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Trabajando con unos padres para construir una familia*

Maria Gertrudis Castro Blandón** y Adriana Szlifman Gersztein**

Presenta Iluminada Sánchez García***

Presentación introductoria

-El caso que nos ocupa en esta ocasión plantea una cuestión especial: la del analista ante la excepcionalidad y la flexibilidad del dispositivo y su encuadre; además de lo que propone, respecto a la clínica, la pareja en terapia, sus características, circunstancias relacionales y sintomatología.

-Si bien el psicoanálisis, navega desde una estructura en tensión entre la teoría y lo que suscita la clínica, donde en el caso por caso confronta continuamente la singularidad de cada sujeto, exigiendo una escucha abierta a lo imprevisto y cada intervención precisa de una creatividad forjada en esa tensión teórico-clínica, las características de un determinado caso, por su parte, pueden requerir o hacer pensar en un dispositivo y/o encuadre excepcional.

-Lo excepcional puede surgir desde lo circunstancial, es decir, situaciones como padres separados, que alguno de los padres tenga frecuentes viajes, o que hayan fallecido y estén a cargo de los abuelos, o que sea necesario recurrir al modo online por distancia o cuestiones que salgan al paso, o que la atención sea en un marco institucional y haya que acomodarse a protocolos de un centro… También puede surgir por factores internos de la problemática que plantea el caso.

Pero antes, para situar más claramente lo excepcional de este caso que nos presentarán A. Szlifman y G. Castro, diferenciándolo de lo que suele ser habitual en nuestra tarea con los padres, quisiera recorrer al menos someramente las dos vertientes propias de dicha tarea; es decir, de qué hablamos cuando nos referimos al trabajo con los padres. Podemos contemplar dos variantes:

Una, donde se trabaja con los padres a lo largo del proceso terapéutico del niño o adolescente. Trabajo este que se contempla en su especificidad en cuanto a los objetivos y la técnica, siendo una tarea necesaria ante cualquier caso donde se consulta por un menor, donde la escucha de los padres estará centrada en conocer las dinámicas relacionales, el lugar que le dan al hijo, el contexto donde está construyendo su subjetividad y lo que circula en los vínculos. Recogeremos y analizaremos la demanda, propiciando un espacio de contención y reflexiones conjuntas a la búsqueda de todo aquello que aporte comprensión al malestar, a la sintomatología y al sufrimiento.

En esta tarea cabe subrayar que los padres no serán nuestros pacientes, sino aquellos a quienes daremos un lugar —desde las entrevistas preliminares y a lo largo del proceso terapéutico— correspondiente a la impronta que tienen en la vida de su hijo. Un lugar necesario tanto para ellos, como para nosotros como terapeutas y así mismo para el chico.

Consultar y/o tener un hijo en terapia conlleva y suscita muchas emociones encontradas: expectativas, temores, fantasías, heridas narcisistas; inquietudes que precisan ser recibidas, atendidas, escuchadas y contenidas. Hemos de contar con sus resistencias y transferencias, que, de no ser consideradas y abordadas adecuadamente, tanto en la etapa diagnóstica como a lo largo del tratamiento del niño, podrán impedir la alianza suficiente que posibilite nuestra intervención y la continuación del tratamiento del chico.

Serán colaboradores de excepción y parte importante del diagnóstico dada la información valiosísima que pueden aportar. Asimismo, con el niño resituaremos lo que se juega desde su propio lado, su deseo, y, como queda enmarcado en su contexto interrelacional.

Son dos mundos diferentes que interactúan, siendo que el chico está en situación de dependencia. Considerar esa doble panorámica lleva a lo que llamamos La Doble Escucha: escuchar a los padres y al hijo que estos portan en su discurso. Independientemente de escuchar, claro está, a nuestro paciente.

La otra vertiente del trabajo con padres hace referencia a una tarea con funciones terapéuticas de los vínculos de la pareja parental y las concomitancias con la relación de pareja. Indicación de enfoque que suele venir derivada de las marcadas dificultades de la pareja parental, por ejemplo, para aceptar y discriminar lo propio de ellos y lo del hijo; y/o dificultades de separación y asunción de las diferencias o dificultades de pareja que interceptan sus funciones parentales.

En estos casos, el terapeuta del niño trabaja con los padres la necesidad de que emprendan una tarea aparte con otro terapeuta, y les deriva a un profesional que trabaje con parejas de padres.

Esto, sin desmedro de que acudan a los encuentros con el terapeuta que trata al niño.

Del mismo modo, podemos encontrarnos con que uno de los padres manifieste dificultades, donde proceda derivarle a un proceso terapéutico individual.

