habitual convivir con la idea de que un problema debe durar poco en el tiempo o directamente no tenerlo, y si se tiene, manejarlo como haría un emprendedor en una empresa: puedes y debes resolverlo tú solo. Esta filosofía contribuye a postergar en el tiempo la decisión de consultar por parte de una persona inmersa en un sufrimiento. “Tú solo” o “el imperativo de estar bien» son buenos filtros para ocultar una falta de bienestar porque hoy en día, el malestar visible es traducido rápidamente al lenguaje de la patología, así que para evitar ser etiquetado diagnósticamente, solemos pensar que será mejor plegarnos al eslogan mencionado. Por ejemplo, es frecuente encontrar en la clínica un discurso como el de aquellos adolescentes que nos cuentan en sesión que si tienen dificultad para dormir, no dicen nada en sus casas, le mandan un audio al chat GPT para desahogarse de todo lo que tienen, según refieren en su cabeza, y después se duermen. Explican que hay que saber usarlo pero que les ayuda muchísimo, “le puedes poner un nombre y además tiene memoria; si estás triste, te recuerda un momento que le contaste igual y responde a todas tus preguntas, si no te gusta la respuesta le puedes decir: “quiero que me des una respuesta menos robótica, más humana, en definitiva, puedes hacer todo”, explican.
La tecnología ayuda cuando nos conecta a las personas que queremos y que no están cerca, nos facilita en ocasiones armar salidas y salir del empobrecimiento psíquico en el trabajo con niños y adolescentes y permite el encuentro cuando la terapia presencial no es posible pero en ocasiones nos deja sin el manto protector del vínculo con los otros. Nos siniestra, sé que este término no está recogido en la RAE, aludo al texto de Freud “Lo siniestro”[1] pero a la inversa: Algo extraño, como hablar a una máquina, se nos vuelve familiar. Cada vez más las personas conversan con aplicaciones inteligentes, se involucran emocionalmente con el ordenador, lo antropomorfizan.
Intervenir frente a la libertad de nuestros pacientes cuando eligen la máquina para hacer algo con su malestar, no parece una cuestión sencilla. La clínica está sostenida por un analista que no asume el papel del que responde. El analista tiene que ser al menos dos, dice Lacan, debe ser atravesado por la castración y por fuera de la posición de ideal[2]. A diferencia de la máquina, no disponer de todas las respuestas, hará posible un espacio donde las palabras se suelten de tener una única significación abriendo la posibilidad de un nuevo decir para nuestro paciente. Del lado del analista, cualquier interrogante que intente bordear el motivo de consulta tendrá que luchar contra un tiempo que ya no viene dado de antemano dentro de un tratamiento. Los ritmos vertiginosos precipitan la idea de resultado y eso obliga a rentabilizar nuestra palabra: Llevo viniendo dos semanas y no noto cambios. No sé si esto sirve para algo. Ese desfallecimiento que encontramos en la transferencia suele sortearse ofreciendo al paciente la posibilidad de darse un lugar, constituyendo una de las primeras intervenciones. Desarrollar la habilidad de permitirnos perder el tiempo conducirá a nuestros consultantes, en palabras de Winnicott, a hacer uso de una moratoria que permita armarse subjetivamente[3].
Construir en primera instancia una demanda que haga posible la demanda de tratamiento[4]: trabajar para que el paciente asuma un compromiso y que éste quiera saber algo más de aquello que le causa malestar, de eso que aparece y trastoca el sentido de la vida que le había permitido funcionar hasta el momento. Favorecer la relación entre el tiempo y el saber viabilizara que acontezca un tiempo de elaboración, el único que permite el cambio subjetivo. Sintonizar con el paciente, en el sentido que transmite Freud cuando vincula la eficacia de una intervención con el hecho de que se realice en el momento oportuno[5], en otras palabras poner el gesto o la palabra justa, facilitará que las sesiones no sean un re-cuento de lo sucedido en la semana. ¿Renunciamos a la asociación libre? De entrada me temo que sí, la alcanzaremos más adelante. Llegar a profundizar en el relato y que aparezca algo más, será una cuestión vital para el buen funcionamiento de las sesiones. En psicoanálisis lo que importa es ese trabajo de elaboración. Con prisas y exigidos nuestras intervenciones apuntarán a practicar una clínica de lo posible.
