Entre las distintas modalidades de intervención en la clínica infantil ocupa un lugar particular el trabajo terapéutico centrado en el vínculo entre el niño y sus figuras parentales donde el sufrimiento no puede localizarse exclusivamente en el niño ni tampoco únicamente en los padres, ya que lo que aparece comprometido es la relación misma. En estas situaciones, intervenir únicamente sobre uno de los polos de la relación suele resultar clínicamente insuficiente. El trabajo individual con el niño puede verse limitado cuando las experiencias vinculares que sostienen el malestar permanecen inalteradas en la vida cotidiana. Del mismo modo, el trabajo exclusivo con los padres puede encontrar obstáculos cuando las dificultades se actualizan fundamentalmente en la interacción concreta con el hijo.
Las intervenciones centradas en el vínculo parten de una lógica diferente. Se trata de convertir la relación misma en objeto de observación, comprensión y transformación.
El encuentro terapéutico ofrece entonces un espacio privilegiado para observar cómo se construye el vínculo, cuáles son sus puntos de interrupción, qué modalidades de reconocimiento circulan entre sus integrantes y qué formas de encuentro permanecen inhibidas o imposibilitadas. El analista trabaja con aquello que sucede entre ambos, porque hay situaciones en las que el sufrimiento no se aloja en ninguno de los protagonistas de la historia, sino en aquello que no ha podido acontecer entre ellos.
Una ilustración clínica
Lucía tenía cuatro años cuando sus padres consultaron. Llegaron a la entrevista cansados, irritados y profundamente desalentados. Describían a su hija como una niña permanentemente enfadada y donde los berrinches ocupaban gran parte de la vida familiar. Pegaba a otros niños, mordía, empujaba y reaccionaba con intensa agresividad frente a cualquier frustración. Comer, bañarse o acostarse podían transformarse en batallas campales Lo único que parecía tranquilizarla era permanecer durante horas frente al televisor. Intentar salir de casa se había vuelto prácticamente imposible. Si proponían un paseo, Lucía se enfurecía, gritaba, pegaba o se tiraba al suelo. Poco a poco habían ido renunciando a cualquier actividad que anticipara conflictos: —Hemos tirado la toalla —decían—. Preferimos evitar las peleas.
Cuando les pedía que me hablaran de Lucía, de cómo había sido de bebé o de sus primeros años de vida, apenas aparecían recuerdos relacionados con ella. La madre intentaba responder, pero una y otra vez terminaba relatando discusiones con el padre, escenas de tensión, críticas y reproches. El padre describía una convivencia marcada por los enfrentamientos constantes y reconocía haber pasado fuera de casa todo el tiempo que le era posible: —Pensé que con el nacimiento de la niña las cosas mejorarían —dijo—, pero fue todo lo contrario. Estaba mejor fuera de casa, trabajando.
El relato de la madre me recordaba a las madres que han atravesado una depresión posparto, sin embargo, no se trataba exactamente de un vacío de recuerdos, más bien parecía que otras escenas ocupaba todo el espacio mental disponible. Cuando intentaba acercarse a los primeros tiempos de Lucía aparecían inmediatamente los recuerdos de las discusiones con su marido, las críticas constantes y la sensación de estar siendo juzgada como madre. Todo parecía indicar que, durante aquellos primeros años, el conflicto conyugal había absorbido gran parte de la energía psíquica de ambos. A las críticas del marido se sumaban también las de su propia madre, que cuestionaba permanentemente sus capacidades maternales. La madre podía recordar con enorme precisión cada una de aquellas situaciones. Sin embargo, cuando se trataba de Lucía, el relato se empobrecía hasta casi desaparecer. En un momento de la entrevista dijo, con gran tristeza: —Mamó mal rollo. Tal vez es verdad. Y lo mío fue muy mala leche, nunca mejor dicho.
Cuando vi a Lucía por primera vez, me encontré con una niña con una marcada dificultad para organizarse y sostener un intercambio conmigo, su lenguaje estaba compuesto en gran medida por frases tomadas de películas que veía repetidamente. dejaba, los volvía a coger, mientras repetía fragmentos de diálogos que parecían no dirigirse a nadie sin ser ecos de programas de televisión. No tenía dificultades para separarse de su madre al entrar, pero tampoco parecía experimentar especial interés por reencontrarse con ella al finalizar la sesión. Si le decía: —Estás en la película para no estar conmigo, Lucía me miraba y continuaba haciendo exactamente lo mismo, dando la sensación de que no existía para ella.
A partir de la desorganización de la niña, del intenso sentimiento de culpabilidad de la madre y de las dificultades que ambas mostraban para encontrarse, decidí orientar el trabajo hacia un dispositivo vincular.
Durante las primeras sesiones resultó evidente que la principal dificultad no residía únicamente en Lucía. Tampoco exclusivamente en su madre. Lo que aparecía comprometido era el encuentro entre ambas. A veces intentaban jugar a la pelota, pero el intercambio duraba apenas unos minutos antes de transformarse en una actividad mecánica y vacía, entonces Lucía comenzaba entonces a deambular por la sala mientras la madre se angustiaba progresivamente. Llamaba especialmente la atención la forma en que se dirigía a su hija, —¿Quieres jugar a la pelota con la mamá? —¿Quieres hacer un zoo con la mamá? Hablaba de sí misma en tercera persona. Como si la posición materna no hubiera podido ser habitada plenamente. Como Lucía no respondía, la madre quedaba rápidamente desconcertada, entonces la niña se refugiaba en actividades solitarias mientras la madre terminaba buscándome a mí como interlocutor. Cuando una se retiraba, la otra también lo hacía. Nada parecía convocar el encuentro. Nada parecía despertar el deseo de estar juntas.