Valgan estos breves apuntes para situar la excepcionalidad del caso que nos ocupa hoy, diferenciando lo singular que siempre encontraremos en cada caso de aquello que marcadamente lo excede, creando la dificultad o imposibilidad de abordarse en los marcos habituales.

Las ponentes nos explicarán por qué este es un trabajo terapéutico cargado de excepcionalidad. No es propiamente un trabajo con padres, tal como hemos contemplado en las dos vertientes descritas, ni deja de serlo, asemejándose, a la segunda modalidad que he mencionado: un trabajo terapéutico con la pareja donde surge y se aborda la parentalidad afectada por la patología individual y vincular.

Este caso ilustra muy bien cómo el terapeuta puede verse inesperadamente ante circunstancias de consulta que le llevan a sopesar, tomar decisiones y adecuar el dispositivo, con el fin de dar una vía terapéutica a quienes nos piden ayuda.

Pocas veces se trata esta cuestión: la excepcionalidad en la consulta. Quizás porque quedan dentro de las cuestiones minoritarias, si hablamos sobre todo de la consulta privada, como en este caso.

Frente a situaciones complejas que entrañan auténticos desafíos, podemos plantearnos 2 opciones: rechazar o derivar el caso, porque nos vemos sin los conocimientos, sin los recursos o sin las energías suficientes como para comprometernos. O, apostar por dar una respuesta buscando un modo de viabilidad de ayuda ante lo que se nos presenta, asegurándonos de tener las condiciones para abordarlo.

Lo excepcional y la consecuente adecuación de un dispositivo suelen ir vinculados a lo que excede los márgenes de la posibilidad del enfoque analítico común o tradicional.

Y lo que excede lo habitual suele ser motor de interrogantes, de búsqueda, estudio y reflexión.

Cuando se flexibiliza el encuadre y el dispositivo en sí, para dar respuesta a una petición de ayuda con características que no se prestan a los procedimientos habituales, la consistencia del método psicoanalítico recae especialmente sobre el Encuadre Interno del Analista. El encuadre tendrá que manejarse prestando una flexibilidad que haga viable la tarea sin perder la esencia de la misma.

Cada cambio o acomodo entraña un esfuerzo y un desafío clínico, ético y teórico que ha de buscar coherencia y rigor.

En cuanto al caso que será expuesto, más allá de la flexibilización y acomodación del dispositivo y aspectos técnicos, es un trabajo que pone sobre el tapete cuestiones recurrentes para los analistas de niños, adolescentes y el trabajo habitual con los padres; cuestiones que surgen con marcado énfasis como: ¿Qué es una familia, más allá, o más acá, de que sean padres e hijos y vivan bajo un mismo techo?

La familia, ese entorno afectivo, que da cobijo, cuidado, amor, identidad… También plantea otras vertientes menos halagüeñas. ¿Cuáles son los conflictos circunscritos a su dinámica? Así como aspectos generales sobre ese ámbito donde el sujeto conforma su vida psíquica: ¿Qué es una familia unida?

Si volvemos la vista al caso de hoy, nos preguntaremos: ¿qué une y qué separa a esta familia? Pregunta esta, que será recurrente cada vez que escuchemos a los padres de nuestros pacientes niños o adolescentes. Nos preguntaremos por el ser junto a otro, el ser pareja, la conformación del nosotros. ¿Cómo está constituido el nosotros de esta familia cuyos padres acuden a consultarnos? Referente a la comunicación y los malentendidos, ¿qué interfiere en cómo se escuchan y qué se transmiten?

A la vez, la parentalidad también nos lleva a preguntarnos ¿qué son los hijos para los padres y qué son sus hijos para estos padres?

Pensar la familia supone el encuentro con incógnitas e interrogantes sobre los vínculos, los lazos, las alianzas, desencuentros, con lugares y funciones, con deseos que generan expectativas e ideales, conflictos y malentendidos, con proyecciones, afectos ambivalentes, rivalidades, luchas, repetición, modalidades de comunicación y transmisión.

Otras interpelaciones estarán en torno a las relaciones que se constituyen fuera de esa primera patria y sociedad que constituye el microcosmos familiar, ese entorno primero: con qué anhelos se va al encuentro del otro; qué mueve la búsqueda de un sujeto hacia una pareja o los modos de establecer o no los vínculos con la otredad. Qué novelas y qué pasiones se guarda de esa historia familiar.

El encuentro con el otro supone el encuentro con la diferencia. ¿Cómo se manejan los integrantes de la familia con las diferencias entre ellos?

