Me despierto pensando en una oscuridad otoñal. Llega un pensamiento difuso: las ideas se hacen imágenes en el recuerdo de una paciente que intentó quitarse la vida. Su padre quedó debiendo varias sesiones del tratamiento de su hija, criticando la falta de objetivos concretos en el proceso; expulsando al analista, irrumpiendo en el encuadre terapéutico y arrancando de la transferencia el deseo de su hija. Su madre, con historial depresivo, hace silencio ante semejante ruido enloquecedor.
La autora argentina Samanta Schweblin premiada internacionalmente por su magnífica literatura profunda, indaga el alma humana en su existencia. En su libro El buen mal, comienza con un personaje que se encuentra debajo de un lago profundo y denso; su cuerpo está atado a sogas con piedras. Describe sus sensaciones en la piel por la presión del agua y su respiración enlentecida, hasta que en un momento la soga se suelta lentamente de su piel marcada, se resbala y asciende despacio a la superficie. En una entrevista, Schweblin cuenta que le fascinaban esos bordes entre la locura demencial de su abuela, su despersonalización y su desconexión de la realidad; desde allí, la autora podía sentarse a escribir durante la noche entera, tomada por esa inspiración que el filósofo Nietzsche llamó «momento sagrado».
La paciente, en una de las últimas sesiones, relata que, ante el vacío de soledad que le genera el distanciamiento de uno de los novios de ese momento ,tomó más dosis de la medicación indicada por su psiquiatra. Luego, al transcurrir la sesión, le muestra a su analista un corte en su cuerpo, sin recordar bien la secuencia temporal del hecho, ya que estaba bajo el efecto de las pastillas en el momento en que se automedicó. En otra sesión, cuenta la paciente que, hace unos días, volvía llorando de la casa del novio desde el conurbano hacia ciudad de Buenos Aires, y sintió un fuerte deseo, una tentación al mirar las vías del tren, de arrojarse a ellas para dejar de sentir tanto dolor en su cuerpo-alma. El analista aloja, escucha y contiene, hasta despedir con un abrazo a la paciente del consultorio.
Luego de un tiempo, el analista decide romper el secreto profesional – con sus riesgos-para comunicar este hecho al psiquiatra a cargo. Éste no toma decisiones al respecto, mientras que el padre de la paciente continúa criticando agresivamente al analista y acumulando sesiones adeudadas, con la madre en silencio.
El analista, disociado instrumentalmente pero también conmovido, se apoya en su supervisión para frenar el tratamiento y derivar a la paciente a un dispositivo institucional. La adolescente agujerea el dispositivo en el consultorio privado con sus actuaciones repetitivas. ¿Cómo podemos pensar las primeras entrevistas con pacientes graves? ¿Cuándo un paciente debería quedar por fuera del encuadre terapéutico individual antes de comenzar el tratamiento? ¿Cómo puede tolerar el analista la angustia contratransferencial luego de acompañar y sostener durante más de dos años el tratamiento, siendo criticado agresivamente por la familia de la paciente?
“El sufrimiento de una adolescente que ya no quiere vivir, dentro de una dinámica familiar escindida”.
Retomando el personaje de Samanta, la mujer sale del lago desconcertada. Camina a esas horas de la mañana, vacía, sin pensar. Entra a su casa y sus niñas le preguntan: “¿Dónde estabas, mami?”. Abrazan a su madre. La ropa de la mujer continúa húmeda por el aire fresco del otoño. Camina a la cocina y comienza a preparar el desayuno para sus hijas. El marido despierta, le da un beso al pasar y la mujer, sin sentir nada, como apagada, camina en automático y se baña para sacarse la ropa que, una hora antes de llegar a su casa, vestía su cuerpo atado a piedras en el fondo del lago, dejando de respirar.
La metapsicología, el pictograma, el fantasma, el falso self y sus organizaciones son los desbordes psíquicos que disrumpen el dispositivo en el barro de la clínica actual con adolescentes. Solo la firmeza del analista, asumida luego de supervisar el caso, lo coloca en una posición subjetiva adecuada —o intenta hacerlo— para realizar una derivación a un encuadre institucional. Las sesiones adeudadas siguen de esa manera. La adolescente dice: “Hasta mi psicólogo me quita mi padre”. La paciente, con lágrimas en los ojos, es la única que agradece al analista: “Gracias por acompañarme todo este tiempo”.
Hugo Lerner, tan criticado por el estructuralismo, es un autor que sin embargo nos ayuda con sus indicadores en pacientes fronterizos y nos alivia en la soledad de la clínica con pacientes graves. En estos casos o con estas personas, percibimos un Yo precario del paciente donde la angustia es automática y actúa compulsivamente. El mecanismo troncal de escisión cristaliza el pensamiento; lo tanático avanza a pesar del alojamiento transferencial del analista. El apego y el rechazo de la paciente en los vínculos dejan a la adolescente abandonada en una tristeza blanca, desértica, mirando las vías de un tren que nunca pasó.
Lic. Ezequiel Borracer. Psicólogo Clinico.
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Bibliografía
Hugo Lerner (médico psiquiatra/psicoanalista, APA/APDEBA)
Schweblin, S. (2025). El buen mal. Penguin Random House.