Durante mucho tiempo mi trabajo consistió en ofrecer un espacio donde las experiencias emocionales que circulaban entre madre e hija pudieran comenzar a ser nombradas. La desconexión de Lucía, la frustración de la madre, las retiradas mutuas, la tristeza y la sensación de fracaso que se instalaba entre ellas aparecían repetidamente en las sesiones sin encontrar una forma de ser reconocidas o pensadas.
Por ello, mi intervención consistía en señalar aquello que ocurría entre ellas, los efectos que producían la una sobre la otra y los estados emocionales que parecían circular sin pertenecer claramente a ninguna de las dos, intentando construir con mis palabras una trama de significados allí donde predominaban experiencias emocionales poco representadas.
Pensado retrospectivamente, quizá este trabajo – que podemos asemejar a la función reverie- contribuyó a crear las condiciones necesarias para que algo de la experiencia pudiera comenzar a simbolizarse. Antes de que apareciera el juego fue necesario que aquello que se actuaba y se evacuaba encontrara un lugar donde ser alojado psíquicamente. No sé en qué medida contribuyó a las transformaciones posteriores.
Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a hacerse posible algo que inicialmente parecía fuera de todo alcance, porque meses después ocurrió algo inesperado, Lucía propuso jugar al mercado.
Colocó dos sillas enfrentadas que representaban dos puestos. En uno me situó a mí; en el otro se colocó ella. La madre sería la clienta. La escena tenía una estructura sorprendentemente estable. La madre acudiría primero a mi puesto: —¿Tiene pan?, debía preguntar la madre—No, no tengo; debe responder—¿Tiene leche? —No, tampoco. Entonces, siguiendo estrictamente las indicaciones de Lucía, su madre debía entristecerse, y ponerse a llorar. Era entonces cuando yo debía consolarla y dirigirla hacia el puesto de Lucía, diciendo: —No se preocupe, creo que allí tienen (indicando el puesto de Lucía). La madre se acercaba entonces al puesto de su hija: —¿Tienes pan? —¡Tengo! —¿Y leche? —¡Tengo! Y la madre debía de ponerse contenta.
El juego se repitió durante semanas. En una de aquellas sesiones la madre comenzó a exagerar su entusiasmo cada vez que encontraba aquello que buscaba. —¡Qué suerte! ¡Justo lo que necesitaba! Y entonces Lucía sonreía.
La escena se repetía una y otra vez. Cuanto más mostraba la madre su satisfacción, más cosas parecía encontrar Lucía para ofrecerle, como si el juego se organizara alrededor de una pregunta: ¿habría algo en Lucía capaz de despertar el interés de su madre?
Cada vez aparecían nuevos productos, nuevos alimentos y nuevas situaciones. El juego se repite, una y otra vez, sesión tras sesión, enriqueciéndose, ampliándose; el mercado con sus puestos comienza a cobrar vida. Lucía parece querer mostrarle a su madre que tiene cosas valiosas que ofrecerle; que algo rico hay en ella que puede despertar el deseo de su madre por ella. Y así lo voy interpretando. El juego se despliega. Aparecen alimentos, comidas, escenas compartidas. La madre cocina con lo que compra en el mercado y espera a su hija a quien ha invitado a merendar; así el mercado empieza a transformarse en un hogar donde una madre espera deseosa a una hija en su casa.
Lucía parecía intentar mostrarle a su madre que tenía algo valioso para ofrecerle, algo capaz de despertar su interés, su curiosidad y su deseo. La niña que inicialmente parecía indiferente al encuentro organizaba ahora una escena en la que podía alimentar a una madre que llegaba necesitada.
Con el paso de los meses, el mercado fue desapareciendo. Como ocurre con algunos juegos, dejó de ser necesario. Había surgido en un momento preciso y para responder a una necesidad precisa. Durante mucho tiempo madre e hija habían permanecido juntas sin lograr construir una experiencia compartida. Allí donde cabría esperar curiosidad, interés o placer por el encuentro predominaban la retirada, la desconexión y la dificultad para reconocerse mutuamente. El mercado introdujo una escena diferente. Allí donde la madre encontraba un puesto vacío, Lucía tenía algo para ofrecer. Allí donde la madre se entristecía, ella aparecía como alguien capaz de responder a su deseo. Una y otra vez le mostraba que había algo en ella digno de interés, algo que podía ser recibido, deseado y valorado. Tal vez por eso el juego adquirió tanta importancia al permitir que ocurriera algo que hasta entonces no había encontrado un lugar donde desplegarse. El juego no representaba un vínculo, contribuía a crearlo.
Mirado retrospectivamente, resulta difícil separar ese momento de todo el trabajo previo que lo hizo posible. Durante meses la tarea terapéutica había consistido en intentar ofrecer un espacio donde experiencias emocionales escasamente representadas pudieron ser alojadas, pensadas y progresivamente ligadas a una trama de significados. Antes de que apareciera el juego fue necesario que aquello que circulaba bajo la forma de la desconexión, la retirada o la actuación encontrara alguna posibilidad de representación. Resulta difícil saber qué fue exactamente lo que se transformó primero, si fue el juego el que hizo posible el encuentro o si fue el encuentro el que comenzó a hacer posible el juego. Probablemente ambas cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Gabriel Ianni