Freud decía que a veces el odio une más que el amor. Desde esa óptica, ¿será la unión algo siempre deseable? ¿Es la familia una ficción individual que tiene el semblante de verdad compartida? ¿Qué se comparte, qué une, qué separa en lo familiar? ¿Qué transita en los vínculos de esta familia que consulta por uno de sus componentes? ¿Qué presentan a través de sus dinámicas relacionales? ¿Vínculos, lazos o pactos?

Valga este puñado de interrogantes-de-trabajo como colaboración para la escucha/lectura de este interesante caso que expondrán Adriana y Mª Gertrudis.

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Trabajando con unos padres para construir una familia

Maria Gertrudis Castro Blandón** y Adriana Szlifman Gersztein**

Introducción

A continuación, presentaremos a una pareja de padres, tratados en coterapia, cuyo tratamiento plantea momentos donde el ruido entre ellos nos dificulta el pensar, continuas peleas que ponen en evidencia componentes muy destructivos, y un predominio del lenguaje de acción que nos lleva a sentimientos en ambas de impotencia y desesperación. Y a la vez de todo esto, no dejan de sorprendernos los cambios y transformaciones de ellos en el armado de su subjetividad, y ante las dificultades que se les presentan —la falta de recursos económicos que tienen, es una de ellas— hayan sostenido un proceso de tres años, con una sesión semanal, además de aceptar nuestras sugerencias de que los hijos acudan a terapia individual.

Desde las primeras entrevistas, se pensó en unos padres que, como pareja, estaban muy fusionada, con rígidas defensas (como el pedernal), donde abundaban los grandes desacuerdos, no había verdadera comunicación y muchos gritos, mucho ruido, pero con el intento de seguir siendo una familia.

Podemos decir que desde entonces, estos padres han sido llamados por nosotras Pedro y Vilma, Los Picapiedra. “La familia de los miércoles”.

Presentación del caso

Pedro y Vilma, tienen dos hijos, Moisés (10) y Guadalupe (14).

Si bien la demanda inicial provino de Vilma, en el transcurso de las entrevistas diagnósticas se vio la necesidad de armar, estructurar, y sobre todo promover un encuentro entre los integrantes de esta familia a través de la discriminación y subjetivación de la pareja parental. Según nos dice Sonia Kleiman en Familias con niños y adolescentes, que en muchas familias “los indicios de otredad son evitados, aplacados y desmentidos, generando actos agresivos y violentos. Concluyendo que “El vivir juntos, perteneciendo a un conjunto de relaciones de parentesco, no necesariamente es equivalente a estar vinculados”.

La demanda se inicia cuando la hermana menor de Vilma realiza una llamada de urgencia, a la consulta de Adriana, manifestando la necesidad de que Vilma recibiera ayuda; estaba deprimida y con ideas suicidas.

A la cita acude Vilma acompañada de la hermana mayor, y en ese primer contacto, ambas intervienen relatando la trayectoria de Vilma por todos los tratamientos que había tenido a lo largo de su vida y que en la actualidad seguía con psicofármacos prescritos por un psiquiatra.

Tras su narración de los acontecimientos recientes, se observó que se podía estar agudizando su cuadro clínico, diagnosticado como Trastorno depresivo mayor.

A lo largo de la entrevista se desplegaron las situaciones desencadenantes del estado actual de la paciente.

Tras años de convivencia, se produce en la pareja una ruptura dramática. Pedro, presentaba un cuadro de politoxicomanía y se venía deteriorando la vida en común día a día hasta que, después de una ausencia, Vilma decide no dejarlo entrar en casa y Pedro tiene una conducta violenta que hace que su esposa pida ayuda policial. A partir de ahí, Pedro abandona la casa familiar y queda arrestado una noche en la comisaría. Tras un tiempo de interrupción de la convivencia familiar, Vilma permite que retorne al hogar, con la condición de que vaya a un programa de deshabituación en la entidad Proyecto Hombre. (En el momento de la consulta, él se encontraba asistiendo a terapia de grupo).

El modelo de vínculo fusional entre Vilma y su hijo de diez años, empezaba a mostrar en las conductas del niño, falta de límites, la dificultad para transitar por un proceso de separación, además de continuas llamadas de atención por parte del colegio.

La preocupación de Vilma por su hija, que padece diabetes desde los ocho años y que requería para ella, mantener un control constante de la enfermedad. Guadalupe no tenía conciencia aún de su padecimiento acompañado por su inicio en la adolescencia.

Al finalizar la primera entrevista, se le indica a Vilma que sería conveniente realizar una valoración. Esta propuesta, da lugar a que la hermana acompañante comente:

“Bueno, pues entonces, todos asumiremos los gastos que conlleve, en los que participará también nuestro padre. Nosotros como familia estamos siempre para todo”. Con una verbalización enfática continuó diciendo: “Imagínese que somos una familia tan unida, que Vilma le dio el pecho a mi hijo, cuando yo ya no tenía leche”.