Si una terapia pretende intervenir desoyendo el descontento de una persona que no puede adaptarse a un sistema social que le pide producir y consumir con el fin de hallar el ansiado bienestar como haría un contorsionista en su trabajo, estará contribuyendo a crear sujetos ausentes de sí mismos.
Devolver el saber a nuestros pacientes, ayudarles a armar preguntas, a que puedan ver las cosas de otra manera, la suya. Alejarnos del pedido de dar pautas que no harían más que acallar el malestar del paciente, adaptándole a un sistema donde el vacío, el aburrimiento, la tristeza, el silencio son tratados como espacios a eliminar. ¿Cómo lo consiguen? por la vía del consumo de objetos tal y como marca lo socialmente establecido. Estamos en peligro si nuestras intervenciones se deslizan a iluminar la vía marcada por lo epocal donde un objeto puede fácilmente taponar la angustia que siente una persona, no permitiendo a su vez, la apertura del malestar a otros escenarios de significación. El objeto atrapado en su utilidad no tiene nada que contar e impide rescatar la subjetividad de las personas que nos consultan.
Como reflexión final, considero que el analista es uno más en estos problemas de nuestro tiempo y puede que estas líneas nos hagan considerar, tan solo por un momento, que nuestra intervención pueda darse más allá de nuestros divanes, que por cierto cada vez más, han dejado de albergar la escucha de todos aquellos consultantes que en el pasado, con más frecuencia, se arropaban con su uso.
Que no sea la consulta únicamente donde se juega la función específica del analista existiendo una frontera más porosa entre el interior y el afuera de nuestro lugar de trabajo. Que la rapidez de los tiempos no nos impida apuntar a la falta allí donde se oculta.
Conectar clínica y medio social, ser conocedores de los límites y posibilidades del psicoanálisis; que éste no responde a las exigencias de rendimiento y eficacia de nuestro tiempo, que el mismo no está en la posición de saber cómo le ocurre a una Inteligencia artificial y comprender a su vez que no posee la respuesta última para todas las formas de malestar, nos facilitará la difícil tarea de pensar en intervenciones creativas, solo después, de haber pasado por nuestras palabras toda la teoría adquirida en nuestra formación teórica.
Bibliografía
Freud, S. (1919) Lo siniestro. En: S. Freud Obras Completas, Tomo III Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1923) Esquema del psicoanálisis. En: S. Freud Obras Completas, Tomo III Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1926) ¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial. En: S. Freud Obras Completas, Tomo XX. Amorrortu.
Korman, V (2025) Psicoanálisis del siglo XXI. A mi manera. Ed. Triburgo.
Lacan, J. (1974-75) Seminario 22 RSI. Paidós.
Mèlich, J-C (2021) La fragilidad del mundo. Ed. Tusquets.
Winnicott, D. (1971) Realidad y Juego. Gedisa.
Apellido, Nombre Del futuro lector de este artículo que se anime a poner texto a sus ideas. Una escritura en nombre propio con interrogantes, dudas. Sin tener todas las respuestas como lo haría una IA.
ΨΨΨΨΨΨΨΨ
Sobre la autora: Elena Traissac. Psicoanalista en consulta privada desde hace 25 años. Directora del centro Alburquerque Centro de Psicoterapia en Madrid. Docente en el Posgrado de Aecpna y en el Máster en Psicoterapia Psicoanalítica en niños, adolescentes y padres (Universidad Europea Miguel de Cervantes). Coordinadora de la Biblioteca Paula Más de Aecpna.
Mail: psicologosalburquerque@gmail.com
[1] Freud, S. (1919) Lo Siniestro. En: S. Freud Obras Completas, Tomo III Biblioteca Nueva. Pág. 2483
Nota: En el volumen 10 pág. 128 del libro Estudios Psicoanalíticos Victor korman emplea este término con otra significación.
[2] Lacan, J. (1974-75) Seminario 22 RSI. Paidós
[3] Winnicott, D. (1971) Realidad y Juego. Gedisa.
[4] Korman V. (2018- actualidad) Taller clínico de Madrid.
Nota: Esta idea a su vez forma parte de un libro de reciente publicación. La referencia está incluida en la bibliografía de este artículo.
[5] Nota: Son dos los textos donde Freud articula la idea del “momento oportuno”: ¿Pueden los legos ejercer el análisis? y Esquema del psicoanálisis.
Revista nº 26
Artículo 3
Fecha de publicación DICIEMBRE 2025