Después de este primer encuentro, si bien Vilma estaba pidiendo ayuda, se planteó el interrogante: ¿era solo ella a quien había que ayudar? ¿Quién era el paciente identificado? Además del agravamiento del cuadro depresivo de Vilma, la situación violenta por la que había atravesado toda la familia, el regreso de Pedro, los hijos como sostén de la mamá (a través de un comentario de la paciente, que ella dejaba la puerta abierta cuando se bañaba por riesgo a que intentara suicidarse). Los niños estaban avisados. En una entrevista posterior, Guadalupe comentó que su tutor le había dicho “que no debía ser la terapeuta de la mamá”.

Después de varias entrevistas individuales, se optó por realizar una valoración familiar. Para ello se recurrió a la psicóloga Gertrudis Castro, que cuenta con mucha experiencia en clínica de la urgencia con familias de menores en centros de acogida.

En esas entrevistas se observó que en la familia no había diferenciación entre sus miembros; si uno decía algo, todos los demás mostraban una agitación emocional, que derivaba en contradicciones, incluir otras casuísticas, superposición continua de intervenciones. Acusaciones de Vilma a Pedro, de los hijos a este. Actitud casi ausente de Pedro. Un ruido, que perturbaba la capacidad de escucha y la imposibilidad, de que se estuviera dando en la entrevista la posibilidad de comunicación entre sus miembros.

Aparece una excesiva preocupación de los hijos por el estado emocional de Vilma, así como una fuerte rivalidad entre los hermanos, que generan en la entrevista discusiones y descalificaciones del uno hacia el otro. Vilma se queja de continuo, sobre las experiencias vividas junto a Pedro, las cuales le han dejado una profunda huella, y manifiesta que no tiene esperanza de poder dejar atrás el pasado. Pedro se muestra callado y a veces culpabilizado. Existía un tono de manifiesta hostilidad de Vilma hacia Pedro y de una actitud de Pedro poco comunicativa que hacía interrogarnos cómo estaría siendo su reingreso en la familia.

Entre las características que detalla M. R. Glasserman en el texto de Las familias gravemente perturbadas, varias de ellas concuerdan con esta familia: creencias rígidas, indiscriminación y borramiento de las diferencias, conflicto autonomía-dependencia, agotamiento individual y familiar, predominio de la endogamia, déficit de funciones paternas y maternas, congelamiento del tiempo en alguna etapa del ciclo vital familiar, oscilación permanente entre excesivos límites subsistémicos o inexistencia absoluta de los mismos, imposibilidad de diálogo, produciéndose un “diálogo monogal”.

A partir de lo observado, decidimos poner el foco de intervención en la pareja, donde vislumbramos además importantes conflictos para ejercer las funciones parentales.

Se les comunicó la manera en que podíamos intentar ayudarles y establecimos un encuadre de una entrevista a la semana durante una hora y quince minutos de duración.

En principio, Pedro se quejó de que habría una merma en la economía familiar, a diferencia de Vilma, que apostó con decisión por la medida que se les proponía. En el transcurso del tratamiento, es Pedro el que defiende que para el tratamiento se “saca el dinero de donde sea”, a diferencia de Vilma, que muestra mayor resistencia a la continuación del mismo.

Iniciaron la psicoterapia que dura hasta hoy en día, con bastante regularidad.

Historia de Vilma y Pedro

Los miembros de la pareja provienen de una vinculación familiar muy diferente. Según la descripción de los modelos que propone E. Pichón Riviére, la familia de Vilma responde a la modalidad “epileptoide”, caracterizándose por la unión excesiva y vínculos pegoteados entre sus miembros, con poca autonomía y roles fijos. Conductas sobreprotectoras, y dificultad para manejar los duelos.

A diferencia de Pedro, cuya manera de relacionarse es propia de una familia esquizoide: tendencia a la disociación y dispersión de los vínculos, y con escasa unidad familiar.

Al intentar describir la historia de ambos, pocos son los datos obtenidos. En el caso de Vilma, su funcionamiento endogámico y sus idealizaciones hacen que las defensas impidan una mirada sobre su historia.

Pedro tiene una pobre simbolización, una mirada muy desvalorizada de sí mismo y una historia de abandono y soledad. Aun así, en el proceso terapéutico pudo ir construyendo poco a poco la narrativa de su infancia y adolescencia.

Vilma

La paciente toma constantemente a su familia de origen como ejemplo, en contraste, según ella, con la de su esposo.

Es la mediana de tres hermanas, planteando en todo el proceso terapéutico, una idealización de sus padres que no admite ningún tipo de cuestionamiento. “Con la mirada de mi padre sabíamos que teníamos que callarnos, y mi madre acordaba con él.”

Pedro

La historia infantil que Pedro transmite es de mucha soledad. Mientras su vida transcurría en la calle, sabía que cuando volviera recibiría un golpe por parte de su padre, manifestando que desconocía los motivos por lo que le pegaban solamente a él. Al preguntarle por su madre, dice que ella estaba ausente; aparece en su relato alguna imagen de ella comiendo en la cocina sin intervención alguna. Pedro es el menor de tres hermanos, con los que no mantiene relación. Cuando tenía seis años, el cura de la iglesia a la que asistía le facilitó acudir a las colonias de verano, siendo una experiencia que le agrada recordar. Acorde a estas experiencias, frente a la crianza reivindica que una buena torta resolvería todos los problemas.

A continuación presentaremos algunas sesiones del proceso.

Breve introducción aclaratoria al fragmento de sesión que se detalla a continuación

Después de un largo periodo de tiempo durante el cual P. viene a las sesiones poco participativo, mostrándose como aislado, cabizbajo, ocultando el rostro, empieza la sesión comentando que está durmiendo mal. Refiere que cuando se acuesta comienza a pensar en lo que viene pasando en el entorno familiar, en las cosas groseras que él dice, en los reproches que le hace V., en la actitud de su hija, en las confrontaciones que tiene con el hijo, en las cosas que en el pasado hizo mal. Dice que en esos momentos, de alguna manera, empieza a escuchar a otro P., al que él representa con un gesto que consiste en llevar su mano derecha que abre y cierra a la altura de la frente, como si la mano, estuviera hablando. (Esta mano-parlante, parece que representa varios personajes o conciencia en P., que han ido apareciendo en este proceso, con funciones diferenciadas de su economía pulsional).

Por ejemplo, en una sesión, P. comentó qué le hubiera gustado hacer al profesor de su hijo, que lo había valorado mal y, según P., chuleándolo. Sus palabras fueron: “Yo iría a verlo, le daría una paliza” y continuó con expresiones agresivas cada vez más intensas. Pedro decía, haciendo el gesto de “mano-parlante”, ese es el lado malo de mí, aunque también dice yo nunca haría algo así.

A pesar del tono agresivo de sus comentarios, vamos observando cómo puede ir verbalizando y mostrándose ante él y los demás. Quedando reflejado en la siguiente viñeta.

Una aclaración importante es que en una sesión anterior, Adriana y yo nos quedamos muy sorprendidas cuando dijo: “A veces me da por escribir”. A partir de ahí, P. empezó a contar que venía escribiendo desde hacía mucho tiempo, que nunca daría a conocer a nadie las cosas que escribía, porque eran “mariconadas”. Cuando en otras sesiones le preguntábamos si había vuelto a escribir, decía que sí, pero que nunca lo mostraría. No podía hablar sobre qué temas escribía. Se veía la resistencia de P. a mostrar este lado de sí mismo. Escribía cuando iba en el camión casi siempre. En algún momento yo le pregunto si cuando escribía sus contenidos eran del estilo de la respuesta al profesor de su hijo. Dijo que no, que siempre escribe las cosas que le gustaría decir, sobre todo a su hija; también a V. Son cosas que me salen y pienso sobre mi vida y que me dan vergüenza, porque son “mariconadas”. Mientras hablaba, se movía en el asiento y escondía nuevamente el rostro.

Podemos decir, que ese día, nos llevó a pensar que, al igual que las marionetas cobran vida, movidas por finos hilos, su gesto y sus palabras estaban dando a conocer en P., la existencia de un fino hilo que sostenía una oculta y paralizada sensibilidad.

Sesión

Cuando llegan, V. toma la palabra y hace mención del bonito olor que hay en las calles. Huele a azahar. P. ha dicho buenas tardes y se ha sentado.

V: (Habla durante un rato) Que es una pena lo poco que dura la floración del azahar y de otras cuestiones que pasan en la calle… Se produce un silencio en el que P. se mantiene callado y mirando al suelo.

G: Se dirige a P. y le dice que lo ve algo distraído, como adormecido, o cansado.

P: No, no estoy dormido, lo que estoy es enfadado con vosotras.

V: Se ríe a carcajadas, durante varios segundos.

G: Dirigiéndose a P: Bien, estás enfadado y que más….

A: Bienvenido.

V: Vuelve a reír a carcajadas, fuertemente, y dice: ¿Estás enfadado conmigo, o con ellas?

P: Contigo no, con ellas dos, que me están cambiando (lo dice enfáticamente, como si estuviera a la vez hablando consigo mismo). (Se detecta cierta emoción en sus palabras).

V: Oh, oh, vaya, cambiando tú, sí, sí. (No deja hablar a P., que quiere seguir hablando).

P: Sí, me están cambiando.

A: Cuéntanos, ¿qué quieres decir?

P: Antes yo decía las cosas sin pensarlas y ahora las pienso con sentido.

A: Eso que dices está bien, está muy bien.

G: Bueno, parece que estás diciendo que has empezado a notar un cambio en tu manera de pensar. ¿Puedes decir algo más de ese cambio? ¿Dónde lo notas?

P: Pero a veces, sigo metiendo la “bakalá”. El otro día, estaba con el niño y no sé por qué, me salió la mala lengua.

G: Bueno, P., cambiar o estar cambiando a la hora de pensar y hablar, también consiste en que en un momento te expresarás como vienes haciéndolo, o sea, con un vocabulario que se escucha como palabrotas y, en otras ocasiones, ese cambio que se está produciendo en ti, te lleva a expresarte de otra manera, menos fuertes.

A: Cambiar también es eso. Volver en un momento a lo que es frecuente, habitual, para luego avanzar y hacerlo de manera diferente. Es como andar hacia atrás y luego ir hacia delante.

P: (Se dirige a Gertrudis.) Tú me preguntaste por qué me pongo a escribir. Yo antes lo hacía porque sí. Ahora me doy cuenta de que escribo cosas que me gustaría decirlas a mi hija y que no soy capaz de decirlas. Antes escribía, sin pensar en lo que escribía; lo hacía y luego lo quemaba o lo partía. Ahora lo escribo, lo leo y también lo parto, pero he leído lo que he escrito.

A: Lo lees y piensas en lo que has escrito. Reflexionas en lo que lees.

G: Sí, P., como dice Adriana, te detienes a leer; es como si escucharas lo que has escrito. A diferencia de lo que hacías antes, que escribías, no te parabas a pensar en lo escrito y lo tirabas.

La sesión que se relata a continuación transcurre a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa

V: Saluda y pregunta cómo hemos pasado las vacaciones. Ella comenta que no ha tenido vacaciones de Semana Santa. He estado de chófer, de panadera y no tengo nada que contar. Ellos han disfrutado mucho; yo no he ido a ver procesiones disfrutando viéndolos a ellos. Los he recogido, he hecho los bocadillos. (V. sigue presentando una agorafobia que le impide integrarse en estos eventos familiares).

P: Dice que salió el jueves por la tarde y volvió el viernes a las dos de la tarde.

V: Repite lo que él ha dicho y comenta que los llevó cada vez que ellos querían en el coche, acercándolos, y ella se volvía a casa.

P: Cuando vimos a la Trianera (la procesión), vi la cara de mi hijo llorando, y pensé: «Si esto ocurre el Domingo de Ramos, hubiera acabado la Semana Santa». Luego, viendo el Gran Poder, mi hijo era un cadáver, lo vimos a las siete de la mañana y estaba blanco, tuvimos que ver pasar de pie a dos mil nazarenos, de pie y luego fuimos a ver a la Macarena, mis dos hijos lloraban, y para mí en ese momento ya se acabó la Semana Santa. Las emociones que mostraban mis hijos me conmovían, estábamos haciendo algo muy sentido para los tres. Realmente no se acabó la Semana Santa porque volví a casa, me duché, me puse el traje de chaqueta y cogí a mi hija que quería venir, y nos fuimos a ver el Resucitado. Mi hijo se había acostado y dormía; estaba agotado.

G: ¿Qué decían tus hijos cuando se emocionaban y lloraban viendo las procesiones?

P: No decían nada, yo tengo la cara de Moisés grabada, cuando iba en ese paso andando y empezaba a sonar la marcha y le digo el nombre de la marcha, “El alma de Triana”, y de momento reaccionó impresionado y dice: “¡¡¡¡No me digas papá!!!!”, y empezó a llorar todavía más y a grabar con el móvil la marcha. (Su hijo admira el conocimiento de su padre). Y luego me dijo “hijo de puta”, ¿Papá, cómo te sabes todas las marchas? Para mí, ver a los gitanos se acabó la Semana Santa. (Es la manera que tiene P. de expresar el grado de emoción que le produce este Cristo, que como su nombre lo indica, es representante de la comunidad gitana, que manifiesta una gran devoción por “Su Cristo”).

(Comenta con mucho detalle las calles que tenían que recorrer para ver una y salir corriendo para ver otra. Les va describiendo a sus hijos los detalles: el sonido que provoca el rozar de los pies de los costaleros, llevando el paso; el silencio que en determinados recorridos se genera; el olor del incienso; la voz del capataz para dar la salida; las calles que tienen que recorrer, abriéndose paso entre tantas personas que las ocupan, para ver una y salir corriendo para ver otra). Se lamenta que no ha podido estar en todas las que le hubiera gustado porque iba con sobrinos y cuñados).

V: Interviene continuamente cortando a P. para repetir o completar lo que él está narrando.

P: Comenta cómo fueron buscando un banco para ver una de las procesiones.

V: No he tenido que hacer de comer toda la semana. Ellos se iban con un bocadillo o lo compraban en la calle y yo, yendo a la panadería por pan. Poniendo lavadoras, porque Moisés no quería ir en chándal y si de guapito con sus pantalones y chaqueta.

A: Bueno, es un cambio para Moisés, todo un ritual nuevo, es un momento diferente, vive la Semana Santa como algo muy especial y no quería ir con el chándal, que es la ropa de todos los días.

G: Sí, parece que el contexto de la Semana Santa le permite a Moisés cambiar su imagen, demostrando todo lo que significa para él estar con su padre y hermana compartiendo algo que los hace muy felices y que los une.

V: Cuando llegaban a la casa, sobre todo Moisés se dirigía a mí para comentarme, con la cara transfigurada por la alegría y hablando rápidamente: “Mamá, mamá”, para comentar todo lo que habían visto. Le dije: ¡No quiero escuchar hablar de Semana Santa en seis meses!

P: Yo me he quedado sorprendido de todo lo que sabe Moisés. ¡La niña sabe, pero el niño sabe muchísimo!

V: interrumpe: ¡Bueno, la niña también sabe mucho, pero le pasa lo que a mí, que le gusta verla, escuchar la marcha y no tanto en los detalles!

P: La niña también sabe, pero desde luego Moisés se fija en pequeños detalles y que los dos hijos tienen una obsesión por saber cosas de los pasos.

V: Después, durante la semana, en los ratos que estaban en casa, veían en la TV algunos reportajes de procesiones y mi hija iba a pillar al padre en algo que no supiera. ¿Es verdad o mentira?, le pregunta a P. El otro día le preguntó algo al padre que este no pudo responderle y le dijo, ya ves, yo sé más que tú». (V. expresa esto sin poder hablar de la risa que le produce la acción de la hija).

P: ¡Hay que dejarla que ejercite su mente! Dice que durante todo el año está buscando curiosidades de las hermandades y por eso conoce muchas cosas sobre las mismas.

A: Yo diría que más que obsesión, tus hijos muestran una gran pasión por la SS, que es lo que tú les transmites, P.

V: Es cierto! Lo que dice A. pero con una fuerte risa, comenta que lo que le hace gracia de su hija, es como busca decirle algo a su padre, que éste no sepa.

G: Tus hijos muestran la pasión que tú les has transmitido.

A: Fíjense, para Moisés es una admiración, todo lo que sabe su padre y para Guadalupe es, a ver si pesco a mi padre en un desconocimiento. ¿A quién se parece Guadalupe?

V: (Ríe llamativamente y con gran orgullo responde) A su madre. Es como yo.

Tanto V. como P. siguen hablando de cuáles son las preferencias de las procesiones que salen en Semana Santa. V. cree que a su hija y a ella es la Hermandad de los gitanos la que más fe le provoca. Quiere que el año próximo pueda ella salir con ellos y P. dice que aunque Los Gitanos para él es única hay otras que también le hace emocionarse, saltarse las lágrimas.

A: Está siendo una sesión procesional.

P: Yo después de esta semana, puedo morir tranquilo dos veces. Lo juro, no era lo que yo había pensado. V. no lo deja hablar y P hace mención de que hace 25 años que no veía a Santa Cruz, los mismos años que hace de casado. Este año he visto procesiones que hacía años que no veía y he ido con mis dos hijos, que la han vivido a tope.

G: Teniendo en cuenta lo que ha dicho Adriana, quiero volver a hacer la pregunta, por si pueden dirigir vuestra reflexión para pensar en esta Semana Santa, no solo desde el punto de vista de ver esta o aquella procesión, sino cómo ha sido para el conjunto de la familia el estar compartiendo tantos días y…

V: (Cortando la intervención de Gertrudis): Yo he disfrutado de verlos a ellos.

P: (La corta a ella): Yo me he levantado, he cogido a los niños y me he ido a la calle; cuando volvíamos a ella no la veíamos porque se acostaba.

A: Sí, ¿y qué piensas de todo esto? ¿Por qué se podría morir tranquilo?

P: Pienso que he compartido con mis hijos vivencias de mi niñez que no sé qué más, que más.

G: Antes has dicho algo que puede ser para detenerse a pensar. Cuando veías a tus hijos llorar de emoción ante una procesión, qué suponía para ti esa emoción que mostraban los hijos.

V: Contesta riéndose fuertemente, ya lo ha dicho que se podría morir tranquilo.

G: Si! ¿P, puedes añadir algo más?

V: (Ríe muy muy fuerte) y dice: «Bueno, no se ha muerto ni ha matado a alguien”.

P: Me sentía orgulloso cuando miraba a mis hijos y veía sus caras; la gente se retiraba de mi lado y pensaba este va a reventar. No sé cómo decirlo.

G: Yo creo que estás diciendo muy claramente lo feliz que te has sentido al estar compartiendo emociones junto a tus hijos y mostrándoles todo lo que tú sabes y sientes en la Semana Santa, tanto es así que dices que estas vivencias junto a tus hijos te han llevado a recordar tu niñez. También V., aunque de diferente manera, ha vivido una Semana Santa, llevándolos, trayéndolos, haciendo bocadillos. Habéis sido todo un equipo, con la disponibilidad por parte de cada uno de vosotros de pasar una semana festiva, de conmemoración.

A: Sí, y además es interesante para pensarlo, ya que podría repetirse en otros momentos, pensaba en las vacaciones, cuando han hablado a veces de como habéis pasado las vacaciones y V. se quería quedar en el hotel y vosotros tres os ibais a la playa, entonces también teníais un proyecto común.

A y G expresan que esta experiencia de familia-equipo que comparte ilusiones y actividades y bienestar, se pueden reproducir en otros momentos de la vida en común.

P: Refiere que en esa semana ha tenido muchas conversaciones con sus hijos como nunca.

V: Pero todo de Semana Santa.

P: Mi hija el domingo por la tarde me dijo: «Papá, gracias». Le pregunté por qué es y me dijo: «Por la Semana tan estupenda que me has hecho pasar». Después Moisés me envió un WhatsApp dándome las gracias también y pensé que se habían puesto de acuerdo y que no me tienen que dar las gracias, es mi responsabilidad.

Para finalizar….

Volvemos a la imagen del pedernal. Según el Diccionario de la RAE, es una variedad de cuarzo, cuyo material es compacto, sumando dureza en cualquier cosa y desprendiendo chispas por el roce. En todo el proceso fuimos sintiendo su doble vertiente: que son impenetrables, duros y resistentes, y en otras ocasiones eso mismo los hace lidiar con la cruda realidad de la vida y con su deseo –no se sabe bien por qué– de querer seguir siendo una familia. Con ese proyecto de familia, que con dureza, roces y chispas trae, se sigue luchando en el tratamiento.

Bibliografía

Giberti, E. (2005). La familia, a pesar de todo. Buenos Aires. Noveduc Editorial.

Glasserman, M.R. (comp). (2008) Familias gravemente perturbadas

Kleiman, S. (comp). (2010) Familias con niños y adolescentes. Consultas y dispositivos. Buenos Aires. Del Hospital Ediciones.

Pichón Riviere, E. (2008) El proceso grupal. Del Psicoanálisis a la Psicología Social. Bs. As. Nueva Visión Editorial.

Ricón, L. (2010) Una familia suficientemente buena. Buenos Aires. Podemos Editorial

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*Trabajo presentado en el ciclo de Ateneos Clínicos del curso 2025-26, el 31 de enero de en la sede de AECPNA en Madrid. Algunos datos del caso fueron modificados con el fin de preservar la confidencialidad.

** Sobre las autoras:

  • María Gertrudis Castro Blandón Psicóloga. Especialista en intervención con niños tutelados y familia. Psicoterapeuta de pareja y familias.
  • Adriana Szlifman es Psicóloga Clínica. Psicoterapeuta acreditada por FEAP. Docente del Posgrado y Master de AECPNA. Coordinadora de los talleres de Supervisión Psicoanalítica del Colegio Oficial de Andalucía Occidental. Atención en consulta privada de pacientes niños, adolescentes y adultos.

***Sobre la presentadora:

Iluminada Sánchez es psicóloga, psicoterapeuta, psicoanalista. Psicoterapeuta acreditada por FEAP (Federación Española de Psicoterapeutas). Directora del Área Académica, docente y miembro de la Junta Directiva de AECPNA. Coautora del libro “El quehacer con los padres. De la doble escucha a la construcción de enlaces”. Codirectora de la revista digital de AECPNA: En Clave Psicoanalítica.

Revista nº 27
Artículo 2
Fecha de publicación JULIO 2026

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